Si retrocedemos al año 2000 el petróleo, el carbón y el gas parecían insustituibles como fuente de energía por varios factores que iban desde el geoestratégico al del precio o la abundancia de este tipo de energía, y sin querer desde el Poder, explorar y asentar otros modelos energéticos a nivel mundial. En este año 2026 el panorama es muy distinto.
Las energías renovables han pasado de ser una curiosidad a veces incluso frenada en su desarrollo, para convertirse en un componente central del sistema energético mundial. En 2025 las renovables superaron por primera vez al carbón en la producción mundial de electricidad. España es un buen ejemplo, que pasó de frenar la energía solar a subvencionarla, en poco más de una década.
A comienzos de siglo apenas existían energías como la solar y la eólica y hoy son pilares del sistema eléctrico. Y todo indica que esta tendencia continuará durante décadas.
Las energías renovables (aire y sol) han pasado de ser una curiosidad para convertirse en un componente central del sistema energético mundial. En 2025 las renovables superaron por primera vez al carbón en la producción mundial de electricidad.
Mi impresión, apoyada por los datos actuales, es que la próxima década no traerá una sustitución simple de los “fósiles por energías renovables”, sino un desplazamiento hacia el consumo de más electricidad, más energía solar, más capacidad de almacenamiento, más redes y con más seguridad y más disputa geopolítica por los minerales críticos, y más equipos y capacidad industrial.
La energía del mundo será algo más limpia, pero también más eléctrica, más material y probablemente más fragmentada en bloques geopolíticos.
La primera gran transformación será el inevitable menor consumo de energía en forma de combustión directa, y más energía en forma de electricidad. La IEA prevé que la demanda mundial de electricidad crezca a un ritmo medio del 3,6% anual entre 2026 y 2030, al menos 2,5 veces más rápido que la demanda energética total. Además, las energías renovables y nucleares juntas aportarían en torno a la mitad de la generación eléctrica mundial en 2030.
La primera gran transformación será el inevitable menor consumo de energía en forma de combustión directa, y más energía en forma de electricidad. La IEA prevé que la demanda mundial de electricidad crezca a un ritmo medio del 3,6% anual entre 2026 y 2030, al menos 2,5 veces más rápido que la demanda energética total. Además, las energías renovables y nucleares juntas aportarían en torno a la mitad de la generación eléctrica mundial en 2030.
Eso significa que el centro del sistema energético se moverá desde los combustibles hacia los electrones. ¿Empezaremos a contemplar la energía nuclear como menos peligrosa de lo que parece, en comparación a otras barbaridades nucleares que sí nos asustan? España no está de acuerdo en la energía nuclear, pero no puede prohibir que existan en el sur de Francia, y eso también nos afecta.
La segunda es que, dentro de esa electrificación, la energía solar será la tecnología dominante. La IEA espera que la capacidad renovable mundial casi se duplique entre este 2026 y 2030, con unos 4.600 GW nuevos, y que la solar fotovoltaica represente casi el 80% del aumento. IRENA, por su parte, señala que en 2025 las renovables ya suponían el 49% de la capacidad eléctrica instalada mundial y el 85,6% de las nuevas incorporaciones. Sólo la energía solar añadió unos 510 GW ese año. Dicho en claro. La energía del próximo decenio será bastante más solar que la actual.
Ahora bien, el cuello de botella no será tanto “producir electricidad” como almacenarla, transportarla y estabilizarla. La lentitud en permisos, la escasez de transformadores ya encarece la electricidad y retrasan nuevas conexiones. Por eso, en la próxima década el liderazgo energético no dependerá sólo de tener petróleo o gas, sino de tener redes, baterías, flexibilidad y cadena de suministro industrial.
Las baterías serán el otro gran protagonista silencioso. La IEA ya señalaba que las adiciones anuales de almacenamiento en baterías superaron los 75 GW en 2024, ayudando a compensar parte de la intermitencia renovable, aunque sin resolver por sí solas las necesidades estacionales. Por eso el sistema del futuro inmediato no será “solar y ya está”, sino solar + baterías + red + respaldo gestionable. La energía solar ya transformada en electricidad es mucho más compleja de almacenar y distribuir que el petróleo.
¿Y qué pasará con el petróleo, el gas y el carbón? Aquí conviene ser sinceros e ir con calma. No van a desaparecer en diez años. En el escenario de políticas vigentes de la IEA, el petróleo se aplana hacia 2030 y luego entra en un descenso lento; el carbón entra en declive si se mantiene el impulso renovable, pero su destino seguirá escribiéndose sobre todo en Asia; y el gas, lejos de hundirse, continúa creciendo en los años 2030 por precios más bajos y por la nueva oleada de GNL (gas natural licuado).
La segunda es que, dentro de esa electrificación, la energía solar será la tecnología dominante. La IEA espera que la capacidad renovable mundial casi se duplique entre este 2026 y 2030, con unos 4.600 GW nuevos, y que la solar fotovoltaica represente casi el 80% del aumento. IRENA, por su parte, señala que en 2025 las renovables ya suponían el 49% de la capacidad eléctrica instalada mundial y el 85,6% de las nuevas incorporaciones. Sólo la energía solar añadió unos 510 GW ese año. Dicho en claro. La energía del próximo decenio será bastante más solar que la actual.
Ahora bien, el cuello de botella no será tanto “producir electricidad” como almacenarla, transportarla y estabilizarla. La lentitud en permisos, la escasez de transformadores ya encarece la electricidad y retrasan nuevas conexiones. Por eso, en la próxima década el liderazgo energético no dependerá sólo de tener petróleo o gas, sino de tener redes, baterías, flexibilidad y cadena de suministro industrial.
Las baterías serán el otro gran protagonista silencioso. La IEA ya señalaba que las adiciones anuales de almacenamiento en baterías superaron los 75 GW en 2024, ayudando a compensar parte de la intermitencia renovable, aunque sin resolver por sí solas las necesidades estacionales. Por eso el sistema del futuro inmediato no será “solar y ya está”, sino solar + baterías + red + respaldo gestionable. La energía solar ya transformada en electricidad es mucho más compleja de almacenar y distribuir que el petróleo.
¿Y qué pasará con el petróleo, el gas y el carbón? Aquí conviene ser sinceros e ir con calma. No van a desaparecer en diez años. En el escenario de políticas vigentes de la IEA, el petróleo se aplana hacia 2030 y luego entra en un descenso lento; el carbón entra en declive si se mantiene el impulso renovable, pero su destino seguirá escribiéndose sobre todo en Asia; y el gas, lejos de hundirse, continúa creciendo en los años 2030 por precios más bajos y por la nueva oleada de GNL (gas natural licuado).
Así que el mundo de 2035 probablemente será con menos petrolero en tendencia, menos carbon en varias regiones, pero aún muy gasista en muchas decisiones de seguridad energética.
De hecho, uno de los movimientos más relevantes será la expansión del gas natural licuado. La IEA calcula que hay unos 300 bcm anuales de nueva capacidad exportadora de GNL prevista para entrar en operación antes de 2030, un aumento del 50% de la oferta mundial disponible; aproximadamente la mitad se está construyendo en Estados Unidos y otro 20% en Qatar. Vemos pues, la importancia de la lucha de bloques, de esa geolocalización que crea lideres mundiales en la economía a través de la energía.
Esto me lleva a una conclusión simple: el gas no será “la energía del futuro” en sentido histórico largo, pero sí será una pieza clave de la próxima década, sobre todo como combustible de respaldo, comercio flexible y arma geopolítica.
De hecho, uno de los movimientos más relevantes será la expansión del gas natural licuado. La IEA calcula que hay unos 300 bcm anuales de nueva capacidad exportadora de GNL prevista para entrar en operación antes de 2030, un aumento del 50% de la oferta mundial disponible; aproximadamente la mitad se está construyendo en Estados Unidos y otro 20% en Qatar. Vemos pues, la importancia de la lucha de bloques, de esa geolocalización que crea lideres mundiales en la economía a través de la energía.
Esto me lleva a una conclusión simple: el gas no será “la energía del futuro” en sentido histórico largo, pero sí será una pieza clave de la próxima década, sobre todo como combustible de respaldo, comercio flexible y arma geopolítica.
¿Y qué es el Gas Natural Licuado? Pues efectivamente, gas convertido en líquido. El gas natural licuado (GNL) es, básicamente, gas natural normal —sobre todo metano— enfriado hasta unos −162 °C para convertirlo en líquido. Al pasar de gas a líquido, ocupa más de 600 veces menos volumen, y por eso puede almacenarse y transportarse mucho mejor en grandes cantidades.
Al mismo tiempo, la energía nuclear volverá a pesar más de lo que pesaba hace unos años, aunque no lo bastante como para dominar el sistema. La IEA dice que la generación nuclear mundial alcanzará un máximo histórico en 2025, que hay más de 70 GW en construcción y que el interés político por expandirla existe ya en más de 40 países. También prevé que los primeros SMR comerciales entren en operación alrededor de 2030.
Al mismo tiempo, la energía nuclear volverá a pesar más de lo que pesaba hace unos años, aunque no lo bastante como para dominar el sistema. La IEA dice que la generación nuclear mundial alcanzará un máximo histórico en 2025, que hay más de 70 GW en construcción y que el interés político por expandirla existe ya en más de 40 países. También prevé que los primeros SMR comerciales entren en operación alrededor de 2030.
Pero añade una advertencia importante: buena parte del impulso actual depende de tecnología china y rusa, de modo que también aquí habrá lucha por diversificar cadenas de suministro. Volvemos a la importancia den el futuro de las geolocalizaciones políticas diversas.
Otro motor decisivo será el nuevo consumo eléctrico, no sólo el tradicional. La IEA prevé que el crecimiento de la demanda venga de industria, vehículos eléctricos, aire acondicionado y centros de datos.
Otro motor decisivo será el nuevo consumo eléctrico, no sólo el tradicional. La IEA prevé que el crecimiento de la demanda venga de industria, vehículos eléctricos, aire acondicionado y centros de datos.
Sólo los centros de datos podrían más que duplicar su consumo eléctrico hasta unos 945 TWh en 2030, y la mitad del crecimiento adicional de esa demanda se cubriría con renovables, pero con un papel relevante también del gas y, más adelante, de la energía nuclear y geotermia. Es decir: la digitalización y la IA no sólo cambiarán la economía; también alterarán la geografía y el calendario de la demanda eléctrica, del mundo de la nueva energía.

