El otro día me puse a imaginar una escena que puede parecer disparatada e incluso divertida. Como si octubre se hubiese disfrazado de diciembre antes de tiempo, los gigantes y cabezudos recorren Zaragoza durante las Fiestas del Pilar acompañados por los gaiteros, pero a ritmo de «Noche de paz» o «La Marimorena».
Siguiendo sus pasos aparecen los oferentes, vestidos con sus trajes regionales y llevando sus flores hacia la Virgen. Avanzan por la calle Alfonso bajo unas hileras de luces navideñas que cubren la calle de fachada a fachada, mientras las farolas están adornadas con flores de Pascua.
La imagen hace sonreír, pero también invita a preguntarse: ¿podríamos llegar a verla algún día? ¿Acabaremos celebrando la Ofrenda mientras Zaragoza empieza ya a vestirse de Navidad? ¿Veremos los claveles destinados a la Virgen competir con las flores de Pascua colocadas en las farolas?
Y lo más curioso es que estamos hablando de todo esto cuando todavía nos encontramos en pleno verano y a punto de vivir un eclipse. Mientras buscamos unas gafas especiales para mirar al cielo, hace tiempo que se vende la lotería de Navidad y en algunos establecimientos empiezan a aparecer los primeros turrones.
Quizá ya nos parezca normal, pero… ¿realmente lo es?
Cada año tengo la impresión de que las campañas comerciales comienzan un poco antes. El material escolar aparece cuando todavía estamos disfrutando de la piscina, y lo entiendo, porque la vuelta al cole está a la vuelta de la esquina y, tal como pasa el tiempo, llega casi sin darnos cuenta. Pero también deberíamos disfrutar de cada momento sin estar pensando continuamente en el siguiente. Los turrones llegan casi cuando aún no hemos recogido las sombrillas de la playa ni guardado las sandalias; la lotería de Navidad se vende mientras muchos todavía están organizando sus vacaciones; y las luces empiezan a instalarse cuando el otoño apenas ha comenzado.
Parece que vivimos con varias celebraciones de adelanto. Todavía no hemos terminado una y ya nos están anunciando la siguiente.
En Zaragoza, por ahora, conservamos cierto orden. Primero llegan las Fiestas del Pilar, celebramos la Ofrenda y disfrutamos del ambiente festivo. Después se recogen las flores, la ciudad recupera poco a poco su ritmo habitual y, cuando corresponde, comienzan los preparativos navideños.
Pero… ¿durante cuánto tiempo seguirá siendo así?
¿Y si cualquier año, mientras los últimos oferentes depositan sus flores ante la Virgen, aparecen ya los pastores, los Reyes Magos y hasta la estrella de Belén buscando un hueco entre los ramos? Tendríamos a Zaragoza todavía en plenas fiestas y a la Navidad llamando a la puerta con más de dos meses de adelanto.
Vigo se ha convertido en el ejemplo más llamativo de esta carrera navideña. Es evidente que sus luces atraen visitantes, dan publicidad a la ciudad y generan actividad económica. No se trata de criticar que una ciudad quiera promocionarse ni de estar en contra de las luces o de las celebraciones. Todo eso, disfrutado en su justa medida, también forma parte de la fiesta.
Pero, visto desde fuera, a veces da la impresión de que en Vigo la Navidad no llega a desmontarse del todo, sino que entra durante unos meses en labores de mantenimiento antes de volver a empezar.
La pregunta es sencilla: ¿celebramos más porque empezamos antes? Yo creo que no necesariamente. Tal vez estemos alargando las campañas comerciales, pero no la ilusión. Cuando algo se repite durante tantos meses, termina perdiendo parte de su carácter especial.
Antes, ver encenderse las primeras luces significaba que la Navidad estaba cerca. Había una espera y esa espera también formaba parte de la ilusión. Ahora podemos encontrarnos con la decoración navideña cuando todavía faltan dos meses y medio para Nochebuena.
Además, hay una cuestión más profunda. Cuando la Navidad se reduce a bombillas, compras, promociones y escaparates, corre el riesgo de perder el motivo por el que existe.
Para los cristianos, la Navidad conmemora el nacimiento de Jesús y posee un significado religioso. Para otras personas es una tradición cultural, una ocasión para reunirse con la familia, recordar a quienes faltan, ayudar a los demás o compartir buenos deseos. También hay quienes tienen otras creencias o simplemente no la celebran. Todas esas posturas son respetables.
Precisamente por respeto a unos y a otros, deberíamos procurar que la Navidad no se convierta únicamente en una interminable campaña de consumo. Reconocer el origen de una celebración no significa imponérselo a nadie, sino permitir que cada persona la viva —o decida no vivirla— según sus propias convicciones.
Me gustan las luces, los belenes y el ambiente navideño. No estoy en contra de nada de eso. Pero creo que cada celebración debería conservar su momento. Si la Navidad empieza cada vez antes y termina cada vez más tarde, puede acabar convirtiéndose en una parte permanente del mobiliario urbano.
Todo necesita su tiempo: el eclipse del verano, las Fiestas del Pilar, la Ofrenda, el otoño, el Belén, los turrones y hasta los langostinos de Nochebuena. No hace falta que vivamos permanentemente con tres fiestas de adelanto.
Porque, adaptando el viejo refrán a estos tiempos de prisas, luces LED, décimos e inauguraciones anticipadas:
Con el tiempo y una caña, todo se alcanza… pero, como sigamos corriendo, acabaremos convirtiendo la Ofrenda de flores en una Ofrenda de turrones, con un décimo en el bolsillo, bajo las luces de Navidad, mientras los Reyes Magos buscan sitio en la plaza del Pilar y alguien intenta recordar qué era exactamente lo que estábamos celebrando.

