Las imágenes de Francia o de ciertos países europeos en que este mes de octubre de 2026 ha explotado la sociedad, nos pueden producir rechazo, indignación y sobre todo una incapacidad de entendimientos de los motivos que no llegamos a comprender. ¿No lo entendemos o no queremos entenderlo?
No es la primera vez que la sociedad occidental salta, explota. Y casi siempre hay un motivo claro y contundente dentro, aunque tampoco lo queramos ver.
En este caso, que entre los violentos haya niños en la clle actuando, añade una preocupación más. Y que tengamos la sospecha de que están alentados por extremismos que incluso pueden alojarse fuera de Francia o de Bélgica es otro motivo de temor añadido.
Hay dos tipos de violencia en lo que vemos en Francia, y ponemos de momento a Francia como ejemplo por ser el más visible. La violencia que destruye por destruir, que esa destrucción forma parte de su mensaje. Y la violencia fruto de indignación, de un desencanto tremendo, de una queja ante lo que se considera una pérdida de derechos.
La primera violencia, la más dura y sin sentido, no tiene ni ideología ni lemas, ni mensajes, ni procesos constructivos dentro de ella. Es una violencia llena de caos sin sentido, que busca destruir todo, robar, y es incapaz de distinguir objetivos, modos, frenos, conceptos sociales.
La segunda violencia, siendo violencia y fruto de esas desafecciones claras de la sociedad, no saquea negocios de barrios, no rompe edificios públicos, no ataca a personas, propone unas reivindicaciones que pueden ser utópicas o absurdas, pero existen.
Para combatir esas violencias lo primero es entenderlas, saberlas diferenciar, entender sus motivaciones, pues meterlas en el mismo paquete es convertir dos escenarios en una solo y con ello en algo mucho más grande.
Hay dos tipos de violencia en lo que vemos en Francia, y ponemos de momento a Francia como ejemplo por ser el más visible. La violencia que destruye por destruir, que esa destrucción forma parte de su mensaje. Y la violencia fruto de indignación, de un desencanto tremendo, de una queja ante lo que se considera una pérdida de derechos.
La primera violencia, la más dura y sin sentido, no tiene ni ideología ni lemas, ni mensajes, ni procesos constructivos dentro de ella. Es una violencia llena de caos sin sentido, que busca destruir todo, robar, y es incapaz de distinguir objetivos, modos, frenos, conceptos sociales.
La segunda violencia, siendo violencia y fruto de esas desafecciones claras de la sociedad, no saquea negocios de barrios, no rompe edificios públicos, no ataca a personas, propone unas reivindicaciones que pueden ser utópicas o absurdas, pero existen.
Para combatir esas violencias lo primero es entenderlas, saberlas diferenciar, entender sus motivaciones, pues meterlas en el mismo paquete es convertir dos escenarios en una solo y con ello en algo mucho más grande.
La primera se alimenta de la segunda. Si actuamos por igual contra todas, la segunda se irá convirtiendo en la primera aumentando su tamaño y dureza.
Lo que históricamente sucede cada cierto tiempo y que no es algo nuevo, de ahora, lo podemos llamar acción directa reivindicativa, puede ser más o menos violento en la calle, pero siempre se resuelve. Pero su línea de ruptura es fina y en eso hay que estar muy atentos. Solo funciona comprender el porqué de estos estallidos, y saberlos tratar. Protestar es bueno, para evitar que todo explote. Y eso no siempre se entiende.
Nos asombra que se quemen edificios, calles enteras, comercios. Pero esto mismo lo hemos visto en Gaza, lo vemos en Ucrania o en Rusia, en Irán o en otros países africanos, y lo disimulamos, sin admitir que las violencias se contagias, y que pueden llegar a nosotros si no somos inteligentes en su gestión.
Lo que históricamente sucede cada cierto tiempo y que no es algo nuevo, de ahora, lo podemos llamar acción directa reivindicativa, puede ser más o menos violento en la calle, pero siempre se resuelve. Pero su línea de ruptura es fina y en eso hay que estar muy atentos. Solo funciona comprender el porqué de estos estallidos, y saberlos tratar. Protestar es bueno, para evitar que todo explote. Y eso no siempre se entiende.
Nos asombra que se quemen edificios, calles enteras, comercios. Pero esto mismo lo hemos visto en Gaza, lo vemos en Ucrania o en Rusia, en Irán o en otros países africanos, y lo disimulamos, sin admitir que las violencias se contagias, y que pueden llegar a nosotros si no somos inteligentes en su gestión.

