31.1.16

¿Y tú de qué color eres? ¿qué color prefieres para vivir?

A veces, muchas veces, el sol nos ilumina la mirada. A veces, muchas veces, la luz nos dibuja imposibles. Si sumamos luz y color podemos encontrar una belleza original pero casual, pues a los pocos minutos ya nada sigue igual. 

Incluso si te mueves hacia un lado, todo el conjunto de color y contrastes ha desaparecido. Somos nosotros los que debemos buscar el punto de vista, pues la belleza siempre está allí esperándonos. 

Bueno…, está unos días, pues los ciclos van cambiando y donde ayer hubo color verde y rojo hoy sólo hay nieva blanca. Pero a todos los colores se les puede sacar su punto original que nos resalten las formas. ¿Tú de qué color eres para vivir mejor?

26.1.16

¿Qué encontrarán los arqueólogos del futuro de nuestra civilización?

Somos tan diversos que nuestras propias caricaturas son incapaces de replicarnos, según creemos equivocadamente. Pero el humor se acerca más a lo que realmente escondemos con nuestras miradas, con las formas interiores con las que creamos nuestra imagen. Esta valenciana existe. Tal vez en la India o en Burgos. Pero seguro que aunque nos parezca imposible, existe y ella no sabe que tiene un replicante. Ni el replicante, que un día alguien hizo una falla con su cara. Si no hoy, dentro de mil años. O hace 200. ¿Qué encontrarán los arqueólogos del futuro de nuestra civilización?

7.1.16

La muerte es insuficiente; bonita pero insuficiente

La muerte es insuficiente, en serio, te deja frío, detrás de ella ya no viene nada, resulta corta y escasa. No da tiempo a disfrutarla. Además tras la muerte viene la descomposición, la rotura de todo, la pérdida de los recuerdos, el vacío, la insuficiencia total. Luego, la duda es clara. Si no sirve de nada la muerte ¿para qué morimos? 

Me dirás tú —que ya sé que estás en todo— que para que haya recambio, para que no nos amontonemos todavía más. Bueno, es una forma de verlo. Pero con la de planetas vacíos que hay según hemos visto en fotos, joder, con lo que además nos gusta viajar, podríamos inventar algo para viajar más lejos, de pelota en pelota, de estrella en estrella. ¿No? No. Lo malo —os lo aviso si no está claro— no es la muerte que es una tontada más. Lo malo es la enfermedad.

Viajar con maletones no es viajar, es sufrir

Yo voy de viaje con una maleta pequeña, de esas que dicen de cabina, y somos dos personas. Llevo lo justo, unos pantalones de repuesto, dos camisas para cada uno, suficiente ropa interior y camisones, bolsa de aseo, paraguas, medicamentos, y espacio para en la vuelta traer los regalos correspondientes. Más que suficiente para cuatro días. Y si acaso una bolsa de mano plegada por si al final caemos en excesivos regalos.

Así que cuando veo en los trenes o aeropuertos a esas personas arrastrando unos maletones donde caben dos muertos al cruzado me pregunto: ¿qué lleva la gente en esos mamotretos grandes, que no pueden ni mover?

Hoy mismo he visto cuatro personas todas de la misma familia con cuatro de esas maletas grandotas arrastrando hacia el AVE con toda su fuerza agotada, media España. Si se mancha la ropa se lava como se puede y se tiende en la bañera para que al día siguiente esté seca.Casi todo lo demás sobra.

Mi marido dice que son gentes de fuera, y qué más da; mejor para llevar lo menos posible. En los aeropuertos es peor que con los trenes pues tienes que facturarlas y luego esperar para recogerlas, siempre y cuando no te las hayan perdido. Ya sé que estáis pensado: y… ¿si te se rompe alguna prenda?, pues se compra una nueva, ¿será por tiendas? Tal vez las lleven llenas de regalos, no sé, de recuerdos, pero sólo de pensar en los controles que cada vez van más en aumento, y en tener que cargar con tanto peso, me asusto yo sóla. Viajar se viaja con los ojos, el gusto, la memoria y si acaso con una buena cámara de fotos y una libreta. Bueno, bien, y con un iPad.

M Mercedes Ajovín

6.1.16

San Google contra Dvorak en el Nuevo Mundo

Debo advertirte que lo que viene a continuación es cierto, que ya sé que si me lees asumes que todo lo que escribo es cierto (no te fíes siempre, que los escritores tenemos licencia para mentir), pero esto tiene enjundia, sabor y color. 

Vuelvo hacia Zaragoza en el tren y detrás de mi asiento a la izquierda tengo a dos mujeres de mi edad hablando entre ellas del gran descubrimiento personal de este 2016. Internet. Lo de menos es la explicación de que tiene el ordenador -me imagino que portátil- tapado con un trapito para que no se dañe, ni que diga que el teléfono le envía por el aire el wifi que debe ser una cosa curiosa que vuela. No, lo guapo es cuando explica la del jersey verde el descubrimiento de Google.

Lo primero que le puso para buscar fue..., "hola"..., que se debió quedar San Google como anonadado. —¿Sólo me preguntas diciendo "hola"?— debió pensar las tripas de Google desde los EEUU?
Pero el tonto he sido yo.
No le debió preguntar por "hola" sino por "Hola" que es otra cosa bien distinta. Más me doy cuenta de mi error al escuchar después que lo segundo fue buscar por El Corte Inglés y en su explicación la señora sesentona explicaba a su compañera que podías viajar como por la tienda buscando productos mientras una señorita te iba diciendo cosas. Jodo, y yo sin saberlo. Lo digo por lo de las señoritas para días aburridos.

Luego entran ya en la manida conversación del joven que le vino a casa a montarle todo el sistema de router y el teléfono, con sus precios imposibles de entender, pero chica, hay que estar en este nuevo mundo. Dvorak nunca imaginó que el Nuevo Mundo se iba a terminar llamando San Google. 

Hay quien escribe en El Andén, para el Anden

Estoy viendo a Melchor Millares escribiendo su próximo artículo en: "El Andén" de Atocha mientras espera un Ave a Barcelona. Se los curra en un iPad como a veces yo, que debe ser en lo único en lo que nos parecemos. 

Siempre me ha parecido un periodista valiente y osado aunque no coincido con sus planteamientos, como es lógico además. Lleva los Reyes en una gran bolsa del Corte Inglés, o no, pero no sé si son los recibidos o los por regalar. Con todo es grande y caben de todo. Deben ser los regalos que le han sobrado de esta noche de Reyes, que ser Melchor siempre impone y es original.

Está ensimismado corrigiendo lo escrito y él no sabe que también estoy escribiendo mientras lo nombro. Son cosas del secreto roto. El perro de la imagen que se le acerca a olerlo no es de él y lo mira con el rabilla no vaya a meársele en la pantorrila, mientras Melchor no levanta del todo la vista del aparato no vayamos a reconocerlo los demás, que eso siempre jode. 

Se dirige hacia Cataluña sabiendo que le espera el caos, la incertidumbre, el trabajo, la seguridad de que tiene por delante otros cuatro años más para opinar y poder republicar ideas sin descanso, pues otra cosa no, pero los catalanes dan un juego a los periodistas de gozo eterno. Hoy comerá en su tierra y redibirá las últimas pulsaciones del barullo. Mañana lo leeré y sabré que esa opinión la escribió con un abrigo verde, que no sirve de nada saberlo, pero al menos le pondré color al texto.

4.1.16

Toc Toc es una obra de teatro de cuerdos muy locos

Ayer estuve viendo la obra de teatro "Toc Toc" donde seis locos muy cuerdos no se dan cuenta de que en realidad están muy sanos pero algo desquiciados, y donde el único loco cuerdo es el psiquiatra que no aparece hasta el final de la obra para terminar de desquiciar al público loco que solemos asistir a este tipo de obras del absurdo social.

Los trastornos mentales los tenemos todos. Yo os escribo como si os conociera de algo y en realidad ni sé si existís o estáis de visita. Los seis personajes de la locura tienen trastornos comunes que todos tenemos. Pero todos nosotros ni lo sabemos o si los reconocemos, creemos que son pequeñísimos y por que nos da la real gana. 

Nos gusta insultar al vecino, pero en la intimidad. Nos da asco que nos toque la gente que no conocemos, creemos en el más allá una vez que ya no creemos en el más acá. Repetimos las cosas decenas de veces tal vez porque nuestro discurso está falto de ideas o porque creemos que así nos harán más caso. Somos unos incongruentes con los números y si no que se lo pregunten a nuestros banqueros ricos, y somos unos fanáticos de las apariencias aunque sean simples rayas en el suelo o en el vestido. Rezamos a un dios que no nos mira y con eso lo entenderemos todo.  

Pero la moraleja es terrible. Sólo somos capaces de mejorar, de curarnos incluso, si terminados de pensar tanto en nosotros mismos y nos ponemos a pensar un poco más en los que nos rodean. Jodo petaca, diría yo. ¿Y esto lo saben los psicólogos y los psiquiatras? ¿Y para qué tanta pastilla que te deja sin ganas de jodernos?

3.1.16

Me caí como un sapo, pero como un sapo elegante y chulo

Ayer me caí como un sapo a la salida del Museo Reina Sofía, que es una forma muy poco artística de terminar la visita. Mi 1,77 y mis 95 kilos ayudaron a crear una imagen dantesca de una croqueta oscura y con sombrero que rodaba por los suelos sin motivo aparente. Mi rodilla derecha piensa ahora que maldita la gracia. Enseguida un presunto médico acudió en ayuda de mi esposa, pues intentar mover tamaña pieza es complejo. Era (y es) argentino, así que dudo que fuera médico sino más bien psicólogo por la ley de probabilidades. Yo intenté levantarme lentamente, que es como creo que hay que hacer en estos momentos, disfrutando de la caída y sin prisas para medir qué te has roto. Pero mi santa al revés, quería hacerlo raudo como para que no se notara mucho, algo imposible, ya digo, dado el tamaño de la pieza sobre el suelo. 

Al levantarme y saludar al personal de la cafetería cercana con la mano izada como si yo fuera un torero recién pillado por el toro y que nos miraban buscando el motivo de aquella tontería, sólo se me ocurrió dada mi chulería, que sacudirme un poco el pantalón y ponerme bien el sombrero. Todo menos aparentar que mis dos rodillas estaban llorando. Sobre todo la derecha que luego y ya en la habitación pudimos observar que efectivamente había llorado sangre. Pero nada que no mereciera la visita al Reina Sofia, otra vez para seguir paladeando los Millares, Miró, Saura, Serrano, Palazuelo o Picasso con los que suelo cargar las pilas de vez en cuando.

2.1.16

La soledad tiende a expandirse sin mesura

Ayer hablé con T. Está rota. Lo malo no es cómo está sino que no quiere estar mejor. No sabe estar mejor, que es una forma de encerrarse en el dolor, asentarse en los recuerdos y sufrir por él. Nadie nos obliga a llorar eternamente, nadie a tener que estar ya sufriendo en toda la vida como si en realidad quien se hubiera muerto es una misma. A veces, muchas más de las que creemos, quien de verdad muere es quien se queda vivo. El otro sólo viaja.

Ha pasado T de la euforia al abandono, de la voz alta a la vocecica, de exigir a mendigar compañía. Los amigos tendemos a rendirnos antes de ser necesario, pues nuestra capacidad de sufrimiento es mucho menor. Es menor y además no la queremos emplear. T quiere agotarse y no hacer caso, y en su caída no nos puede pillar pues los miedos son contagiosos. Participar de sus sueños es imposible. Los dolores no se comparten, si acaso se escuchan, se abrazan un rato, se miden y se hablan. Pero no se pueden regalar pues nadie los quiere.

La soledad es tan cabrona que tiende a expandirse sin mesura. Si la buscas sin querer, luego, no te la puedes quitar ni queriendo. Ayer hablé con T pero a los pocos segundos me rendí. Todavía no está madura para que escuche que el dolor hay que superarlo. Tras media hora hablando no logré avanzar nada. Sigue soñando con él, vivo por el hogar y hablando de sus cosas. 

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