La primera gran entrada de la IA del próximo futuro será en la burocracia cotidiana. No hablo sólo de chatbots. Hablo de sistemas que rellenen expedientes, clasifiquen solicitudes, detecten faltas de documentación, prioricen los casos sin intervención humana, redacten respuestas provisionales y encaminen a cada persona hacia el canal adecuado de respuesta y solución.
La OCDE ya documenta usos de IA en administración pública y en justicia, incluido el caso del Tribunal de Casación francés, que emplea IA para clasificar y dirigir recursos y peticiones. Eso anticipa un cambio muy serio: buena parte de la relación entre el ciudadano y las instituciones dejará de ser lineal y pasará a ser gestionada en parte por IA.
La segunda entrada fuerte será en la educación, y aquí sí creo que cambiarán hábitos que hoy todavía nos parecen normales. La UNESCO ya trata la IA generativa en educación como un asunto de política pública y no como una curiosidad tecnológica. Lo más probable es que el alumno tenga tutoría casi continua, ejercicios adaptativos, corrección instantánea y seguimiento de lagunas de aprendizaje, mientras el profesor se desplaza desde “transmitir información”, hacia diseñar contextos, evaluar criterio y sostener la parte humana del aprendizaje.
La clase física, el aula, no desaparecerá, pero la vieja idea de que todos aprenden lo mismo, al mismo ritmo y con la misma explicación, irá perdiendo terreno. Todo dependerá de los complementos que cada familia o cada alumno vaya añadiendo a lo que reciba en el aula. Más todavía que ahora, pues hay muchos más recursos y baratos.
La tercera acción de cambio de la IA del futuro próximo será la sanidad, no sólo en el diagnóstico sino en la vigilancia continua de la salud. La OMS ya habla de una implantación creciente de la IA en los sistemas sanitarios europeos y señala que la mayoría de los países de la UE ya despliegan herramientas (todavía pequeñas y que no caminan solas) de IA en entornos clínicos.
Y donde hoy mucha gente todavía no piensa en IA, pero debería hacerlo ya, es en los cuidados y el envejecimiento. La OCDE estima que la población de 65 años o más en la OCDE pasará del 18% en 2021 al 27% en 2050, y que el empleo en cuidados de larga duración tendría que crecer un 32% en la próxima década para cubrir la demanda.
En ese contexto, ya hay experiencias de IA para detectar riesgo de soledad y conectar a personas mayores con servicios sociales, y la OMS apunta que la IA puede identificar signos tempranos de deterioro funcional, predecir hospitalizaciones y apoyar planes de cuidados personalizados. Éste puede ser uno de los cambios más profundos. La IA entrando no en el laboratorio, sino en la fragilidad cotidiana de millones de hogares. ¿Soledad? ¿Salud Mental? ¿Qué papel puede ampliar la IA para estar allí, prediciendo y resolviendo?
La cuarta gran irrupción será en la investigación científica. Aquí sí estamos ante algo que hace pocos años nos habría parecido exagerado. La revista Nature ya describe laboratorios autónomos y “self-driving labs” que automatizan tareas experimentales, seleccionan experimentos y aceleran el descubrimiento en química, materiales y biotecnología.
La quinta entrada será en el campo de la energía y las infraestructuras, un campo mucho menos vistoso pero decisivo. La IEA calcula que la IA puede desbloquear hasta 175 GW de capacidad adicional de transmisión en líneas existentes y sostiene que transformará el sector energético al mismo tiempo que multiplica la demanda eléctrica de los centros de datos. Este asunto puede ser uno de los frenos mayores para la ampliación gratuita de la IA, su uso por la sociedad en general para asuntos banales.
También proyecta que el consumo eléctrico de los centros de datos podría más que duplicarse hasta 2030, con la IA como principal motor. Esto apunta a dos consecuencias. La IA no sólo será usuaria voraz de energía, sino también una herramienta muy necesaria para gestionar redes, ajustar demanda, detectar averías y mejorar la eficiencia. En otras palabras, entrará en el sistema nervioso de la economía, en sus zonas frágiles para hacerla posible en unos consumos exagerados.
La sexta será el paso casi utópico del software al mundo físico. Aquí no imagino tanto un desfile de androides como una multiplicación de robots especializados en logística, almacenes, hospitales, agricultura, inspección, construcción, limpieza técnica, reparto interno, apoyo en residencias.
¿Un camarero para traernos una caña, una tapa? ¿Y volverá para cobrarnos y luego otra vez para limpiar la mesa? ¿Y quién deseará ser camarero para servirnos? ¿Y a qué precio?
La Federación Internacional de Robótica prevé que las instalaciones mundiales de robots industriales sigan creciendo y superen las 700.000 unidades en 2028, y también informa de un fuerte crecimiento de los robots de servicio profesionales, impulsado por la escasez de personal y además por la demanda médica. El gran cambio de hábitos será que muchas tareas físicas dejarán de depender exclusivamente de manos humanas visibles.
La séptima será el trabajo de oficina básico, de atención al cliente. No porque todo desaparezca, sino porque muchas tareas “junior” serán absorbidas o rehechas por IA. Resumir, clasificar, buscar precedentes, preparar borradores, comparar ofertas, generar informes, atender incidencias simples, atender clientes en la zona de entrada, etc.
El FMI ya señala que alrededor de uno de cada diez vacantes en economías avanzadas exige ya y al menos, una nueva habilidad a menudo ligada a IT y IA, y el Foro Económico Mundial estima que casi el 40% de las habilidades requeridas en el empleo cambiarán y que 77% de los empleadores planean restructurar su plantilla por efecto de la IA.
La IA no puede hacer de fontanero, de pintor de viviendas moviendo todos los muebles y añadidos. No puede hacer de "manitas" en decenas de pequeños trabajos del hogar o de la fábrica. ¿Quién y a qué precio deseará hacer esos trabajos?
La octava innovación de la IA del futuro más presente será la ciudad misma. La OCDE documenta un crecimiento exponencial de iniciativas urbanas de IA durante la última década, con predominio de aplicaciones en gobernanza y servicios urbanos. Lo que hoy aún vemos como proyectos aislados puede volverse normal.
Ahora bien, la pregunta más interesante no es sólo “en qué sectores entrará”, sino qué hábitos cambiará. A mi juicio, cambiará cinco costumbres de fondo. Primero, pasaremos de buscar información a delegar tareas a nuestro "Agente" personal en IA. Segundo, dejaremos de ver la IA como herramienta ocasional y la trataremos como capa permanente de asistencia para decenas de consultas a la semana.
Sigamos. Cuarto, aumentará la personalización extrema. Misma institución, pero trato distinto según tu perfil y contexto pues sabrá quién eres, qué quieres, de qué manera quieres que te traten desde la IA, lo que facilitará que quedes más contento. Quinto, se volverá normal que muchas decisiones estén preparadas por máquinas y sólo validadas por humanos, que serán finalmente los responsables. Todo eso está implícito en el paso desde modelos conversacionales a agentes y sistemas insertos en procesos.
Sobre los “campos hoy impensables de que la IA entre”, yo matizaría una cosa. No creo que la sorpresa venga de que la IA entre en situación hoy impensables o en un terreno exótico y muy complejo de análisis. Creo más bien, que entrará más a fondo en cosas que hoy todavía creemos demasiado humanas o dispersas como acompañar a mayores, filtrar recursos judiciales, diseñar experimentos, ajustar redes eléctricas, guiar el aprendizaje diario, vigilar la fragilidad de una persona o servir de primera ventanilla del Estado.
No son campos impensables por futuristas, sino por cotidianos ciudadanos que ya vemos que son inasumibles en el futuro por la cantidad de atención que necesitan. Y precisamente por eso cambiarán hábitos de verdad.
No veremos una sustitución limpia y total del ser humano hacia modelos basados solo en IA. Veremos más bien un régimen híbrido. Los propios estudios que estamos viendo insisten en que la escala real de los tratos con personas todavía cuesta mucho ser admitidos, que la validación humana sigue siendo crítica, y que los problemas de seguridad, inexactitud, ciberseguridad, sesgo y gobernanza son ya la gran barrera para extender la IA autónoma.
La próxima década será, por tanto, menos una explosión sin control que una pelea continua entre capacidad técnica y necesidad de control institucional para que algunos humanos no abuses de los otros humanos.
Si tuviera que resumírtelo en una sola frase, diría ésta: La IA de la próxima década trabajará menos hacia “parecer humana”, y más hacia “organizar silenciosamente el mundo”. Y eso es más serio y peligroso que cualquier robot espectacular, si se hace sin un control efectivo de los peligros que puede representar que algunos humanos muy preparados, puedan gobernar y manipular a otros humanos mucho menos preparados para defenderse.













