18.7.26
La idea de Progreso NO es infinita
Durante las décadas finales del siglo XX, a partir de la mitad de ese siglo complejo, hemos asimilado la idea de "Progreso" con el concepto de una mejora constante y lineal, tiempos de cambios hacia nuevas opciones, una vida con mejores perspectivas que la de nuestros padres y abuelos. ¿Es posible avanzar en una mejora infinita sin que haya marcha atrás?
Siempre hemos entendido desde el año 1950, que caminábamos hacia nuevos inventos, nuevas calidades de vida, más posibilidades económicas, mejor vida, más cultura y más facilidad para disfrutar de la vida que teníamos por herencia o por ir construyéndola nosotros. Es verdad que este concepto, no siempre se ha repartido bien, hemos mejorado en las ocho últimas décadas, para a diferente velocidad entre los países del mundo, entre las sociedades, e incluso lo hemos hecho en distintos periodos de esas décadas.
Posiblemente la idea de progreso, la necesidad de creer que caminamos hacia el progreso, no va a desaparecer pues lo necesitamos como energía vital y se procurará que lo sigamos sintiendo en la sociedad para evitar males mayores, pero probablemente cambiará de significado.
Durante buena parte del siglo XX significó producir más, consumir más, viajar más, vivir en una casa mayor y disponer de objetos que nuestros padres no habían tenido. Incluso tener más libertad, más formación, y mejores Servicios Públicos. Hacia 2050, especialmente en Europa occidental, el progreso se medirá menos por la acumulación material y más por una combinación de salud, tiempo disponible, seguridad, vivienda accesible, autonomía personal, calidad ambiental y capacidad para soportar crisis. Y esos conceptos no son menores, no son más fáciles de obtener que aspirar a tener un coche más rápido y bonito, más vacaciones o más libertad sexual.
Las tendencias razonables a partir de este 2026 están condicionadas por decisiones políticas, tecnología, desigualdad, conflictos y cambio climático. El mundo en global mejorará, pero eso supone que, aunque de forma global los números serán mejores en todos estos conceptos de calidad de vida, no siempre estarán bien repartidos, e incluso lo harán a costa de que algunos países o sociedades empeoren.
Posiblemente en Europa occidental pasemos de crecer más, a vivir mejor y resistir mejor, y voy a intentar explicar estos detalles, pues en realidad son parte de la calidad de vida, que cambian el concepto de “sentirnos mejor”.
La longevidad ya no bastará como meta, no desearemos vivir más años brutos, importarán los años netos vividos con autonomía personal, con calidad, en compañía y no en soledad.
Europa será bastante más envejecida en el año 2050. La Comisión Europea calcula que hacia 2050 alrededor del 30 % de la población de la Unión tendrá 65 años o más, frente a aproximadamente el 20 % actual. Además, las necesidades de cuidados de larga duración entre los mayores de 50 años podrían crecer cerca de un 24 % para entonces.
Por eso el progreso sanitario dejará de medirse principalmente por “cuántos años vivimos” y se medirá cada vez más por cuántos años conservamos movilidad y lucidez; cuánto tardamos en recibir atención médica como enfermos crónicos; si podemos permanecer en nuestro domicilio; si existen suficientes cuidadores para atendernos cuando necesitemos cuidados especiales y si la vejez conduce o no a la soledad y la dependencia.
La medicina preventiva, el control de la cronicidad de los trastornos importantes, el diagnóstico temprano, la rehabilitación, la atención domiciliaria de médicos y enfermeros y las viviendas adaptadas serán tan importantes como los grandes hospitales. La OMS define precisamente el envejecimiento saludable como la conservación de las capacidades que permiten mantener el bienestar y la vida cotidiana, no simplemente como la ausencia de enfermedad.
También el tiempo será una forma de riqueza, una moneda cada vez más valorada en estos años que quedan hasta la mitad del siglo XXI. Una sociedad puede ser económicamente más rica y, sin embargo, obligar a sus ciudadanos a emplear demasiadas horas en desplazamientos, trabajos inseguros, trámites, cuidados familiares o búsqueda de vivienda. Y eso es negativo y ya lo percibimos como tal.
Por eso, hacia 2050, es probable que consideremos progreso el trabajar de manera más productiva, pero no necesariamente más horas. El tener mejor conciliación laboral y mejor trato con la familia y los amigos, el poder disponer de más tiempo que modularemos según nuestras necesidades. El teletrabajo ha venido para quedarse en algunas profesiones y será modulado como plastilina por todas las partes.
La inteligencia artificial y la automatización pueden reducir tareas rutinarias, mejorar la productividad y aumentar la seguridad laboral. Pero también pueden intensificar el control sobre los trabajadores, precarizar algunas profesiones y concentrar los beneficios en pocas empresas. La OCDE considera que la inteligencia artificial puede mejorar la productividad y la calidad del empleo, aunque advierte sobre los desplazamientos laborales; la OIT calcula que aproximadamente uno de cada cuatro empleos del mundo presenta algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa, siendo más probable la transformación de tareas que la desaparición completa de todos esos puestos.
El verdadero progreso de las próximas décadas (o años) no consistirá en que una máquina haga nuestro trabajo y dispongamos de más tiempos libre o de menos trabajos que requieran nuestro cansancio, sino en cómo se reparta el tiempo total y la riqueza que esas máquinas permiten ahorrar en fuerza laboral, para decidir cómo se reparte ese ahorro, ese beneficio adicional. Es posible que haya menos puestos de trabajo, que se necesiten menos horas mensuales para producir lo mismo, pero las personas como seres de labor, necesitamos estar ocupados en tareas que sirvan para algo, o que nos hagan creer que sirven para algo. Y la sociedad occidental no puede soportar un desempleo excesivo sin que crujan los cimientos.
Tener vivienda para vivir (no es una redundancia) será más importante que tener nuevos bienes de consumo. Se perderá el concepto de vivienda en propiedad, incluso el de alquiler como lo entendemos ahora, para construir nuevos conceptos posibles de “tener” vivienda. Ya se habla de Hipotecas a 150 años, a 80 años. Hipotecas que se heredaran a hijos y nietos. ¿Es realmente comprar una vivienda si está cargada con una hipoteca que asumirán tus nietos?
En las generaciones anteriores, el automóvil, los electrodomésticos o las vacaciones representaban ascenso social. Para muchos jóvenes europeos, en cambio, el principal indicador de progreso será algo mucho más elemental: poder emanciparse y acceder a una vivienda digna. La palabra clave que hemos perdido en estas décadas del siglo XXI es EMANCIPARSE.
Entre 2010 y comienzos de 2025, los precios de la vivienda en la Unión Europea aumentaron cerca de un 58 % y los alquileres alrededor de un 28 %. La OCDE considera que la falta de vivienda asequible es ya un problema estructural, especialmente en las grandes ciudades. Es insoportable para la sociedad occidental no poderse emancipar.
En el escenario de una Europa de 2050, no será percibida como próspera solo porque tenga vehículos autónomos, inteligencia artificial o medicina avanzada. Tendrá que poder ofrecer vivienda accesible; barrios habitables capaces de soportar mejor el calentamiento global; transporte público de calidad y muy barato; unos conceptos de sociedad no solitaria en donde se cuide la salud mental como un activo muy necesario, proximidad a los servicios desde sus zonas de barrio para evitar contaminación y costes energéticos razonables.
Una sociedad tecnológicamente avanzada pero que impida a una parte importante de sus jóvenes formar un hogar, difícilmente podrá considerarse plenamente progresista. N es válida y así la percibirán precisamente ellos, que poco a poco van caminando hacia ser ya adultos y a tener que tomar decisiones de gran calado social y político.
Los cambios en las ideologías de los jóvenes europeos pueden indicarnos que no estamos sabiendo gestionar bien los que ya son sus problemas de futuro. Y la emancipación es fundamental.
La energía limpia dejará de ser una cuestión idealista, para pasar a ser una necesidad imperiosa y obligatoria. Esa transición energética cambiará buena parte de la vida cotidiana, desde la calefacción, refrigeración, movilidad, construcción, industria y consumo doméstico, que tenderán a electrificarse, a tener que controlar mucho mejor el uso de las diferentes energías en todos los aspectos de la vida, desde la agricultura, el transporte o las industrias.
En los escenarios de neutralidad climática de la Agencia Internacional de la Energía, el sistema de 2050 estaría dominado por electricidad de bajas emisiones, energías renovables, eficiencia energética y una utilización mucho menor de combustibles fósiles. El ciudadano no identificará necesariamente este progreso con la presencia de más aerogeneradores o paneles solares, sino con resultados concretos.
Es inevitable pensar en un aire más limpio, y para ellos habrá que cambiar varios modelos de vida que hoy nos parecen lógicos. Las viviendas tendrán que estar mejor aisladas ante el frío y el calor estacional; se tendrán que crear unos modelos energéticos con mucha menor dependencia de países productores de petróleo y gas, y unos modelos de transporte menos ruidoso y más limpios para tener una menor vulnerabilidad ante crisis energéticas de cualquier tipo.
Esa adaptación climática será considerada parte del llamado progreso de la sociedad, de las sociedades. Durante décadas, progreso significó dominar la naturaleza y construir carreteras, urbanizar costas, canalizar ríos y consumir agua sin demasiadas restricciones. En 2050, parte del progreso consistirá justamente en reconocer límites al progreso antiguo, evitando desmanes anteriores, y crecimientos insostenibles. Posiblemente haya que pensar modelos de gestión de sociedades en donde dejen de crecer ciudades y a cambio crezcan más localidades de tamaño intermedio. La discriminación positiva desde los que gestionan las políticas, debe trabajar muy fuertemente por ello.
Europa afrontará más episodios de calor extremo, sequías, inundaciones, incendios y riesgos sanitarios. El sur europeo será particularmente vulnerable al calor y a la escasez de agua, mientras que las zonas costeras y fluviales necesitarán mayores defensas y cambios urbanísticos. El IPCC advierte que los riesgos aumentan con cada incremento adicional de temperatura. Peo tampoco en centro y norte de Europa se van a ver libres de estos cambios, que les sorprenderán más, aunque sean menores que en el sur de Europa.
Una ciudad avanzada en el año 2050 no será necesariamente la que tenga los edificios más altos, sino la que mantenga temperaturas soportables durante una ola de calor, disponga de árboles y refugios climáticos en sus calles a base de crear más plazas pequeñas pero muy verdes y con mucha sombra a modo de refugios climáticos que serán oasis totalmente repartidos por todos los barrios.
Una ciudad para el año 2050 debería ser un núcleo compacto que gestione bien el agua, que evite construir en zonas inundables, que aprenda a proteger a las personas vulnerables y pueda seguir funcionando durante una emergencia. La palabra decisiva será resiliencia: capacidad para seguir viviendo razonablemente bien cuando algo falla.
La tecnología útil y sostenible para esos años será más valorada que la tecnología espectacular. Hacia 2050 tendremos sistemas digitales más presentes en medicina, enseñanza, transporte, administración, seguridad y asistencia personal. Pero también aumentará la preocupación por la privacidad, la vigilancia de los de encima sobre los de abajo, la manipulación informativa, la concentración empresarial desconocida y globalizada sin que nunca sepamos quien es el dueño y el responsable de las decisiones que nos afectan, y una exclusión en aumento exclusión de quienes no sepan desenvolverse digitalmente. Incluido tú, nosotros, que creemos sabe algo de este nuevo mundo.
El progreso tecnológico será juzgado menos por lo sorprendente que resulte y más por preguntas muy concretas. ¿Reduce el sufrimiento de los heridos sociales o los débiles? ¿Ahorra tiempo para dedicarlo a nosotros mismos? ¿Es accesible para todos, con independencia de su edad, su nivel económico o su formación? ¿Respeta la libertad individual? ¿Podemos entender y recurrir para anular sus decisiones?
Una tecnología que facilite la consulta médica de un anciano será progreso. Una que lo obligue a relacionarse exclusivamente mediante una aplicación que no comprende, puede convertirse en regresión. Un sistema que cambie el contacto personal por más y más productos químicos en forma de pastilla será un gran error.
La OCDE y las instituciones europeas llevan años desarrollando mediciones de bienestar “más allá del PIB”. Incluyen salud, educación, seguridad, vivienda, relaciones sociales, desigualdad, calidad ambiental, equilibrio entre vida y trabajo y sostenibilidad futura. ¿Es ese el único modo de medir la calidad de vida de las sociedades?
En 2050 podríamos aceptar con mayor normalidad que una economía puede crecer mientras empeora el acceso a la vivienda. Tremendo problema en el año 2026 para muchos países que se consideran adelantados, útiles, occidentales. Puede aumentar el consumo de casi todo, mientras disminuye la salud mental. El consumo no es felicidad, no somos capaces de cambiar horas de trabajo para obtener un dinero a cambio de “cosas” que no nos garantizan nada.
Puede crecer la productividad, mientras ese beneficio, esa plusvalía del trabajo de muchos se concentra en una riqueza de muy pocos. Y puede aumentar el PIB en general, pero destruyendo recursos que necesitarán las generaciones futuras. La propia visión europea para 2050 habla de “vivir bien dentro de los límites del planeta”.
¿Significa esto que Europa vivirá necesariamente mejor o será peor?
No se sabe, pues depende de las decisiones que vayamos tomando en estos años. También existe un escenario menos favorable con sociedades más envejecidas, caras y por ello solo soportadas por una minoría, muy vigiladas, climáticamente incómodas y divididas entre propietarios protegidos y jóvenes sin patrimonio.
Europa puede disponer de mejor medicina, energía más limpia e inteligencia artificial y, al mismo tiempo, perder calidad de vida si no resuelve la vivienda, si deteriora sus servicios públicos que no sabe cuidar, si crece la desigualdad y esta sale a todas las calles de todas las ciudades, no sabe integrar adecuadamente la inmigración que es imparable e inevitable de una manera o de otra, o convierte la tecnología en un instrumento de control personal y de concentración económica en Grupos Escondidos.
El progreso técnico y el progreso humano no son la misma cosa. Pueden avanzar juntos, pero no lo hacen automáticamente. Y tendremos que elegir. O priorizamos trabajando en la defensa de los progresos técnicos que no nos afecten negativamente en los progresos humanos, y no serán progresos, sino manipulaciones.
En el resto del mundo convivirán dos ideas de progreso. Fuera de los países ricos, el cambio será más desigual. Para cientos de millones de personas, el progreso de 2050 seguirá teniendo un significado tradicional y muy concreto buscando su agua potable, sus procesos de saneamiento, la electricidad fiable y constante, un uso lógico de vacunas y atención médica universal, crecer en algo tan básico como la alimentación suficiente, aumentar los procesos de educación, crear en esas zonas del planeta un sistema de vivienda segura, diseñar un empleo formal para sujetar a las sociedad y de esa forma evitar en alguna manera que emigren, y una protección frente a la violencia y bandazos que cambian gobiernos por las armas cada poco tiempo.
Una familia sin electricidad estable no necesita que le expliquen primero el “bienestar posmaterial” o internet, necesita electricidad, agua, saneamiento, salud, seguridad. Si esto no somos capaz de diseñarlo con inteligencia para que se mantenga en el tiempo, será inevitable el vaciamiento de ciertos países y la migración a los que sean la puerta de entrada a un mundo diferente.
Asia será la fábrica mundial de la potencia tecnológica y social. Y eso ya lo estamos viendo, no lo asimilamos todavía, pero es inevitable. De la capacidad de defensa que pueda demostrar Europa o América, dependerá el tamaño del avance de Asia en el mundo del futuro.
Buena parte de Asia tendrá clases medias mayores, ciudades altamente digitalizadas y sistemas industriales y científicos avanzados. Pero en algunos países, el problema central será parecido al europeo con un creciente envejecimiento, una baja natalidad, y escasez de trabajadores para cuidados y servicios. Si ellos desde Asia no saben diseñar su propio futuro, que yo creo que sí lo sabrán hacer, se repetirán allí los problemas de la Europa rica precisamente sobre ese 2050 que me he propuesto como objetivo de análisis.
Otros países del sur y sudeste asiático seguirán teniendo poblaciones jóvenes y necesidades importantes de vivienda, infraestructuras, empleo y educación. La inteligencia artificial puede ampliar la productividad, pero la OCDE advierte de una posible brecha en esos crecimientos incluso aleatorios. Los países con menos infraestructuras, capital, formación y acceso digital pueden beneficiarse bastante menos que las economías avanzadas. Y es cierto, además, que el crecimiento de ciertos países que se irán convirtiendo en “Ricos” tendrá que hacerse como siempre a base de manos de obra barata, de un cierto esclavismo digital y moderno. También Asia y sus países con mejor futuro, tendrá que decidir qué países será exportadores de pobreza, para alcanzar ellos, los ricos y avanzados, sus propios beneficios sociales.
África tiene el gran reto para transformar su crecimiento demográfico en bienestar propio, sin tener que recurrir a una migración brutal. África concentrará una parte muy importante del aumento de población urbana y laboral.
El éxito para África no se medirá solo por el crecimiento de sus grandes ciudades, sino por su capacidad para crear millones de empleos productivos y válidos para que sus trabajadores no quieran irse, sistemas educativos de calidad sobre todo en esa capacidad de la universalidad, el acceso a viviendas dignas, unos modelos de energía soportables para todos, unas formas de transportes territoriales que sean válidos para mercancías y personas, y administraciones capaces de prestar servicios y de no guerrear como elemento casi fijo.
Me olvido deliberadamente de la capacidad que tiene África para ser exportadora de minerales raros, y su actual sufrimiento al verse “comprada” por empresas de ciertos países que han puesto sus manos en esa África que desea salir del hundimiento y se tiene que agarrar a cualquier dicha que le venga de fuera, aunque sea vendiendo su futuro.
Las Naciones Unidas prevén que aproximadamente dos tercios del crecimiento de la población mundial hasta 2050 tendrá lugar en ciudades, con una parte muy elevada de la expansión urbana situada en África y Asia.
Si esa urbanización de los territorios está bien gestionada, puede favorecer el crecimiento de la educación, innovación, sanidad bien repartida y productividad útil también para las personas. Si no lo está, puede producir extensos asentamientos informales, congestión, contaminación, precariedad y enormes desigualdades. Y con ello, violencias indiscriminadas.
Sobre América Latina caen como casi siempre, excesivas dudas de lo que puede significar ese progreso hacia el año 2025. El progreso debería significar seguridad institucional y movilidad social, seguridad y justicia. tranquilidad y dejar que sean ellos los que avancen hacia ese futuro, sin injerencias de otros países dominadores desde la sombra.
En gran parte de América Latina ya existe urbanización, educación y acceso tecnológico relativamente amplios. Sus grandes desafíos serán menos elementales que en las regiones más pobres, pero no menos difíciles. Hay que reducir la violencia por diversos modelos económicos negros y violentos, mejorar la productividad en sus empresas, fortalecer los servicios públicos y disminuir la informalidad laboral, garantizar un modelo de pensiones válido y evitar que el origen familiar determine completamente el futuro de una persona. Ls oportunidades no deben venir por el lugar de nacimiento, por la familia que te cuida, sino por tus propios beneficios y oportunidades.
Allí, progreso significará sobre todo que el ciudadano pueda confiar en que el esfuerzo, la educación y el trabajo permiten mejorar de vida sin depender de privilegios, corrupción o emigración. Volvemos a la necesidad de que los poderes públicos sean estables, limpios, democráticos e inteligentes de cara al futuro.
El clima puede detener avances entre los países frágiles, pobres, en vías de desarrollo. No será fácil compaginar sus crecimientos sostenibles y el cuidado que debemos tener todos con el cambio climático y los movimientos excesivos de migraciones mal gestionadas, tanto en su origen como en su destino.
La pobreza extrema probablemente continuará concentrándose en Estados frágiles, territorios afectados por conflictos y regiones muy expuestas al cambio climático. Estudios recientes del Banco Mundial advierten que el calentamiento climático puede frenar la productividad y la reducción de la pobreza hasta 2050, especialmente donde existen menos recursos para adaptarse al nuevo tiempo atmosférico.
El cambio climático será profundamente desigual. Mientras que un país rico puede instalar refrigeración, reforzar diques o asegurar cosechas, uno pobre puede perder hogares, empleos y alimentos ante el mismo fenómeno. Hablamos ya no solo de unos modelos de cambios climáticos que afecten a las personas y a su comodidad de adaptación, sino también a la ganadería, la agricultura y a los alimentos. Los mismos territorios que en el año 2000 tenían una agricultura determinada, no podrán tener sin adaptación muy seria, esos mismos productos para el año 2050. Diseñar esos cambios es una tarea compleja y costosa, pues la rentabilidad del campo será otra.
Por eso el progreso mundial no dependerá únicamente de inventar tecnologías, sino de que los países con menos recursos puedan financiarlas y utilizarlas. Y de una adaptación seria a los nuevos tiempos, en los que no solo van a cambiar tecnologías, sino también el clima, los alimentos, la manera de interactuar entre las personas.
Pensemos que llevamos ya una década casi hablando de “La Soledad no Deseada” y no hemos logrado avanzar nada. Tampoco ante el crecimiento de los problemas en salud mental. Y estos dos temas no van a menos, sino crecen año tras año en el mundo occidental. Podemos tener maravillosas tecnologías, pero estar más deprimidos que nunca, más solos y abandonados que nuestros padres.
Quiero acabar hablando ligeramente de las ciudades. Hacia el año 2050, casi dos tercios de la población mundial vivirán en áreas urbanas. El éxito o fracaso de las ciudades determinará gran parte de la calidad de vida mundial. El tamaño será un indicativo de que hemos aprendido algo, o al contrario somos incapaces de tan siquiera detectar los problemas.
Las ciudades serán el lugar donde se jueguen casi todos los grandes debates. El de la vivienda digna y posible, el de la contaminación, el de un transporte que sirva para descongestionar las ciudades y hacerlas más limpias, el de la integración social de jóvenes, ancianos, diferentes y desempleados, el del acceso al empleo de calidad, el del calor extremo en donde ya tenemos ciudades en las que fijarnos en sus problemas y en algunas de sus soluciones, en la gestión del agua limpia y del agua sucia, el de la soledad del que antes hablaba, el de la seguridad a todos los niveles sabiendo y aceptando que hay esquinas en esa seguridad que casi no vemos, y sobre todo en la participación democrática, pues cada ciudad, cada territorio tiene que ser lo que quieran sus habitantes. Para bien y para mal. Tenemos que aprender a decidir. Tenemos que aprender a equivocarnos y a soportar esas equivocaciones, para poder aprender mejor a tener aciertos con nuestras decisiones.
Por eso una buena ciudad —compacta, verde, segura, accesible y con servicios cercanos— puede convertirse en uno de los mayores avances humanos del siglo XXI.
La principal diferencia entre Europa y el resto del mundo. Sabemos en qué nos diferenciamos, sabemos incluso en qué espacios de necesidad nos vamos a mover en el mundo con esas diferencias entre territorios globales. Pero saberlo no es suficiente.
La separación entre países occidentales y países en vías de desarrollo no será absoluta ni se mantendrá en el tiempo. La OMS prevé que en 2050 cerca del 80 % de las personas mayores vivirá en países de renta baja y media, lo que convierte el envejecimiento en una cuestión verdaderamente mundial, no solo europea.
El progreso dejará de significar únicamente tener más posibilidades y empezará a significar el poder conservarlas sin destruir las condiciones que las hacen posibles. Entender que nada es para siempre, que todo puede ser efímero, es un ejercicio complicado a admitir.
En Europa occidental, el progreso será (sería) vivir más años con salud y calidad, disponer de vivienda, tiempo y servicios, respirar aire limpio, mantener la autonomía y estar protegido frente a crisis.
En buena parte del resto del mundo seguirá significando (además) el poder superar las necesidades básicas, industrializarse, urbanizarse y crear oportunidades materiales.
Pero en todas partes aparecerá la misma exigencia. Que los avances sean accesibles, sostenibles y mejor repartidos. Una sociedad de 2050 no será progresista por poseer la tecnología más avanzada, sino por conseguir que esa tecnología, su riqueza y sus instituciones permitan vivir con dignidad a la mayoría de las personas y no únicamente a quienes puedan pagarlo, muchas veces por herencia familiar.
