4.4.26

Se nos fue con todo su carisma


Me lo dijeron llorando, como sucede cuando el que se había ido era querido por muchos, posiblemente sin ningún motivo especial. Se llama carisma.

Era un conocido de los que atraían con su voluntad y sus ganas de empezar cosas nuevas. Siempre nos quedarán aquellos cabreos que cogíamos todos, cuando, después de una hora de reunión en la asociación, venía tarde y nos soltaba a la cara: —Venga, vamos a empezar, ¿de qué hablamos hoy? 

Y sobre todo cuando tras decirle el resto un: —Quieto parado, que ya hemos aprobado no sé cuántas cosas—; te empezaba a decir que bueno sí, pero que había que mirarlas bien.

—Haber, vamos a verlas otra vez con calma, que yo traigo no sé cuantas más.

Y con su cara de bueno y su barba de progre unido a su sonrisa, se disfrazaba para salvarse él mismo de que nos tiráramos a su cuello para comérnoslo. 

Era joven, menos de lo que aparentaba, y le gustaba el deporte. No siempre el deporte cura.

Su voz tenía un no sé qué y sus amigos eran un ciento. Por eso cuando el infarto le pudo, tampoco yo lo entendí. Como tantas otras veces en que sin avisar, alguien se nos escapa. Ya nunca volverá una hora y media, a decirnos que no era para tanto la espera.

Su pelea favorita de los septiembres era la asignatura de religión. 

Él nunca pensó que 10 años después, le harían una misa muy bonita con todos sus amigos que llenamos la iglesia, y que le cantaríamos y le recitaríamos poemas. 

Creo que incluso le hubiera gustado por que detrás de aquel cuerpo enorme lleno de barba sonriente, había un gran tipo que se dejaba trabajar y llevar al huerto. Hasta tarde José Antonio.