28.7.26

Qué tipo de Europa tendremos en 2050


Europa no será en 2050 el centro indiscutible del mundo
, como lo fue durante varios siglos. Eso ya se ha perdido, al no tener el poder económico, industrial o militar. Europa está condenada a ser un actor importante, pero no el actor principal de la Obra Mundial del futuro. 

Tampoco está condenada a convertirse en un inmenso museo habitado por jubilados, turistas y conservadores del patrimonio. Lo más probable es una situación intermedia. 

Europa perderá peso relativo, pero todavía podrá conservar una influencia extraordinaria si transforma su patrimonio social, científico y cultural en capacidad de actuación. La cuestión decisiva en esa reflexión no será cuánto pasado es capaz de conservar Europa, sino si es capaz de producir nuevos futuros.

La población de la Unión Europea probablemente alcanzará un máximo antes de 2030 y después disminuirá en habitantes. Eurostat proyecta unos 440,5 millones de habitantes en 2051, frente a aproximadamente 450 millones en la actualidad. En torno al 70 % de las regiones europeas podría perder población antes de 2050, mientras aumentará notablemente la edad media de los europeos. 

Este dato, de confirmarse hacia el objetivo del año 2050, es un lastre. Excepto si somos capaces de entenderlo desde ahora mismo. Tener menos actividad por disponer de menos gente productiva no será un lastre en sí mismo…, si va acompañado de cambios estructurales muy importantes.

Esa realidad implica menos trabajadores por pensionista, mayores gastos sanitarios y asistenciales, dificultades para mantener determinados servicios públicos y una creciente competencia mundial por atraer inmigrantes cualificados. 

El envejecimiento no significa necesariamente decadencia, pero obliga a aumentar la productividad de los ciudadanos activos, automatizar buena parte de la economía, integrar inmigración y prolongar de manera razonable la vida laboral en algunos tipos de trabajos. La Comisión Europea en 2026, ya trata el envejecimiento como una de las grandes cuestiones económicas y presupuestarias de las próximas décadas.

Europa tampoco podrá competir mediante bajos salarios, energía barata o una población gigantesca. Tendrá que competir mediante conocimiento, precisión industrial, investigación, fiabilidad institucional, salud, diseño, educación y calidad urbana. 

No son cuestiones menores, pero hay que conservarlas, hay que potenciarlas, hay que llenarlas de competitividad desde nuestra propia personalidad social diferente al resto del mundo.

¿Existe el peligro de convertirnos en una “reserva histórica”?
Pues sí, ese peligro existe. 

Determinadas zonas de Europa ya están evolucionando hacia una economía basada casi exclusivamente en turismo, cultura y patrimonio, restauración y ocio, servicios personales y de salud incluso mental, espacio inmenso como segunda residencia o zonas geográficas que sirvan como atención a personas mayores.

Ciudades históricas extraordinarias pueden terminar funcionando como escenarios casi teatrales y sin habitantes permanentes. Centros urbanos impecables, pero vaciados de comercio cotidiano, infancia, pequeñas industrias y vida vecinal. El patrimonio se conservaría físicamente, pero perdería continuidad social. 

Podemos pensar que si no somos capaces de rediseñar nuestro futuro, decenas o centenares de ciudades se van a convertir en Parques Temáticos. Y posiblemente ya no serán habitados por europeos al uso, como lo entendemos hoy.

Si no nos damos cuenta de estos problemas, la decadencia europea no tendría probablemente la forma de una ruina repentina como si cerraran industrias enormes en una sola ciudad. Sería más silenciosa y lenta la transformación. 

No dejaremos de ser un continente agradable, culto y seguro, pero tecnológicamente dependiente, militarmente protegido por otros y económicamente incapaz de decidir nuestras prioridades incluso de supervivencia propia.

Hay motivos para tomarse ese riesgo en serio. La productividad laboral europea se situaba en 2023 alrededor del 77,8 % del nivel estadounidense, y solo cuatro de las cincuenta mayores empresas tecnológicas mundiales tenían su sede en la Unión Europea. La propia Comisión reconoce problemas para convertir investigación y ahorro en empresas capaces de crecer mundialmente. 

A su vez estos datos se ven seriamente zarandeados por los que vienen de China y por los que venderán desde su zona de influencia industrial en Asia.

Europa conserva magníficos científicos, ingenieros, universidades y centros de investigación. El problema no es únicamente inventar, sino financiar, industrializar y ampliar lo inventado sin que las empresas terminen trasladándose a Estados Unidos o siendo adquiridas desde fuera. 

No sirve de nada tener los mejores campos de tomates, si no les ponemos encima ese valor añadido necesario de la comercialización, de la transformación. He nombrado tomates, pero podría hablar de investigación farmacéutica o turismo en manos de empresas que no sean europeas.

Europa posee una acumulación difícilmente reproducible de ciudades, instituciones, universidades, archivos, paisajes culturales, conocimientos artesanales y modelos urbanísticos. Eso no es solo material turístico. 

El patrimonio puede convertirse en una infraestructura contemporánea por sus edificios históricos rehabilitados con eficiencia energética, los ejemplos de las ciudades compactas que reduzcan desplazamientos, la recuperación de sistemas tradicionales de adaptación climática, la reutilización de materiales, la enseñanza histórica aplicada a los conflictos actuales, las industrias culturales y creativas, las tecnologías digitales para conservación y divulgación de toda la historia de la humanidad. 

La memoria es útil cuando ayuda a decidir. Se vuelve estéril cuando únicamente sirve para conmemorar.

Europa tendrá que evitar dos extremos. Destruir su pasado en nombre de una modernización banal o protegerlo de tal manera que impida vivir dentro de él. No ponerlo en valor y no cuidarlo como se merece con arreglo a los tiempos nuevos, es ayudar a destruirlo. Convertirlo en algo elitista es también impedir que se puedan sacar réditos que se repartan entre territorios, entre sociedades.

La entendida como “suavidad sociológica” en Europa, puede ser pasividad, miedo al conflicto, lentitud administrativa y dificultad para asumir decisiones desagradables. En ese caso constituiría una debilidad para el futuro de Europa. Pero también esa misma “suavidad sociológica” puede significar convivencia relativamente pacífica, protección frente a la enfermedad y la pobreza, calles habitables, transportes públicos, cultura accesible, seguridad jurídica, tiempo personal y capacidad de envejecer con dignidad. Eso no es blandura: es una forma avanzada de organización social.

La esperanza de vida media de la Unión Europea ronda actualmente los 81,5 años, y los indicadores europeos siguen mostrando niveles relativamente altos de satisfacción vital, aunque con importantes diferencias entre países y grupos sociales. 

En un mundo posiblemente más congestionado, desigual, cálido, automatizado y psicológicamente agresivo, la capacidad de ofrecer una vida ordenada y razonablemente segura puede ser una ventaja económica. Personas, investigadores y empresas también eligen lugares donde se vive bien. 

La Calidad de Vida es un gran activo, y lo seguirá siendo. El error sería creer que esa calidad de vida puede conservarse sin productividad, seguridad, energía, tecnología e industria. El Estado social no se mantiene únicamente mediante buenos principios pues necesita una economía que lo financie.

La función más valiosa que podría desempeñar Europa hacia el año 2050 sería demostrar que el desarrollo tecnológico no exige necesariamente destruir la vida urbana, la privacidad, el paisaje o la cohesión social. Podría especializarse en una modernidad menos espectacular que la estadounidense o la china, pero posiblemente más habitable, con mejor calidad de vida normal, habitual, para todos, y mejor repartida entre los ciudadanos de a pie.

Hay que trabajar más pero sobre todo mejor en inteligencia artificial compatible con derechos civiles, una medicina preventiva con tecnologías buscando un envejecimiento más válido y con mejor calidad de vida incluso desde la soledad, con transporte colectivo de gran calidad y facilidad de uso, una nueva arquitectura climáticamente adaptada, unos barrios densos pero mucho más humanos y diseñados para las personas en todos los conceptos, energía baja en carbono con una mayor economía circular, una agricultura tecnificada con mayor protección del territorio una automatización compatible con protección social y unas instituciones capaces de limitar abusos tecnológicos.

La Comisión Europea está intentando formular precisamente un modelo de innovación basado en valores, aunque todavía existe una distancia considerable entre la ambición declarada y la capacidad industrial efectiva. Incluso admitiendo que muchos gobiernos no quieren escuchar ese trabajo en mantenimiento de los valores democráticos. 

La regulación europea puede seguir influyendo mundialmente, pero regular no bastará para ser respetados. Una Europa que establece normas para tecnologías producidas enteramente por otros, acabaría siendo un árbitro respetado, pero progresivamente irrelevante. Las industrias "de otros" quieren mantener sus beneficios rápidos, sin querer a veces, pensar en el futuro.

La calidad de vida europea tampoco está garantizada por la geografía. La Agencia Europea de Medio Ambiente identifica 36 grandes riesgos climáticos relacionados con salud, agua, agricultura, energía, infraestructuras, ecosistemas y estabilidad financiera; varios ya han alcanzado niveles críticos. Podríamos hablar de los incendios del verano de 2026 en España o en Francia, pero incluso esa barbaridad no produce consensos en los gobiernos afectados.

Hacia 2050 habrá probablemente diferencias crecientes entre el norte europeo
, con temperaturas más benignas pero mayores riesgos de inundación, el centro continental, sometido a episodios alternos de calor, sequía y lluvias extremas, y el Mediterráneo, donde el calor, la escasez de agua, los incendios y la pérdida de productividad agrícola serán mucho más graves. España, Italia, Grecia y parte del sur de Francia no se convertirán necesariamente en territorios inhabitables, pero deberán transformar horarios, viviendas, vegetación urbana, gestión del agua, agricultura y turismo. 

La conservación histórica también tendrá que adaptarse en los edificios civiles, archivos, iglesias y cascos antiguos sufrirán condiciones climáticas para las que no fueron concebidos.

Europa puede ser pionera en adaptación climática urbana. Pero tendrá que abandonar cierta idea decorativa de la sostenibilidad y realizar obras reales con más sombra, arbolado bien diseñado, agua reutilizada, refugios climáticos en los barrios de las grandes ciudades, aislamiento eficaz en los edificios públicos, redes eléctricas más seguras, prevención de incendios más adaptados al cambio climático y reordenación territorial asumiendo que este es uno de los temas más complejos.

La diferencia entre una Europa influyente y una Europa que sea un museo de sí misma será fundamentalmente un trabajo más potente en la política, para hacerse respetar de otra manera. En Europa necesitamos líderes a la altura de los nuevos tiempos, líderes políticos y económicos, y en lo que va de siglo XXI no estamos a la altura de lo necesario.

En el año 2050, ningún Estado europeo aislado —ni Alemania, Francia, Italia o España— tendrá escala suficiente para competir por sí solo con Estados Unidos, China, India u otras grandes potencias, incluidas algunas de las BRICS. 

La fragmentación europea en mercados financieros, telecomunicaciones, defensa, energía, investigación o fiscalidad reduce su capacidad para transformar recursos abundantes en poder efectivo. Los diagnósticos europeos actuales insisten precisamente en la falta de coordinación e inversión común de futuros.

Europa tendrá que decidir si quiere seguir siendo principalmente una zona comercial es decir un Mercado Común, y si preferirá ser una confederación de Estados que cooperan entre ellos en un mundo cada vez más complejo, o incluso una verdadera potencia política capaz de actuar conjuntamente.

No parece probable que para el año 2050 ya exista un Estado Federal europeo comparable o similar a Estados Unidos. Pero sí puede haber una integración mucho mayor en defensa, energía, tecnología, fronteras, inversión y política exterior. 

La propia Unión ya reconoce que necesita asumir más responsabilidad en su defensa y ser capaz de actuar con mayor autonomía. No debería trabajar tanto en sumar Estados menores, como en recuperar a Reino Unido o incluso a llegar a serios acuerdos multilaterales con potencias hoy alejadas de los EEUU como podrían ser Canadá, Brasil u otros países del área americana.

Sin esa capacidad, Europa conservará magníficos museos, universidades y sistemas sanitarios, pero sus decisiones estratégicas se tomarán en Washington, Pekín o en las sedes de grandes corporaciones tecnológicas. 

Los lobbies mundiales — más que los dirigentes mundiales— cada vez presionan más y con mejores modelos de influencia mediática, contra los que aparentan ser mediocres en defender sus posibilidades. Y de cara al futuro y a esa defensa de la personalidad de Europa con respecto al resto del mundo, se nos ofrecen tres escenarios posibles de cara a ese 2050.

La Europa museo o almacén de historia y cultura

Sería una Europa bella, envejecida y relativamente confortable. Viviría del patrimonio, del turismo, de la atención sanitaria barata y de calidad y de algunos sectores industriales tradicionales. Importaría tecnología, energía y seguridad. Tendría gran prestigio cultural, pero poca capacidad para alterar acontecimientos mundiales. Sus modelos de defensa serían de baja efectividad, y su envejecimiento obligaría a tener que admitir sin excesivos controles, unas migraciones alevadas.

La Europa fortaleza, cada vez más rígida

Respondería al miedo de los cambios y de sus debilidades mediante fronteras rígidas, nacionalismos creciendo, militarización propia e incluso solo para o contra los suyos y reducción de derechos. Podría conservar cierta cohesión interna durante un tiempo, pero perdería dinamismo, población y atractivo para el talento exterior.

La Europa como potencia civil y ejemplo

Conservaría el Estado social, pero lo reformaría. Intentaría integrar a la inmigración, invertiría masivamente en ciencia, energía, industria y defensa activa y pasiva, protegería sus ciudades y su calidad de vida sin convertirlas en dinosaurios viejos y convertiría su experiencia histórica en una manera distinta de organizar esa nueva modernidad que ya ha llegado. No sería una superpotencia clásica. No dominaría el mundo, pero podría influir de manera considerable en cómo se diseñan las ciudades o se controlan los gobiernos, se regula la tecnología, se protege la dignidad humana y se adapta la sociedad al envejecimiento y al clima.

Julio Puente

25.7.26

Tendremos democracias en el año 2050?


A veces me da la sensación de que el Sistema Democrático (incluso en los países occidentales) está levemente agotado, y me entran dudas sobre el modelo que será necesario para ese año 2050 teórico, si las Democracias no logran adaptarse a estos nuevos tiempos. ¿Qué futuro se espera a la Democracia en las próximas décadas? ¿Qué cambios o adaptaciones se necesitarían para afianzarla como modelo social y político? ¿Habrá en el año 2050 más Democracia, o tendremos menos? ¿Se ampliarán los países que puedan gozar de ese sistema político?

No sé si las democracias más formales estarán a su vez más fatigadas. Tampoco si las democracias europeas seguirán existiendo, o si serán con menos participación real para poder sobrevivir, al aumentar mucho la desafección, lo que hará que haya un voto más reactivo.

A su vez da la sensación en este 2026, que asistiremos a un crecimiento de los populismos, de los autoritarismos suaves que, sin dejar de ser llamados democracias, se parezcan cada vez más a una dictadura del poder, y por ello no sé tampoco si tendremos una nostalgia identitaria o simplemente nos adaptaremos al sistema nuevo, menos participativo y seguro. No caerán los sistemas, pero se erosionará la confianza.

La democracia no parece agotada como ideal político y social, pero sí está mostrando fatiga en su funcionamiento cotidiano y somos muchos los que la detectamos. Aumentan los ciudadanos que siguen prefiriendo vivir con elecciones libres, derechos y límites al poder, pero desconfían de los partidos, perciben que las instituciones reaccionan con lentitud y dudan de que el sistema pueda resolver problemas como la vivienda, la desigualdad, la inmigración, la inseguridad, el cambio climático o la transformación tecnológica.

En los países de la OCDE, el 44 % de los encuestados declara poca o ninguna confianza en su Gobierno nacional, frente al 39 % que manifiesta una confianza alta o moderada. La confianza en los partidos políticos es todavía menor: aproximadamente un 24 %. Esto no demuestra que la población quiera una dictadura, pero sí revela una pérdida importante de legitimidad y eficacia percibida sobre lo que ya tienen.

La situación actual no es tranquilizadora. Los indicadores internacionales coinciden en que estamos atravesando una etapa de retroceso y que la situación de la Democracia no es tranquilizadora si no somos capaces de hacer algo. Sean cambios, afianzamiento, modificaciones, mejoras o replanteamiento del modelo, del Sistema.

Freedom House considera que la libertad mundial disminuyó en 2025 por vigésimo año consecutivo: 54 países empeoraron y 35 mejoraron. Solamente el 21 % de la población mundial vive actualmente en países calificados como libres, frente al 46 % de hace veinte años.

V-Dem estima que casi una cuarta parte de los países en el mundo está atravesando procesos de autocratización. La libertad de expresión, el Estado de derecho y los controles sobre el poder ejecutivo son los ámbitos más atacados. No obstante, identifica también 18 países en proceso de democratización, de mejora.

International IDEA concluye que, entre 2019 y 2024, el 54 % de los países analizados retrocedió en al menos un aspecto democrático, mientras que el 32 % progresó. La representación política alcanzó su peor nivel global desde 2001 y la libertad de prensa empeoró en 43 países. Por tanto, el problema no es imaginario. La democracia liberal atraviesa una fase defensiva, incluso dentro de Occidente. Y los datos de lo que llevamos de siglo XXI no son fáciles de asimilar.

No creo que esté muriendo la democracia, no parece la descripción más exacta. Lo que está agotándose es una determinada forma de democracia desarrollada durante el siglo XX: partidos muy jerarquizados, participación ciudadana limitada casi exclusivamente a votar cada cuatro años, instituciones lentas, información controlada por unos pocos medios controlados por diversos modelos de presión y decisiones políticas tomadas lejos de los ciudadanos.

Ese modelo funcionaba en sociedades más estables, con menor velocidad informativa y con Estados nacionales que controlaban buena parte de la economía y de la comunicación. Hoy esa Democracia debe gobernar sociedades digitales, envejecidas, culturalmente fragmentadas y sometidas a crisis que atraviesan las fronteras.

La Democracia conserva, sin embargo, una resistencia considerable. De los 87 países considerados libres en 2005, 76 continuaban siéndolo veinte años después. Más del 85 % de las democracias consolidadas resistió, pese a dos décadas de retroceso mundial. Sabemos que no es perfecta, pero es lo mejor que de momento sabemos darnos.

¿Hasta cuándo aguantaremos viendo un retroceso, pero sin ser capaces de encontrar modificaciones válidas? La democracia, por tanto, no es invulnerable, pero tampoco es un sistema destinado inevitablemente a desaparecer.

No existe una proyección científica fiable capaz de decir cuántas democracias habrá exactamente en 2050. Cualquier cifra concreta sería especulativa. Sí pueden plantearse tendencias razonables. Ni tampoco el tamaño real de esa democracia extendida y que se vende como el mejor Modelo. Hay tendencia como ya he señalado hacia democracias de forma pero no de fondo.

Aproximadamente hasta 2035 yo considero más probable que continúe el deterioro de la democracia de calidad, más que una gran expansión democrática. Veremos más gobiernos elegidos en las urnas que después debilitarán tribunales, parlamentos, medios de comunicación y organismos electorales.

La forma habitual del autoritarismo futuro no será necesariamente una dictadura militar clásica, sino una democracia vaciada desde dentro, con elecciones, pero sin verdadera igualdad de oportunidades para la oposición. Con unas libertades controladas y con un desmantelamiento de ciertos logros anteriores. Se puede aparentar ser democrático, pero desmontar los avances realmente democráticos, con decisiones poco democráticas.

Hacia 2050 la democracia seguirá siendo el principal modelo de legitimidad política, pero convivirá con un número creciente de regímenes híbridos: sistemas que celebrarán elecciones, aunque concentrarán el poder, manipularán la información y limitarán progresivamente los derechos.

Es posible que el número nominal de países con elecciones aumente, pero eso no significará necesariamente que haya más democracia real. La cuestión decisiva será cuántos conservan prensa libre de verdad, justicia independiente del poder político, alternancia efectiva y sin ponerse a llorar sangre y límites al Ejecutivo autocrático.

Sí es fácil adivinar democracias más tensas, polarizadas y sometidas a frecuentes crisis institucionales. Algunas perderán calidad; otras reaccionarán y se reformarán. La capacidad de rectificación constituye precisamente una de las ventajas del sistema democrático. Pero para eso la alternancia debe ser efectiva y real, elegida por los ciudadanos.

Es fácil limitar realmente el poder de las democracias. Las elecciones no bastan. Hacen falta tribunales independientes, organismos electorales profesionales, parlamentos capaces de fiscalizar al Gobierno, administraciones no partidistas y autoridades anticorrupción protegidas frente a las represalias. Libertad de opinión, y formación social para que los ciudadanos no se dejen manipular con facilidad.

Los estudios recientes muestran que las democracias que mejor resisten antes los dictadores disfrazados o no, son aquellas que conservan controles legislativos y judiciales efectivos y organismos electorales autónomos y fiables.

Una democracia que no proporciona vivienda accesible, seguridad jurídica, servicios públicos razonables y oportunidades para los jóvenes, pierde legitimidad, aunque celebre elecciones impecables. Realmente está condenada a su puesta en entredicho por incapacidad.

El ciudadano no mide el sistema solamente por sus principios. También lo mide por sus resultados. Si los gobiernos democráticos parecen permanentemente bloqueados mientras los autoritarios proyectan rapidez y decisión, una parte de la población termina aceptando restricciones a cambio de una supuesta eficacia.

Tampoco se trata de convertir la democracia en una tecnocracia, sino de lograr instituciones que decidan con mayor rapidez sin eliminar los controles. Hay que ser eficaces, entender los problemas de la sociedad y saber tomar decisiones que sirvan y sean posibles. Y nunca engañar.

La democracia que se mueva en eficacia hacia el año 2050 deberá combinar la representación parlamentaria con otros mecanismos de participación. Se necesitan más asambleas ciudadanas seleccionadas por modelos que aseguren la participación de muchas personas que nunca participan. A veces se habla de presupuestos participativos y siendo una buena idea, las veces que se ha intentado (por ejemplo en el Ayuntamiento de Zaragoza con ZEC) resultó ser un modelo muy fácilmente manipulable. No nos tiene que dar miedo crear modelos de consultas locales para iniciativas legislativas ciudadanas o para decisiones de las administraciones. Y sobre todo hay que construir modelos de evaluación ciudadana de determinadas políticas, que no sea nunca manipulables y que sirvan para detectar problemas y para informar luego a la sociedad de esos datos. Las encuestas, los estudios, si no son entregados a los ciudadanos, y ellos confían en que son limpios y sin cocinar, no sirve de nada.

Estos modelos de consultas ciudadana no deberían sustituir nunca al Parlamento ni a los Ayuntamientos, ni convertir cada decisión en un referéndum a tener en cuenta. Deben servir para incorporar conocimiento social, reducir la distancia con las instituciones y tratar asuntos a largo plazo que los partidos políticos suelen evitar. Nunca debe dar miedo preguntar, si se sabe preguntar y se saben utilizar y repartir las respuestas. Aunque siempre se corra el riesgo de que esas respuestas no gusten.

Los partidos políticos son indispensables para la democracia, pero en muchos países funcionan como organizaciones muy cerradas, profesionalizadas en sus zonas de la organización que toma las decisiones y dependientes casi en su totalidad de sus propias cúpulas, aunque estas hayan sido elegidas democráticamente. Necesitan mayor transparencia financiera, democracia y comunicación interna, selección más abierta de candidatos e incluso de lo que podríamos llamar "mandos intermedios" y controles estrictos sobre los conflictos de intereses internos.

También habrá que impedir que la política se convierta exclusivamente en una profesión para personas que nunca han trabajado fuera de ella. La desconexión entre representantes y representados alimenta el populismo. No tiene sentido que los que representen a los ciudadanos desde los partidos políticos, casi nunca hayan estado expuestos a los problemas laborales de la propia sociedad.

La democracia presupone que el ciudadano pueda distinguir razonablemente entre hechos, propaganda y falsificaciones. La inteligencia artificial permitirá fabricar imágenes, vídeos, voces y campañas políticas personalizadas a una escala desconocida. Y eso hay que tenerlo muy en cuanta de cara al futuro. Todos, pues la manipulación desde la IA no va a conocer ideologías.

La solución no puede consistir en crear ministerios que determinen qué es verdad y qué es Bulo. Eso sería peligroso por sentido común. Se necesitarán sistemas de identificación del contenido artificial, transparencia de los algoritmos, registros públicos de publicidad política, responsabilidad de las plataformas, protección del periodismo independiente y educación crítica desde la escuela. Y sobre todo, capacidad de la sociedad en saber y poder elegir de qué modelos de comunicación se fían, qué quieren leer o ver, y qué saben de antemano que no son de fiar.

La libertad de expresión y la libertad de prensa son precisamente los derechos que más han retrocedido durante la actual ola de autocratización. En España, pero en otros países también.

La inteligencia artificial puede mejorar la administración, detectar corrupción y facilitar la participación. También puede convertirse en la mayor herramienta de vigilancia y manipulación política conocida. Eso depende de qué forma la queremos utilizar. No existe una única IA, por eso hay que enfrentar modelos que quieran jugar a engañarnos, contra modelos que seamos capaces de crear para detectar manipulaciones.

Las decisiones públicas tomadas mediante algoritmos deberán ser explicables, auditables y recurribles ante una persona y un tribunal. NUNCA una máquina debe tomar decisiones. Las responsabilidades de cada decisión SIEMPRE deben caer en personas claramente identificables. Los Estados no deberían poder utilizar reconocimiento facial, perfiles ideológicos o puntuaciones automatizadas de ciudadanos, sin límites legales extraordinariamente estrictos.

La gran división política de 2050 podría no ser únicamente entre izquierda y derecha, sino entre sociedades donde la tecnología está sometida al derecho y sociedades donde se pueda utilizar la tecnología con muy pocos controles para vigilar a la población. O para empaquetarla y poder sacar sus beneficios de esas divisiones estructuradas por máquinas.

No es necesario para defender la democracia, que todos los ciudadanos posean la misma riqueza, pero una democracia pierde su sentido cuando una minoría puede comprar influencia, controlar medios, financiar campañas o acceder directamente a los gobernantes. La desigualdad de cualquier tipo es peligrosa, pero no hay que caminar desaforadamente hacia la igualdad total. Es un absurdo. Pero hay problemas de desigualdad, que son inasumibles en una sociedad democrática y válida de cara a su futuro. La desigualdad económica extrema acaba produciendo desigualdad política.

Será necesario reforzar la transparencia sobre financiación electoral, grupos de presión, adjudicaciones públicas, propiedades empresariales y patrimonios ocultos, lobbies ocultos o no, puertas giratorias, participación mayor en sindicatos, partidos y asociaciones.

Durante décadas se ha supuesto que la democracia se transmite automáticamente, que no es posible verla morir, que no está herida sino si acaso, algo cansada. No es así. Cada generación debe aprender por qué existen la separación de poderes, la presunción de inocencia, la libertad de expresión y los derechos de las minorías. Y que a veces, los modelos aunque sean buenos o precisamente por ser buenos, desaparecen y son reemplazados por otros peores.

La educación democrática no debe consistir en adoctrinar sobre qué partido votar, sino en enseñar a discutir con pruebas, aceptar una derrota electoral, reconocer la legitimidad del adversario y comprender que una mayoría no puede hacer cualquier cosa. Las personas que ejercen su derecho a votar, a elegir, deben saber sobre qué opciones tienen que elegir. No deberían dejarse llevar por lo que escuchan, sean del tipo que sean sus informaciones, sino por sus propias decisiones, libres y formadas. Su responsabilidad como votantes es mucho más alta qua la de simplemente poner un papel en una urna.

Es verdad que las democratizaciones nuevas o el crecimiento de estas, suelen producirse por oleadas, generalmente después de crisis económicas, derrotas militares, cambios generacionales o divisiones internas en los regímenes autoritarios. Países hoy cerrados pueden transformarse antes de 2050 en sociedad democráticas, del mismo modo que pocos habrían previsto en 1970 la democratización posterior de España, Portugal, Europa oriental o buena parte de América Latina.

Sin embargo, los autoritarismos actuales disponen de herramientas más poderosas que los del siglo XX. Sabe trabajara muy bien con la vigilancia digital, control algorítmico, manipulación masiva de las redes, cooperación entre regímenes y tecnologías capaces de identificar rápidamente a los disidentes. Al mismo tiempo, las aspiraciones democráticas continúan apareciendo incluso en sociedades muy reprimidas. Los autócratas saben perfectamente hasta qué punto es permisibles para sus intereses permitir ciertas disidencias.

África y Asia ofrecen el mayor margen numérico para una futura expansión democrática, pero también concentran importantes riesgos de golpes de Estado, conflictos, instituciones frágiles y presión autoritaria. América Latina probablemente seguirá alternando avances y retrocesos. Europa occidental conservará mayoritariamente el sistema democrático, aunque no necesariamente con la misma calidad en todos los países.

En 2050 no habrá necesariamente «más democracia» ni «menos democracia» en un sentido simple. Lo más probable es un mundo dividido pero con democracias renovadas, más participativas y tecnológicamente controladas, algunas democracias debilitadas que conservarán las elecciones, pero perderán contrapesos, un autoritarismo tecnológicamente sofisticado y a su vez para ser algo positivos, nuevos países que conseguirán abrirse y democratizarse.

No basta con defender la democracia mediante discursos morales. Tendrá que demostrar esa democracia que quiere ser válida y mantenerse, que puede gobernar, proteger derechos, controlar la tecnología, limitar a los poderosos y ofrecer una vida razonablemente digna.

El modelo democrático de 2050 probablemente seguirá teniendo parlamentos, partidos y elecciones. Pero deberá ser más participativo, más transparente, más rápido para actuar y mucho más firme a la hora de impedir la concentración del poder en manos con mucha tendencia fácil a manipular y mentir. De no hacerlo, no será sustituido de golpe por dictaduras reconocibles; se irá convirtiendo lentamente en una democracia de apariencia, pero sin contenido.

Julio Puente