31.7.26

Los áticos y su podredumbre


Preocupada está media España rica, con la decisión de el Gobierno de Madrid de ponerse a vender todos los áticos que pilla. 

Ahora en Madrid y de Golpe (con mayúsculas), ya no están de moda los áticos, hay que deshacerse de ellos que son un error comprarlos por seis millones de los de verdad.

Se venden los áticos del Gobierno y los de los particulares que son amiguicos del Gobierno. 

Huelen los áticos en Madrid a podrido, y dicen que la culpa es de los de izquierdas, pues nosotros nunca podremos tener un ático. Puta envidia, seguro.

Yo tengo un ático, y como no lo quiero vender he decidido dejar de ser de izquierdas… un poquito. Para disimular.

La cagada de los áticos en Madrid ha sido de premio y hay que buscar rápido al asesor que dijo a todo que SI, para darle un premio. 

Hay que dejar claro ante la historia que estas decisiones nunca las toman los políticos sino sus asesores. Cuando son una mierda de decisiones, las culpas son de "otros", y punto político al tema.

28.7.26

Qué tipo de Europa tendremos en 2050


Europa no será en 2050 el centro indiscutible del mundo
, como lo fue durante varios siglos. Eso ya se ha perdido, al no tener el poder económico, industrial o militar. Europa está condenada a ser un actor importante, pero no el actor principal de la Obra Mundial del futuro. 

Tampoco está condenada a convertirse en un inmenso museo habitado por jubilados, turistas y conservadores del patrimonio. Lo más probable es una situación intermedia. 

Europa perderá peso relativo, pero todavía podrá conservar una influencia extraordinaria si transforma su patrimonio social, científico y cultural en capacidad de actuación. La cuestión decisiva en esa reflexión no será cuánto pasado es capaz de conservar Europa, sino si es capaz de producir nuevos futuros.

La población de la Unión Europea probablemente alcanzará un máximo antes de 2030 y después disminuirá en habitantes. Eurostat proyecta unos 440,5 millones de habitantes en 2051, frente a aproximadamente 450 millones en la actualidad. En torno al 70 % de las regiones europeas podría perder población antes de 2050, mientras aumentará notablemente la edad media de los europeos. 

Este dato, de confirmarse hacia el objetivo del año 2050, es un lastre. Excepto si somos capaces de entenderlo desde ahora mismo. Tener menos actividad por disponer de menos gente productiva no será un lastre en sí mismo…, si va acompañado de cambios estructurales muy importantes.

Esa realidad implica menos trabajadores por pensionista, mayores gastos sanitarios y asistenciales, dificultades para mantener determinados servicios públicos y una creciente competencia mundial por atraer inmigrantes cualificados. 

El envejecimiento no significa necesariamente decadencia, pero obliga a aumentar la productividad de los ciudadanos activos, automatizar buena parte de la economía, integrar inmigración y prolongar de manera razonable la vida laboral en algunos tipos de trabajos. La Comisión Europea en 2026, ya trata el envejecimiento como una de las grandes cuestiones económicas y presupuestarias de las próximas décadas.

Europa tampoco podrá competir mediante bajos salarios, energía barata o una población gigantesca. Tendrá que competir mediante conocimiento, precisión industrial, investigación, fiabilidad institucional, salud, diseño, educación y calidad urbana. 

No son cuestiones menores, pero hay que conservarlas, hay que potenciarlas, hay que llenarlas de competitividad desde nuestra propia personalidad social diferente al resto del mundo.

¿Existe el peligro de convertirnos en una “reserva histórica”?
Pues sí, ese peligro existe. 

Determinadas zonas de Europa ya están evolucionando hacia una economía basada casi exclusivamente en turismo, cultura y patrimonio, restauración y ocio, servicios personales y de salud incluso mental, espacio inmenso como segunda residencia o zonas geográficas que sirvan como atención a personas mayores.

Ciudades históricas extraordinarias pueden terminar funcionando como escenarios casi teatrales y sin habitantes permanentes. Centros urbanos impecables, pero vaciados de comercio cotidiano, infancia, pequeñas industrias y vida vecinal. El patrimonio se conservaría físicamente, pero perdería continuidad social. 

Podemos pensar que si no somos capaces de rediseñar nuestro futuro, decenas o centenares de ciudades se van a convertir en Parques Temáticos. Y posiblemente ya no serán habitados por europeos al uso, como lo entendemos hoy.

Si no nos damos cuenta de estos problemas, la decadencia europea no tendría probablemente la forma de una ruina repentina como si cerraran industrias enormes en una sola ciudad. Sería más silenciosa y lenta la transformación. 

No dejaremos de ser un continente agradable, culto y seguro, pero tecnológicamente dependiente, militarmente protegido por otros y económicamente incapaz de decidir nuestras prioridades incluso de supervivencia propia.

Hay motivos para tomarse ese riesgo en serio. La productividad laboral europea se situaba en 2023 alrededor del 77,8 % del nivel estadounidense, y solo cuatro de las cincuenta mayores empresas tecnológicas mundiales tenían su sede en la Unión Europea. La propia Comisión reconoce problemas para convertir investigación y ahorro en empresas capaces de crecer mundialmente. 

A su vez estos datos se ven seriamente zarandeados por los que vienen de China y por los que venderán desde su zona de influencia industrial en Asia.

Europa conserva magníficos científicos, ingenieros, universidades y centros de investigación. El problema no es únicamente inventar, sino financiar, industrializar y ampliar lo inventado sin que las empresas terminen trasladándose a Estados Unidos o siendo adquiridas desde fuera. 

No sirve de nada tener los mejores campos de tomates, si no les ponemos encima ese valor añadido necesario de la comercialización, de la transformación. He nombrado tomates, pero podría hablar de investigación farmacéutica o turismo en manos de empresas que no sean europeas.

Europa posee una acumulación difícilmente reproducible de ciudades, instituciones, universidades, archivos, paisajes culturales, conocimientos artesanales y modelos urbanísticos. Eso no es solo material turístico. 

El patrimonio puede convertirse en una infraestructura contemporánea por sus edificios históricos rehabilitados con eficiencia energética, los ejemplos de las ciudades compactas que reduzcan desplazamientos, la recuperación de sistemas tradicionales de adaptación climática, la reutilización de materiales, la enseñanza histórica aplicada a los conflictos actuales, las industrias culturales y creativas, las tecnologías digitales para conservación y divulgación de toda la historia de la humanidad. 

La memoria es útil cuando ayuda a decidir. Se vuelve estéril cuando únicamente sirve para conmemorar.

Europa tendrá que evitar dos extremos. Destruir su pasado en nombre de una modernización banal o protegerlo de tal manera que impida vivir dentro de él. No ponerlo en valor y no cuidarlo como se merece con arreglo a los tiempos nuevos, es ayudar a destruirlo. Convertirlo en algo elitista es también impedir que se puedan sacar réditos que se repartan entre territorios, entre sociedades.

La entendida como “suavidad sociológica” en Europa, puede ser pasividad, miedo al conflicto, lentitud administrativa y dificultad para asumir decisiones desagradables. En ese caso constituiría una debilidad para el futuro de Europa. Pero también esa misma “suavidad sociológica” puede significar convivencia relativamente pacífica, protección frente a la enfermedad y la pobreza, calles habitables, transportes públicos, cultura accesible, seguridad jurídica, tiempo personal y capacidad de envejecer con dignidad. Eso no es blandura: es una forma avanzada de organización social.

La esperanza de vida media de la Unión Europea ronda actualmente los 81,5 años, y los indicadores europeos siguen mostrando niveles relativamente altos de satisfacción vital, aunque con importantes diferencias entre países y grupos sociales. 

En un mundo posiblemente más congestionado, desigual, cálido, automatizado y psicológicamente agresivo, la capacidad de ofrecer una vida ordenada y razonablemente segura puede ser una ventaja económica. Personas, investigadores y empresas también eligen lugares donde se vive bien. 

La Calidad de Vida es un gran activo, y lo seguirá siendo. El error sería creer que esa calidad de vida puede conservarse sin productividad, seguridad, energía, tecnología e industria. El Estado social no se mantiene únicamente mediante buenos principios pues necesita una economía que lo financie.

La función más valiosa que podría desempeñar Europa hacia el año 2050 sería demostrar que el desarrollo tecnológico no exige necesariamente destruir la vida urbana, la privacidad, el paisaje o la cohesión social. Podría especializarse en una modernidad menos espectacular que la estadounidense o la china, pero posiblemente más habitable, con mejor calidad de vida normal, habitual, para todos, y mejor repartida entre los ciudadanos de a pie.

Hay que trabajar más pero sobre todo mejor en inteligencia artificial compatible con derechos civiles, una medicina preventiva con tecnologías buscando un envejecimiento más válido y con mejor calidad de vida incluso desde la soledad, con transporte colectivo de gran calidad y facilidad de uso, una nueva arquitectura climáticamente adaptada, unos barrios densos pero mucho más humanos y diseñados para las personas en todos los conceptos, energía baja en carbono con una mayor economía circular, una agricultura tecnificada con mayor protección del territorio una automatización compatible con protección social y unas instituciones capaces de limitar abusos tecnológicos.

La Comisión Europea está intentando formular precisamente un modelo de innovación basado en valores, aunque todavía existe una distancia considerable entre la ambición declarada y la capacidad industrial efectiva. Incluso admitiendo que muchos gobiernos no quieren escuchar ese trabajo en mantenimiento de los valores democráticos. 

La regulación europea puede seguir influyendo mundialmente, pero regular no bastará para ser respetados. Una Europa que establece normas para tecnologías producidas enteramente por otros, acabaría siendo un árbitro respetado, pero progresivamente irrelevante. Las industrias "de otros" quieren mantener sus beneficios rápidos, sin querer a veces, pensar en el futuro.

La calidad de vida europea tampoco está garantizada por la geografía. La Agencia Europea de Medio Ambiente identifica 36 grandes riesgos climáticos relacionados con salud, agua, agricultura, energía, infraestructuras, ecosistemas y estabilidad financiera; varios ya han alcanzado niveles críticos. Podríamos hablar de los incendios del verano de 2026 en España o en Francia, pero incluso esa barbaridad no produce consensos en los gobiernos afectados.

Hacia 2050 habrá probablemente diferencias crecientes entre el norte europeo
, con temperaturas más benignas pero mayores riesgos de inundación, el centro continental, sometido a episodios alternos de calor, sequía y lluvias extremas, y el Mediterráneo, donde el calor, la escasez de agua, los incendios y la pérdida de productividad agrícola serán mucho más graves. España, Italia, Grecia y parte del sur de Francia no se convertirán necesariamente en territorios inhabitables, pero deberán transformar horarios, viviendas, vegetación urbana, gestión del agua, agricultura y turismo. 

La conservación histórica también tendrá que adaptarse en los edificios civiles, archivos, iglesias y cascos antiguos sufrirán condiciones climáticas para las que no fueron concebidos.

Europa puede ser pionera en adaptación climática urbana. Pero tendrá que abandonar cierta idea decorativa de la sostenibilidad y realizar obras reales con más sombra, arbolado bien diseñado, agua reutilizada, refugios climáticos en los barrios de las grandes ciudades, aislamiento eficaz en los edificios públicos, redes eléctricas más seguras, prevención de incendios más adaptados al cambio climático y reordenación territorial asumiendo que este es uno de los temas más complejos.

La diferencia entre una Europa influyente y una Europa que sea un museo de sí misma será fundamentalmente un trabajo más potente en la política, para hacerse respetar de otra manera. En Europa necesitamos líderes a la altura de los nuevos tiempos, líderes políticos y económicos, y en lo que va de siglo XXI no estamos a la altura de lo necesario.

En el año 2050, ningún Estado europeo aislado —ni Alemania, Francia, Italia o España— tendrá escala suficiente para competir por sí solo con Estados Unidos, China, India u otras grandes potencias, incluidas algunas de las BRICS. 

La fragmentación europea en mercados financieros, telecomunicaciones, defensa, energía, investigación o fiscalidad reduce su capacidad para transformar recursos abundantes en poder efectivo. Los diagnósticos europeos actuales insisten precisamente en la falta de coordinación e inversión común de futuros.

Europa tendrá que decidir si quiere seguir siendo principalmente una zona comercial es decir un Mercado Común, y si preferirá ser una confederación de Estados que cooperan entre ellos en un mundo cada vez más complejo, o incluso una verdadera potencia política capaz de actuar conjuntamente.

No parece probable que para el año 2050 ya exista un Estado Federal europeo comparable o similar a Estados Unidos. Pero sí puede haber una integración mucho mayor en defensa, energía, tecnología, fronteras, inversión y política exterior. 

La propia Unión ya reconoce que necesita asumir más responsabilidad en su defensa y ser capaz de actuar con mayor autonomía. No debería trabajar tanto en sumar Estados menores, como en recuperar a Reino Unido o incluso a llegar a serios acuerdos multilaterales con potencias hoy alejadas de los EEUU como podrían ser Canadá, Brasil u otros países del área americana.

Sin esa capacidad, Europa conservará magníficos museos, universidades y sistemas sanitarios, pero sus decisiones estratégicas se tomarán en Washington, Pekín o en las sedes de grandes corporaciones tecnológicas. 

Los lobbies mundiales — más que los dirigentes mundiales— cada vez presionan más y con mejores modelos de influencia mediática, contra los que aparentan ser mediocres en defender sus posibilidades. Y de cara al futuro y a esa defensa de la personalidad de Europa con respecto al resto del mundo, se nos ofrecen tres escenarios posibles de cara a ese 2050.

La Europa museo o almacén de historia y cultura

Sería una Europa bella, envejecida y relativamente confortable. Viviría del patrimonio, del turismo, de la atención sanitaria barata y de calidad y de algunos sectores industriales tradicionales. Importaría tecnología, energía y seguridad. Tendría gran prestigio cultural, pero poca capacidad para alterar acontecimientos mundiales. Sus modelos de defensa serían de baja efectividad, y su envejecimiento obligaría a tener que admitir sin excesivos controles, unas migraciones alevadas.

La Europa fortaleza, cada vez más rígida

Respondería al miedo de los cambios y de sus debilidades mediante fronteras rígidas, nacionalismos creciendo, militarización propia e incluso solo para o contra los suyos y reducción de derechos. Podría conservar cierta cohesión interna durante un tiempo, pero perdería dinamismo, población y atractivo para el talento exterior.

La Europa como potencia civil y ejemplo

Conservaría el Estado social, pero lo reformaría. Intentaría integrar a la inmigración, invertiría masivamente en ciencia, energía, industria y defensa activa y pasiva, protegería sus ciudades y su calidad de vida sin convertirlas en dinosaurios viejos y convertiría su experiencia histórica en una manera distinta de organizar esa nueva modernidad que ya ha llegado. No sería una superpotencia clásica. No dominaría el mundo, pero podría influir de manera considerable en cómo se diseñan las ciudades o se controlan los gobiernos, se regula la tecnología, se protege la dignidad humana y se adapta la sociedad al envejecimiento y al clima.

Julio Puente

25.7.26

Tendremos democracias en el año 2050?


A veces me da la sensación de que el Sistema Democrático (incluso en los países occidentales) está levemente agotado, y me entran dudas sobre el modelo que será necesario para ese año 2050 teórico, si las Democracias no logran adaptarse a estos nuevos tiempos. ¿Qué futuro se espera a la Democracia en las próximas décadas? ¿Qué cambios o adaptaciones se necesitarían para afianzarla como modelo social y político? ¿Habrá en el año 2050 más Democracia, o tendremos menos? ¿Se ampliarán los países que puedan gozar de ese sistema político?

No sé si las democracias más formales estarán a su vez más fatigadas. Tampoco si las democracias europeas seguirán existiendo, o si serán con menos participación real para poder sobrevivir, al aumentar mucho la desafección, lo que hará que haya un voto más reactivo.

A su vez da la sensación en este 2026, que asistiremos a un crecimiento de los populismos, de los autoritarismos suaves que, sin dejar de ser llamados democracias, se parezcan cada vez más a una dictadura del poder, y por ello no sé tampoco si tendremos una nostalgia identitaria o simplemente nos adaptaremos al sistema nuevo, menos participativo y seguro. No caerán los sistemas, pero se erosionará la confianza.

La democracia no parece agotada como ideal político y social, pero sí está mostrando fatiga en su funcionamiento cotidiano y somos muchos los que la detectamos. Aumentan los ciudadanos que siguen prefiriendo vivir con elecciones libres, derechos y límites al poder, pero desconfían de los partidos, perciben que las instituciones reaccionan con lentitud y dudan de que el sistema pueda resolver problemas como la vivienda, la desigualdad, la inmigración, la inseguridad, el cambio climático o la transformación tecnológica.

En los países de la OCDE, el 44 % de los encuestados declara poca o ninguna confianza en su Gobierno nacional, frente al 39 % que manifiesta una confianza alta o moderada. La confianza en los partidos políticos es todavía menor: aproximadamente un 24 %. Esto no demuestra que la población quiera una dictadura, pero sí revela una pérdida importante de legitimidad y eficacia percibida sobre lo que ya tienen.

La situación actual no es tranquilizadora. Los indicadores internacionales coinciden en que estamos atravesando una etapa de retroceso y que la situación de la Democracia no es tranquilizadora si no somos capaces de hacer algo. Sean cambios, afianzamiento, modificaciones, mejoras o replanteamiento del modelo, del Sistema.

Freedom House considera que la libertad mundial disminuyó en 2025 por vigésimo año consecutivo: 54 países empeoraron y 35 mejoraron. Solamente el 21 % de la población mundial vive actualmente en países calificados como libres, frente al 46 % de hace veinte años.

V-Dem estima que casi una cuarta parte de los países en el mundo está atravesando procesos de autocratización. La libertad de expresión, el Estado de derecho y los controles sobre el poder ejecutivo son los ámbitos más atacados. No obstante, identifica también 18 países en proceso de democratización, de mejora.

International IDEA concluye que, entre 2019 y 2024, el 54 % de los países analizados retrocedió en al menos un aspecto democrático, mientras que el 32 % progresó. La representación política alcanzó su peor nivel global desde 2001 y la libertad de prensa empeoró en 43 países. Por tanto, el problema no es imaginario. La democracia liberal atraviesa una fase defensiva, incluso dentro de Occidente. Y los datos de lo que llevamos de siglo XXI no son fáciles de asimilar.

No creo que esté muriendo la democracia, no parece la descripción más exacta. Lo que está agotándose es una determinada forma de democracia desarrollada durante el siglo XX: partidos muy jerarquizados, participación ciudadana limitada casi exclusivamente a votar cada cuatro años, instituciones lentas, información controlada por unos pocos medios controlados por diversos modelos de presión y decisiones políticas tomadas lejos de los ciudadanos.

Ese modelo funcionaba en sociedades más estables, con menor velocidad informativa y con Estados nacionales que controlaban buena parte de la economía y de la comunicación. Hoy esa Democracia debe gobernar sociedades digitales, envejecidas, culturalmente fragmentadas y sometidas a crisis que atraviesan las fronteras.

La Democracia conserva, sin embargo, una resistencia considerable. De los 87 países considerados libres en 2005, 76 continuaban siéndolo veinte años después. Más del 85 % de las democracias consolidadas resistió, pese a dos décadas de retroceso mundial. Sabemos que no es perfecta, pero es lo mejor que de momento sabemos darnos.

¿Hasta cuándo aguantaremos viendo un retroceso, pero sin ser capaces de encontrar modificaciones válidas? La democracia, por tanto, no es invulnerable, pero tampoco es un sistema destinado inevitablemente a desaparecer.

No existe una proyección científica fiable capaz de decir cuántas democracias habrá exactamente en 2050. Cualquier cifra concreta sería especulativa. Sí pueden plantearse tendencias razonables. Ni tampoco el tamaño real de esa democracia extendida y que se vende como el mejor Modelo. Hay tendencia como ya he señalado hacia democracias de forma pero no de fondo.

Aproximadamente hasta 2035 yo considero más probable que continúe el deterioro de la democracia de calidad, más que una gran expansión democrática. Veremos más gobiernos elegidos en las urnas que después debilitarán tribunales, parlamentos, medios de comunicación y organismos electorales.

La forma habitual del autoritarismo futuro no será necesariamente una dictadura militar clásica, sino una democracia vaciada desde dentro, con elecciones, pero sin verdadera igualdad de oportunidades para la oposición. Con unas libertades controladas y con un desmantelamiento de ciertos logros anteriores. Se puede aparentar ser democrático, pero desmontar los avances realmente democráticos, con decisiones poco democráticas.

Hacia 2050 la democracia seguirá siendo el principal modelo de legitimidad política, pero convivirá con un número creciente de regímenes híbridos: sistemas que celebrarán elecciones, aunque concentrarán el poder, manipularán la información y limitarán progresivamente los derechos.

Es posible que el número nominal de países con elecciones aumente, pero eso no significará necesariamente que haya más democracia real. La cuestión decisiva será cuántos conservan prensa libre de verdad, justicia independiente del poder político, alternancia efectiva y sin ponerse a llorar sangre y límites al Ejecutivo autocrático.

Sí es fácil adivinar democracias más tensas, polarizadas y sometidas a frecuentes crisis institucionales. Algunas perderán calidad; otras reaccionarán y se reformarán. La capacidad de rectificación constituye precisamente una de las ventajas del sistema democrático. Pero para eso la alternancia debe ser efectiva y real, elegida por los ciudadanos.

Es fácil limitar realmente el poder de las democracias. Las elecciones no bastan. Hacen falta tribunales independientes, organismos electorales profesionales, parlamentos capaces de fiscalizar al Gobierno, administraciones no partidistas y autoridades anticorrupción protegidas frente a las represalias. Libertad de opinión, y formación social para que los ciudadanos no se dejen manipular con facilidad.

Los estudios recientes muestran que las democracias que mejor resisten antes los dictadores disfrazados o no, son aquellas que conservan controles legislativos y judiciales efectivos y organismos electorales autónomos y fiables.

Una democracia que no proporciona vivienda accesible, seguridad jurídica, servicios públicos razonables y oportunidades para los jóvenes, pierde legitimidad, aunque celebre elecciones impecables. Realmente está condenada a su puesta en entredicho por incapacidad.

El ciudadano no mide el sistema solamente por sus principios. También lo mide por sus resultados. Si los gobiernos democráticos parecen permanentemente bloqueados mientras los autoritarios proyectan rapidez y decisión, una parte de la población termina aceptando restricciones a cambio de una supuesta eficacia.

Tampoco se trata de convertir la democracia en una tecnocracia, sino de lograr instituciones que decidan con mayor rapidez sin eliminar los controles. Hay que ser eficaces, entender los problemas de la sociedad y saber tomar decisiones que sirvan y sean posibles. Y nunca engañar.

La democracia que se mueva en eficacia hacia el año 2050 deberá combinar la representación parlamentaria con otros mecanismos de participación. Se necesitan más asambleas ciudadanas seleccionadas por modelos que aseguren la participación de muchas personas que nunca participan. A veces se habla de presupuestos participativos y siendo una buena idea, las veces que se ha intentado (por ejemplo en el Ayuntamiento de Zaragoza con ZEC) resultó ser un modelo muy fácilmente manipulable. No nos tiene que dar miedo crear modelos de consultas locales para iniciativas legislativas ciudadanas o para decisiones de las administraciones. Y sobre todo hay que construir modelos de evaluación ciudadana de determinadas políticas, que no sea nunca manipulables y que sirvan para detectar problemas y para informar luego a la sociedad de esos datos. Las encuestas, los estudios, si no son entregados a los ciudadanos, y ellos confían en que son limpios y sin cocinar, no sirve de nada.

Estos modelos de consultas ciudadana no deberían sustituir nunca al Parlamento ni a los Ayuntamientos, ni convertir cada decisión en un referéndum a tener en cuenta. Deben servir para incorporar conocimiento social, reducir la distancia con las instituciones y tratar asuntos a largo plazo que los partidos políticos suelen evitar. Nunca debe dar miedo preguntar, si se sabe preguntar y se saben utilizar y repartir las respuestas. Aunque siempre se corra el riesgo de que esas respuestas no gusten.

Los partidos políticos son indispensables para la democracia, pero en muchos países funcionan como organizaciones muy cerradas, profesionalizadas en sus zonas de la organización que toma las decisiones y dependientes casi en su totalidad de sus propias cúpulas, aunque estas hayan sido elegidas democráticamente. Necesitan mayor transparencia financiera, democracia y comunicación interna, selección más abierta de candidatos e incluso de lo que podríamos llamar "mandos intermedios" y controles estrictos sobre los conflictos de intereses internos.

También habrá que impedir que la política se convierta exclusivamente en una profesión para personas que nunca han trabajado fuera de ella. La desconexión entre representantes y representados alimenta el populismo. No tiene sentido que los que representen a los ciudadanos desde los partidos políticos, casi nunca hayan estado expuestos a los problemas laborales de la propia sociedad.

La democracia presupone que el ciudadano pueda distinguir razonablemente entre hechos, propaganda y falsificaciones. La inteligencia artificial permitirá fabricar imágenes, vídeos, voces y campañas políticas personalizadas a una escala desconocida. Y eso hay que tenerlo muy en cuanta de cara al futuro. Todos, pues la manipulación desde la IA no va a conocer ideologías.

La solución no puede consistir en crear ministerios que determinen qué es verdad y qué es Bulo. Eso sería peligroso por sentido común. Se necesitarán sistemas de identificación del contenido artificial, transparencia de los algoritmos, registros públicos de publicidad política, responsabilidad de las plataformas, protección del periodismo independiente y educación crítica desde la escuela. Y sobre todo, capacidad de la sociedad en saber y poder elegir de qué modelos de comunicación se fían, qué quieren leer o ver, y qué saben de antemano que no son de fiar.

La libertad de expresión y la libertad de prensa son precisamente los derechos que más han retrocedido durante la actual ola de autocratización. En España, pero en otros países también.

La inteligencia artificial puede mejorar la administración, detectar corrupción y facilitar la participación. También puede convertirse en la mayor herramienta de vigilancia y manipulación política conocida. Eso depende de qué forma la queremos utilizar. No existe una única IA, por eso hay que enfrentar modelos que quieran jugar a engañarnos, contra modelos que seamos capaces de crear para detectar manipulaciones.

Las decisiones públicas tomadas mediante algoritmos deberán ser explicables, auditables y recurribles ante una persona y un tribunal. NUNCA una máquina debe tomar decisiones. Las responsabilidades de cada decisión SIEMPRE deben caer en personas claramente identificables. Los Estados no deberían poder utilizar reconocimiento facial, perfiles ideológicos o puntuaciones automatizadas de ciudadanos, sin límites legales extraordinariamente estrictos.

La gran división política de 2050 podría no ser únicamente entre izquierda y derecha, sino entre sociedades donde la tecnología está sometida al derecho y sociedades donde se pueda utilizar la tecnología con muy pocos controles para vigilar a la población. O para empaquetarla y poder sacar sus beneficios de esas divisiones estructuradas por máquinas.

No es necesario para defender la democracia, que todos los ciudadanos posean la misma riqueza, pero una democracia pierde su sentido cuando una minoría puede comprar influencia, controlar medios, financiar campañas o acceder directamente a los gobernantes. La desigualdad de cualquier tipo es peligrosa, pero no hay que caminar desaforadamente hacia la igualdad total. Es un absurdo. Pero hay problemas de desigualdad, que son inasumibles en una sociedad democrática y válida de cara a su futuro. La desigualdad económica extrema acaba produciendo desigualdad política.

Será necesario reforzar la transparencia sobre financiación electoral, grupos de presión, adjudicaciones públicas, propiedades empresariales y patrimonios ocultos, lobbies ocultos o no, puertas giratorias, participación mayor en sindicatos, partidos y asociaciones.

Durante décadas se ha supuesto que la democracia se transmite automáticamente, que no es posible verla morir, que no está herida sino si acaso, algo cansada. No es así. Cada generación debe aprender por qué existen la separación de poderes, la presunción de inocencia, la libertad de expresión y los derechos de las minorías. Y que a veces, los modelos aunque sean buenos o precisamente por ser buenos, desaparecen y son reemplazados por otros peores.

La educación democrática no debe consistir en adoctrinar sobre qué partido votar, sino en enseñar a discutir con pruebas, aceptar una derrota electoral, reconocer la legitimidad del adversario y comprender que una mayoría no puede hacer cualquier cosa. Las personas que ejercen su derecho a votar, a elegir, deben saber sobre qué opciones tienen que elegir. No deberían dejarse llevar por lo que escuchan, sean del tipo que sean sus informaciones, sino por sus propias decisiones, libres y formadas. Su responsabilidad como votantes es mucho más alta qua la de simplemente poner un papel en una urna.

Es verdad que las democratizaciones nuevas o el crecimiento de estas, suelen producirse por oleadas, generalmente después de crisis económicas, derrotas militares, cambios generacionales o divisiones internas en los regímenes autoritarios. Países hoy cerrados pueden transformarse antes de 2050 en sociedad democráticas, del mismo modo que pocos habrían previsto en 1970 la democratización posterior de España, Portugal, Europa oriental o buena parte de América Latina.

Sin embargo, los autoritarismos actuales disponen de herramientas más poderosas que los del siglo XX. Sabe trabajara muy bien con la vigilancia digital, control algorítmico, manipulación masiva de las redes, cooperación entre regímenes y tecnologías capaces de identificar rápidamente a los disidentes. Al mismo tiempo, las aspiraciones democráticas continúan apareciendo incluso en sociedades muy reprimidas. Los autócratas saben perfectamente hasta qué punto es permisibles para sus intereses permitir ciertas disidencias.

África y Asia ofrecen el mayor margen numérico para una futura expansión democrática, pero también concentran importantes riesgos de golpes de Estado, conflictos, instituciones frágiles y presión autoritaria. América Latina probablemente seguirá alternando avances y retrocesos. Europa occidental conservará mayoritariamente el sistema democrático, aunque no necesariamente con la misma calidad en todos los países.

En 2050 no habrá necesariamente «más democracia» ni «menos democracia» en un sentido simple. Lo más probable es un mundo dividido pero con democracias renovadas, más participativas y tecnológicamente controladas, algunas democracias debilitadas que conservarán las elecciones, pero perderán contrapesos, un autoritarismo tecnológicamente sofisticado y a su vez para ser algo positivos, nuevos países que conseguirán abrirse y democratizarse.

No basta con defender la democracia mediante discursos morales. Tendrá que demostrar esa democracia que quiere ser válida y mantenerse, que puede gobernar, proteger derechos, controlar la tecnología, limitar a los poderosos y ofrecer una vida razonablemente digna.

El modelo democrático de 2050 probablemente seguirá teniendo parlamentos, partidos y elecciones. Pero deberá ser más participativo, más transparente, más rápido para actuar y mucho más firme a la hora de impedir la concentración del poder en manos con mucha tendencia fácil a manipular y mentir. De no hacerlo, no será sustituido de golpe por dictaduras reconocibles; se irá convirtiendo lentamente en una democracia de apariencia, pero sin contenido.

Julio Puente

24.7.26

Los esclavos ahora, están muy bien instruidos


En el siglo XXI no entendemos bien qué es el esclavismo, qué son los esclavos y pensamos que es una cosa del siglo XVIII o a lo sumo del XIX. Pues siento deciros que no es así.

Es cierto que hemos aprendiendo a disimular, y ahora a los esclavos ya no los tenemos con grilletes, no los ponemos a la venta en mercados y con taparrabos, e intentamos alimentarlos bien, para que nos duren años, muchos años. 

En los últimos tiempos incluso hemos alargado la edad de conseguir la libertad hasta los 70 años, pero ha sido una mala decisión, pues enseguida los cogen los propios hijos para la misma labor.

No podemos hacer mucho, eso es cierto. Asumirlo es una buena manera de podernos defender como esclavos con derechos. Pero ahora a los esclavos modernos los llamamos Clase Media, y queda muy bien todo, y ellos se lo creen.

Decía un humorista en los años 70 del siglo XX, que la mejor manera de criar animales de granja que se engorden bien, es dándoles algo de libertad no vigilada. Y en eso estamos.

21.7.26

El conocimiento, en poder de la IA


La IA se está apoderando de todo el conocimiento humano hasta la fecha. Literalmente es así y no lo está haciendo una sola empresa de alimentación para la IA, sino varias. Comen de todos los blogs que se actualizan al menos una vez por semana, de todas las páginas web, sobre todo si son periódicos digitales o de los mismos medios de comunicación —pero en este caso con más cuidado— y de todo lo que ya existía en el mundo hasta el nacimiento de la IA.

No solo se alimentan de la actualidad, les interesa sobre todo los datos históricos, la información que habla del pasado. Por ejemplo, como este blog. hay que admitirlo. De libros antiguos, aunque sean manuscritos. Y sí, yo también me dejo manipular por la IA. 

Pero además y para no quedarse congelados en la sabiduría del siglo XXI…, quieren tener la información de todos los siglos anteriores. Y para ello, nada como recoger de las hemerotecas, o de comprar de forma masiva libros publicados de todo tipo, viejos a ser posible.

Los libros los desencuadernan guillotinando el lomo hasta convertir el libro es un montón de hojas que en un escanear de alimentación automática, meten para en un minuto tragarse y escanear cientos de páginas, que son archivadas y analizadas para sacar su información. 

Ordenan el pasado, lo tasan, lo pulen y nos lo empaquetan.

Uno desde fuera…, puede pensar que es positivo, que es un ejercicio de gran interés. Crear un super archivo con todo el conocimiento que hay en la actualidad. Y abrirlo (todo) al acceso de toda la humanidad convertido además a múltiples idiomas. Fabuloso. Alejandría en estado moderno y con acceso fácil desde tu sofá de casa.

En pocos años ya nadie deseará tener libros en sus casas. No tendrá sentido guardar revistas o periódicos, pues todo se podrá consultar libremente en las redes y de forma archivada con búsquedas inteligentes. Fabuloso.

¿Fabuloso?

La información es poder. Y quien tiene la información, la cultura, el conocimiento de siempre, tiene el poder de manipularlo, modificarlo, o simplemente obviarlo. 

Según quien nos regala la información existente de toda la historia de la humanidad, empaquetada en el año 2050, nos dará gratis la que ella quiera. 

Por ejemplo, nos dirá —como ya existe en la hemeroteca de 1936— que la ciudad de Guernica fue arrasada por los Rojos Separatistas, y que fueron los llamados Nacionales los que la reconstruyeron con gran sufrimiento y generosamente.

Pero existe otro temor mayor. Y es que ese conocimiento, manipulado o no, en manos de muy pocos países, sea no ya censurado, sino suministrado a cuentagotas a otros países NO amigos. 

O que haya dos versiones (como ya existen). Una gratuita en donde todo cabe incluida la manipulación burda; y otra de pago muy caro, para ciertas instituciones o empresas amigas.

Nadie quiere el Poder, si no es para cambiarlo por dinero. O por más poder.

Julio Puente

20.7.26

Los caminos de Europa ante el horizonte del 2050


De cara al año 2050, y sobre la Europa Unida nos caben múltiples dudas y preguntas: ¿Qué papel tendrá Europa? ¿Hacia dónde camina la actual Europa que duda? ¿Podrá ser Europa un espacio político y social influyente en ese 2050, e incluso independiente de las tensiones entre Asia y América?

Europa no será probablemente la potencia dominante del mundo en este siglo XXI, pero por nuestra posición estratégica tampoco estamos condenada a la irrelevancia. Europa puede convertirse en un tercer polo económico, político y social con capacidad para decidir por sí mismo. Sin embargo, eso no ocurrirá de manera automática. 

Dependerá de que la Unión Europea deje de comportarse como una suma de Estados que cooperan ocasionalmente y empiece a actuar como una verdadera potencia política. Es decir: Depende de que Europa crea en Europa.

Y pasa sobre todo porque los propios europeos sepamos, asumamos, la importancia que tendrá de cara al futuro esta decisión, que curiosamente es también personal. Europa será lo que queramos los europeos ser, con independencia de las manipulaciones muy interesadas que nos hagan desde fuera, para que dejemos de ser libres y unidos. El modelo europeo no gusta a todos los demás países y sociedades capitalistas, aunque Europa sea también capitalista.

A veces escuchamos la idea de una Europa está próxima a desaparecer del escenario mundial, y eso, incluso con la connivencia de los torpes europeos, es totalmente exagerada. 

La Unión Europea genera actualmente alrededor del 17 % del PIB mundial, es el mayor bloque comercial y el principal socio comercial de unos 80 países y dispone de un mercado de aproximadamente 450 millones de consumidores propios, de europeos unidos alrededor de una idea de Unión Europea. Son 100 millones más de habitantes que los EEUU para hacernos una idea de nuestro actual tamaño.

Además, el euro sigue siendo la segunda moneda internacional, con cerca del 20 % de las reservas y usos monetarios mundiales. Su fortaleza es innegable y no tiene sentido nada que no sea crecer en importancia por diversos motivos económicos al menos, es decir, por puro egoísmo.

Lo lógico en 2026 es pensar que, si tiene más autonomía estratégica europea, si Europa avanza en defensa, energía, tecnología e integración fiscal, el euro ganará peso internacional. 

Si EE. UU. acumula más deuda, más polarización o más dudas sobre su estabilidad, parte del mundo puede buscar más diversificación monetaria, tanto en el euro como en el yuan. El euro puede consolidarse como segunda gran moneda de referencia en pagos, reservas y mercados o estar a la par de importancia entre esas tres grandes monedas (dólar, euro y yuan) si sabe defender sus espacios comerciales y productivos.

Europa seguirá teniendo ventajas difíciles de reproducir en otras zonas del planeta, con una población formada y relativamente próspera, unas infraestructuras muy desarrolladas en comparación con casi todo el mundo actual, unos sistemas científicos, sanitarios y educativos sólidos y abiertos, una importante industria farmacéutica, de investigación, aeronáutica, energética, química y de maquinaria, y una buena capacidad regulatoria sobre empresas mundiales, además de una estabilidad jurídica, y un modelo social que continúa siendo atractivo para buena parte del mundo, que desean venir a Europa a vivir.

Europa no será una superpotencia clásica comparable militarmente con Estados Unidos o China. Pero puede ser una potencia civil, comercial, monetaria, tecnológica selectiva, y diplomática con una Justicia más justa y unos Servicios Públicos envidiables.

¿Qué será más importante de cara el 2050, tener una gran capacidad de defensa y ataque militar con unos modelos en profundo cambio, o ser un territorio anhelado por muchos millones de ciudadanos del mundo, como destino?

El problema central de Europa desde el punto de vista del actual 2026 no es la falta de riqueza, sino la dificultad para convertirla en poder, en ser respetada por los EEUU y China.

Europa dispone de alrededor diez billones de euros de ahorro en manos de los hogares, pero gran parte permanece en depósitos congelados o acaba financiando empresas y mercados exteriores. Esta es una gran debilidad sobre la que hay que explorar su reversión, su cambio, pues no tiene sentido práctico de cara al futuro de Europa.

El informe Draghi calculó que la transformación tecnológica, energética y defensiva europea exigiría entre 750.000 y 800.000 millones de euros adicionales de inversión anual. El continente europeo tiene capital, lo que le falta es una estructura suficientemente integrada para movilizarlo. Es dinero de Europa, de los europeos, y que utilizan los enemigos de Europa para medrar contra Europa en aspectos como el comercial, tecnológico o militar.

La Unión es fuerte cuando negocia como bloque —comercio, competencia, protección de datos, regulación industrial— y débil cuando cada Estado mantiene su propia política energética, militar, exterior, fiscal o tecnológica. Y ese concepto tan complejo de cambiar, es la gran debilidad. Ni Alemania, Francia, Italia o España son nada suficientes, si negocian por libre, se mueven de manera poco coordinada.

¿Seguirá Europa siendo en el año 2050 un gran mercado administrado por 27 gobiernos o se convertirá en un sujeto político capaz de tomar decisiones comunes?

Durante las últimas décadas, la economía europea ha crecido más lentamente que la estadounidense. La Unión Europea conserva excelentes universidades, investigadores e industrias, pero tiene grandes dificultades para transformar el conocimiento en empresas tecnológicas de dimensión mundial. Nos han adelantado claramente desde Asia, nos quiere zancadillear desde los EEUU. Nos damos cuenta de eso. Pero no somos capaces de revertir esa realidad.

Según el diagnóstico de Draghi, solamente cuatro de las cincuenta mayores empresas tecnológicas mundiales son europeas. La Unión recibe aproximadamente el 5 % del capital riesgo mundial, frente al 52 % de Estados Unidos y el 40 % de China. En financiación privada para empresas de inteligencia artificial, Europa recibe alrededor del 6 %. Números horrorosos que nos deberían hacer reflexionar sobre nuestras debilidades.

Europa regula con bastante eficacia las nuevas tecnologías, pero no siempre consigue producirlas. Si esta situación continúa, en 2050 podría mantener una elevada calidad de vida, pero depender totalmente de plataformas digitales estadounidenses, semiconductores y cadenas industriales asiáticas, minerales críticos controlados o procesados por China, aunque sea africanos y están muy cerca de Europa, servicios de nube estadounidenses, tecnologías militares exteriores que vendrán desde Israel, los EEUU o quien decida darnos permiso de los EEUU para comprarlos.

El propio informe Draghi calcula que la Unión depende de países extranjeros para más del 80 % de sus productos, servicios, infraestructuras y propiedad intelectual digitales. 

Es decir, de los productos del futuro. Los enemigos de Europa no quieren pelear contra la Unión Europea del año 2026, prefieren ahogarnos de cara a nuestro desarrollo tecnológico del 2050. No significa que Europa deba fabricar absolutamente todo. Significa que debe ser capaz de conservar suficientes capacidades propias en los sectores que condicionan nuestra libertad política. Y tiene sectores propios con los que negociar desde la fuerza.

Las últimas proyecciones de Eurostat calculan que la población de la Unión Europea, sin contar futuras ampliaciones, pasaría de unos 452 millones de habitantes en 2025 a aproximadamente 445 millones en 2050. El problema principal no será esa moderada reducción, sino el envejecimiento y la disminución relativa de la población trabajadora. En comparación China tiene hoy unos 1.400 millones de habitantes y en ese mismo periodo crecerá hasta los 1.300 millones. También disminuirá, pero el efecto similar será positivo para China y negativo para Europa, excepto que las migraciones altas efectúen correcciones en esos datos.

Esta bajada de habitantes en Europa, su envejecimiento, sobre todo, ejercerá presión sobre las pensiones, la sanidad, los cuidados de larga duración, a su vez sobre la recaudación fiscal, la disponibilidad de trabajadores preparados para casa décadas, la innovación y el emprendimiento.

Europa tendrá que combinar varias respuestas. Una mayor productividad, la creciente automatización de sus trabajos industriales en empresas medianas, la prolongación razonable de ciertas vidas laborales por el efecto de la falta de mano de obra en ciertos oficios o servicios, una todavía mejor incorporación de las mujeres y de los jóvenes al empleo, unas políticas familiares y una inmigración que sea ordenada e integrada en todos sus aspectos, incluido el de la formación.

La inmigración será necesaria, pero por sí sola no resolverá el envejecimiento. Si no hay vivienda, educación, empleo, integración cultural y aceptación social, puede generar tensiones en lugar de rejuvenecer eficazmente la economía. Y en este tema el trabajo social y de formación es imprescindible y además urgente. Los nuevos habitantes de Europa deben integrarse ahora, hoy, no dentro de cinco o diez años, cuando ya haya creado problemas serios el tejido enfermo de millones de personas pululando sin factores positivos, por las calles de la Unión Europea.

Europa puede seguir siendo en 2050 uno de los mejores lugares del mundo para vivir. Su influencia no procederá solamente de sus fábricas o de sus ejércitos, sino de demostrar que es posible combinar la prosperidad, las libertades individuales y nuestra capacidad de crecimiento e innovación, disponer de una sanidad y educación públicas universales y una alta protección laboral, sepamos diseñar una transición ecológica, y el poder mantener esa cohesión social junto a la democracia y al Estado de derecho.

Ese modelo es una forma de poder. Pero no puede sostenerse únicamente mediante deuda, impuestos crecientes o recuerdos del crecimiento pasado. Necesita una economía productiva capaz de financiarlo. El diagnóstico europeo actual reconoce precisamente que la pérdida de competitividad acabaría obligando a elegir entre bienestar, protección ambiental y libertad política. Todo es imposible, si no somos capaces de entender el momento actual. Si esperamos a 2050, ya será tarde.

También existe un riesgo interno. Que el envejecimiento, la inseguridad económica, las migraciones mal gestionadas y las diferencias entre territorios europeos alimenten nacionalismos defensivos y movimientos autoritarios. Una Europa socialmente fracturada tendría muy poca autonomía exterior. No sirve de nada creer en Aragón, Cataluña y España, si no somos capaces de comprender la tremenda importancia de Europa en todos los asuntos que tengan que ver con Aragón, Cataluña y España.

Europa ha empezado a aumentar rápidamente su gasto militar. Y esto no se está sabiendo explicar bien en el 2026. No se trata de aumentar las inversiones o los gastos en Defensa, sino en saber diseñar el qué y el para qué, y sobre todo saber explicarlo a los ciudadanos. Los aliados europeos de la OTAN y Canadá invirtieron conjuntamente más de 574.000 millones de dólares en 2025, alrededor del 2,3 % de su PIB agregado, y han asumido compromisos de gasto considerablemente mayores para la próxima década.

Pero gastar más no equivale automáticamente a disponer de una defensa europea. Si persisten solo ejércitos nacionales fragmentados, unos sistemas de armamento incompatibles entre todos ellos, unas compras realizadas fuera de Europa y una duplicación de estructuras, con una insuficiencia de munición, defensa aérea irregular, sin transporte estratégico, satélites e inteligencia, seguiremos teniendo una clara dependencia estadounidense en mando, logística y disuasión nuclear. Y eso es un gran error europeo. 

Si los EEUU quieren una OTAN muy diferente, con menos presencia de ellos y más gasto de Europa, hay que preguntarse si no será mucho mejor tener un similar a la OTAN, pero solamente europea.

La Comisión reconoce que la preparación defensiva europea se debilitó durante décadas de falta de inversión y ha planteado una capacidad mucho mayor para 2030. La urgencia en este tema, también nos afecta a todos, en un mundo muy bélico en esta década tercera del siglo XXI.

Es lógico pensar que en 2050 Europa seguirá siendo una fuerte aliada con Estados Unidos mediante la OTAN, pero deberá disponer de un pilar europeo autónomo dentro de esa alianza. Autonomía no significa enfrentarse a Estados Unidos, sino poder defenderse y actuar cuando Washington no quiera, no pueda o ella misma tenga sus prioridades concentradas en el Pacífico y no en toda la Europa.

Una Europa completamente emancipada militarmente de Estados Unidos es poco probable. Una Europa capaz de no obedecer automáticamente todas las decisiones estadounidenses sí es posible. Una Europa con su capacidad de defensa propia, es necesaria. Pero Europa no podrá mantenerse al margen del conflicto entre Estados Unidos y China.

Ninguna gran región del mundo podrá ser neutral en sentido absoluto. Estados Unidos seguirá siendo probablemente el principal aliado militar y uno de los mayores mercados de Europa. China seguirá siendo una potencia industrial esencial y Asia concentrará buena parte de la producción tecnológica, las cadenas de suministro y el crecimiento mundial.

La respuesta europea más inteligente de cara a nuestro futuro como europeos no será elegir una equidistancia artificial, sino practicar una autonomía selectiva con una alianza de seguridad con Estados Unidos, sin subordinación permanente, un comercio con China sin dependencias críticas en ciertas materias que son de seguridad, ampliar la colaboración tecnológica con Japón, Corea del Sur, India y otros países asiáticos.

Unas relaciones más profundas con África y América Latina en donde Francia y España deben realizar un papel fundamental de mediación, crecer en diversificación de materias primas, energía y mercados y tener una defensa propia de sus leyes, industrias e intereses.

Además, “Asia” no es un bloque único. China, India, Japón, Corea, Indonesia y los países del sudeste asiático tienen intereses diferentes. Europa tendrá margen para construir alianzas variables y evitar que toda la política mundial quede reducida a Washington contra Pekín. Los BRICS van a cumplir un papel en crecimiento, aunque ahora sus debilidades sean muchas.

La entrada futura de Ucrania, Moldavia y algunos países balcánicos en la Unión Europea podría ampliar el territorio, la población, los recursos agrícolas, la profundidad estratégica y el peso político de la Unión y nuestra moneda. La Comisión considera la ampliación un instrumento de seguridad, estabilidad y prosperidad a largo plazo. Pero una Unión de más de treinta miembros no podrá funcionar adecuadamente con procedimientos diseñados para seis o doce países. El informe Draghi advierte que el proceso legislativo europeo tarda actualmente una media de diecinueve meses y que existen numerosos actores con capacidad de veto.

Eso debe cambiarse, y tal vez la salida sea diseñar una nueva Unión Europea con dos pesos distintos entre los diferentes y ya muy numerosos países. Sin reformas institucionales, la ampliación podría producir una Europa más grande pero más paralizada. 

Serán necesarias algunas transformaciones que vayan en la dirección de tener más decisiones por mayoría cualificada y no absoluta, con un mayor presupuesto común y una financiación conjunta para defensa, energía y tecnología, una política exterior y militar más unificada, y una Europa de diferentes velocidades, en la que los países dispuestos a integrarse más puedan hacerlo. Abierta, pero no con los mismos derechos. Y aquí caben hasta tres opciones diferentes de una Europa Unida de cara a su futuro más seguro.

Una Europa potencia clara y unida


Integra sus mercados financieros, invierte en tecnología, dispone de una defensa común suficiente, completa su sistema energético, gestiona la inmigración, reforma sus instituciones y mantiene su modelo social. No dominaría el mundo, pero sería uno de sus tres o cuatro centros decisivos. Estados Unidos y China tendrían que negociar con ella, no simplemente presionarla.

Una Europa rica, pero dependiente de otras zonas del Planeta

Seguiría ofreciendo una elevada calidad de vida y un gran mercado, pero compraría su seguridad a Estados Unidos, su tecnología digital a empresas estadounidenses y una parte sustancial de sus productos industriales y materias primas a Asia. Tendría influencia regulatoria y comercial, pero poca capacidad para sostener una posición política cuando esta contradijera los intereses de sus proveedores o protectores. Este me parece actualmente el escenario más probable si las reformas no avanzan con una cierta contundencia y seguimos pensando que tenemos que depender mucho de los EEUU.

Una Europa fragmentada

Los Estados que forman la actual Unión Europea recuperarían competencias propias, aumentarían las diferencias económicas y políticas, se debilitaría el mercado común y proliferarían acuerdos bilaterales con Washington, Pekín o Moscú, que cada país negociaría en debilidad para atendiendo a su propia personalidad. Europa seguiría siendo rica en algunas zonas, pero dejaría de tener influencia colectiva. Sería el escenario del retroceso puede que lento pero imparable, un continente con un pasado enorme y una capacidad limitada para decidir su futuro.


Europa sí puede ser en 2050 un espacio político y social influyente.
Tiene riqueza, población, instituciones, tecnología, ahorro, industria, cultura y una moneda internacional suficientes para ello. Pero probablemente no será independiente en el sentido de vivir separada de América y Asia. Ninguna potencia moderna lo es. La verdadera independencia consiste en poder elegir las propias dependencias, diversificarlas y evitar que cualquiera de ellas se transforme en obediencia política.

La Europa más probable para el año 2050 no será un imperio ni una superpotencia militar. Será, en el mejor caso, una gran potencia de equilibrio, una aliada de Estados Unidos, vinculada económicamente con Asia, más capaz de defenderse, fuerte en regulación, comercio, energía limpia, ciencia y protección social. Su principal enemigo no será China, Estados Unidos o Rusia. Será su propia lentitud para actuar conjuntamente. El principal enemigo de Europa es Europa.

El escenario más plausible de esa Europa del futuro no es ni una caída libre ni una subida espectacular, sino una fortaleza intermedia con episodios de apreciación y de debilidad, mientras el euro sigue siendo una gran moneda de referencia, pero no la moneda hegemónica global. El Yuan está pegando fuerte en esa pelea comercial bastante escondida.

En otras palabras: La Unión Europea seguirá siendo importante, pero su posición dependerá de si Europa hace más profunda su integración y su capacidad de crecimiento con la inteligencia política y social de cara al futuro.

Julio Puente

19.7.26

Entendemos mucho de Santos y de Inocentes en España

Lo que debería ser más auténtico de la película los Santos Inocentes es que ya no quedaran ni Santos ni Inocentes. Pero seguimos jugando a engañarnos. Incluso, a dejarnos engañar.

En España abundan los Santos, y nos hacen creer que todos somos unos Inocentes, a los que es muy sencillo engañar.

En estos tiempos de mentiras bien organizadas para joder, lo de menos es contar con un día de Santos Inocentes, pues nos engañan todos los demás que tiene el año. Bajamos la guardia y nos la meten sin darnos cuenta.

Creo que poner el muñequito en la espalda en un día determinado es bullying aunque sea entre adultos, que por cierto son los que más bullying sufren y nos lo callamos. 

¿O no es eso lo que se sufre en muchos talleres y empresas donde la calidad del trato humano brilla por su ausencia? 

La indignidad laboral es tratar de inocentes a los que tienen que soportar las injusticias de relación y de sueldo, porque no hay otra cosa en el mercado laboral y toca aguantar.


18.7.26

La idea de Progreso NO es infinita


Durante las décadas finales del siglo XX, a partir de la mitad de ese siglo complejo, hemos asimilado la idea de "Progreso" con el concepto de una mejora constante y lineal, tiempos de cambios hacia nuevas opciones, una vida con mejores perspectivas que la de nuestros padres y abuelos. ¿Es posible avanzar en una mejora infinita sin que haya marcha atrás?

Siempre hemos entendido desde el año 1950, que caminábamos hacia nuevos inventos, nuevas calidades de vida, más posibilidades económicas, mejor vida, más cultura y más facilidad para disfrutar de la vida que teníamos por herencia o por ir construyéndola nosotros. Es verdad que este concepto, no siempre se ha repartido bien, hemos mejorado en las ocho últimas décadas, para a diferente velocidad entre los países del mundo, entre las sociedades, e incluso lo hemos hecho en distintos periodos de esas décadas.

Posiblemente la idea de progreso, la necesidad de creer que caminamos hacia el progreso, no va a desaparecer pues lo necesitamos como energía vital y se procurará que lo sigamos sintiendo en la sociedad para evitar males mayores, pero probablemente cambiará de significado.

Durante buena parte del siglo XX significó producir más, consumir más, viajar más, vivir en una casa mayor y disponer de objetos que nuestros padres no habían tenido. Incluso tener más libertad, más formación, y mejores Servicios Públicos. Hacia 2050, especialmente en Europa occidental, el progreso se medirá menos por la acumulación material y más por una combinación de salud, tiempo disponible, seguridad, vivienda accesible, autonomía personal, calidad ambiental y capacidad para soportar crisis. Y esos conceptos no son menores, no son más fáciles de obtener que aspirar a tener un coche más rápido y bonito, más vacaciones o más libertad sexual.

Las tendencias razonables a partir de este 2026 están condicionadas por decisiones políticas, tecnología, desigualdad, conflictos y cambio climático. El mundo en global mejorará, pero eso supone que, aunque de forma global los números serán mejores en todos estos conceptos de calidad de vida, no siempre estarán bien repartidos, e incluso lo harán a costa de que algunos países o sociedades empeoren.

Posiblemente en Europa occidental pasemos de crecer más, a vivir mejor y resistir mejor, y voy a intentar explicar estos detalles, pues en realidad son parte de la calidad de vida, que cambian el concepto de “sentirnos mejor”.

La longevidad ya no bastará como meta, no desearemos vivir más años brutos, importarán los años netos vividos con autonomía personal, con calidad, en compañía y no en soledad.

Europa será bastante más envejecida en el año 2050. La Comisión Europea calcula que hacia 2050 alrededor del 30 % de la población de la Unión tendrá 65 años o más, frente a aproximadamente el 20 % actual. Además, las necesidades de cuidados de larga duración entre los mayores de 50 años podrían crecer cerca de un 24 % para entonces.

Por eso el progreso sanitario dejará de medirse principalmente por “cuántos años vivimos” y se medirá cada vez más por cuántos años conservamos movilidad y lucidez; cuánto tardamos en recibir atención médica como enfermos crónicos; si podemos permanecer en nuestro domicilio; si existen suficientes cuidadores para atendernos cuando necesitemos cuidados especiales y si la vejez conduce o no a la soledad y la dependencia.

La medicina preventiva, el control de la cronicidad de los trastornos importantes, el diagnóstico temprano, la rehabilitación, la atención domiciliaria de médicos y enfermeros y las viviendas adaptadas serán tan importantes como los grandes hospitales. La OMS define precisamente el envejecimiento saludable como la conservación de las capacidades que permiten mantener el bienestar y la vida cotidiana, no simplemente como la ausencia de enfermedad.

También el tiempo será una forma de riqueza, una moneda cada vez más valorada en estos años que quedan hasta la mitad del siglo XXI. Una sociedad puede ser económicamente más rica y, sin embargo, obligar a sus ciudadanos a emplear demasiadas horas en desplazamientos, trabajos inseguros, trámites, cuidados familiares o búsqueda de vivienda. Y eso es negativo y ya lo percibimos como tal.

Por eso, hacia 2050, es probable que consideremos progreso el trabajar de manera más productiva, pero no necesariamente más horas. El tener mejor conciliación laboral y mejor trato con la familia y los amigos, el poder disponer de más tiempo que modularemos según nuestras necesidades. El teletrabajo ha venido para quedarse en algunas profesiones y será modulado como plastilina por todas las partes.

La inteligencia artificial y la automatización pueden reducir tareas rutinarias, mejorar la productividad y aumentar la seguridad laboral. Pero también pueden intensificar el control sobre los trabajadores, precarizar algunas profesiones y concentrar los beneficios en pocas empresas. La OCDE considera que la inteligencia artificial puede mejorar la productividad y la calidad del empleo, aunque advierte sobre los desplazamientos laborales; la OIT calcula que aproximadamente uno de cada cuatro empleos del mundo presenta algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa, siendo más probable la transformación de tareas que la desaparición completa de todos esos puestos.

El verdadero progreso de las próximas décadas (o años) no consistirá en que una máquina haga nuestro trabajo y dispongamos de más tiempos libre o de menos trabajos que requieran nuestro cansancio, sino en cómo se reparta el tiempo total y la riqueza que esas máquinas permiten ahorrar en fuerza laboral, para decidir cómo se reparte ese ahorro, ese beneficio adicional. Es posible que haya menos puestos de trabajo, que se necesiten menos horas mensuales para producir lo mismo, pero las personas como seres de labor, necesitamos estar ocupados en tareas que sirvan para algo, o que nos hagan creer que sirven para algo. Y la sociedad occidental no puede soportar un desempleo excesivo sin que crujan los cimientos.

Tener vivienda para vivir (no es una redundancia) será más importante que tener nuevos bienes de consumo. Se perderá el concepto de vivienda en propiedad, incluso el de alquiler como lo entendemos ahora, para construir nuevos conceptos posibles de “tener” vivienda. Ya se habla de Hipotecas a 150 años, a 80 años. Hipotecas que se heredaran a hijos y nietos. ¿Es realmente comprar una vivienda si está cargada con una hipoteca que asumirán tus nietos?

En las generaciones anteriores, el automóvil, los electrodomésticos o las vacaciones representaban ascenso social. Para muchos jóvenes europeos, en cambio, el principal indicador de progreso será algo mucho más elemental: poder emanciparse y acceder a una vivienda digna. La palabra clave que hemos perdido en estas décadas del siglo XXI es EMANCIPARSE.

Entre 2010 y comienzos de 2025, los precios de la vivienda en la Unión Europea aumentaron cerca de un 58 % y los alquileres alrededor de un 28 %. La OCDE considera que la falta de vivienda asequible es ya un problema estructural, especialmente en las grandes ciudades. Es insoportable para la sociedad occidental no poderse emancipar.

En el escenario de una Europa de 2050, no será percibida como próspera solo porque tenga vehículos autónomos, inteligencia artificial o medicina avanzada. Tendrá que poder ofrecer vivienda accesible; barrios habitables capaces de soportar mejor el calentamiento global; transporte público de calidad y muy barato; unos conceptos de sociedad no solitaria en donde se cuide la salud mental como un activo muy necesario, proximidad a los servicios desde sus zonas de barrio para evitar contaminación y costes energéticos razonables.

Una sociedad tecnológicamente avanzada pero que impida a una parte importante de sus jóvenes formar un hogar, difícilmente podrá considerarse plenamente progresista. N es válida y así la percibirán precisamente ellos, que poco a poco van caminando hacia ser ya adultos y a tener que tomar decisiones de gran calado social y político.

Los cambios en las ideologías de los jóvenes europeos pueden indicarnos que no estamos sabiendo gestionar bien los que ya son sus problemas de futuro. Y la emancipación es fundamental.

La energía limpia dejará de ser una cuestión idealista, para pasar a ser una necesidad imperiosa y obligatoria. Esa transición energética cambiará buena parte de la vida cotidiana, desde la calefacción, refrigeración, movilidad, construcción, industria y consumo doméstico, que tenderán a electrificarse, a tener que controlar mucho mejor el uso de las diferentes energías en todos los aspectos de la vida, desde la agricultura, el transporte o las industrias.

En los escenarios de neutralidad climática de la Agencia Internacional de la Energía, el sistema de 2050 estaría dominado por electricidad de bajas emisiones, energías renovables, eficiencia energética y una utilización mucho menor de combustibles fósiles. El ciudadano no identificará necesariamente este progreso con la presencia de más aerogeneradores o paneles solares, sino con resultados concretos.

Es inevitable pensar en un aire más limpio, y para ellos habrá que cambiar varios modelos de vida que hoy nos parecen lógicos. Las viviendas tendrán que estar mejor aisladas ante el frío y el calor estacional; se tendrán que crear unos modelos energéticos con mucha menor dependencia de países productores de petróleo y gas, y unos modelos de transporte menos ruidoso y más limpios para tener una menor vulnerabilidad ante crisis energéticas de cualquier tipo.

Esa adaptación climática será considerada parte del llamado progreso de la sociedad, de las sociedades. Durante décadas, progreso significó dominar la naturaleza y construir carreteras, urbanizar costas, canalizar ríos y consumir agua sin demasiadas restricciones. En 2050, parte del progreso consistirá justamente en reconocer límites al progreso antiguo, evitando desmanes anteriores, y crecimientos insostenibles. Posiblemente haya que pensar modelos de gestión de sociedades en donde dejen de crecer ciudades y a cambio crezcan más localidades de tamaño intermedio. La discriminación positiva desde los que gestionan las políticas, debe trabajar muy fuertemente por ello.

Europa afrontará más episodios de calor extremo, sequías, inundaciones, incendios y riesgos sanitarios. El sur europeo será particularmente vulnerable al calor y a la escasez de agua, mientras que las zonas costeras y fluviales necesitarán mayores defensas y cambios urbanísticos. El IPCC advierte que los riesgos aumentan con cada incremento adicional de temperatura. Peo tampoco en centro y norte de Europa se van a ver libres de estos cambios, que les sorprenderán más, aunque sean menores que en el sur de Europa.

Una ciudad avanzada en el año 2050 no será necesariamente la que tenga los edificios más altos, sino la que mantenga temperaturas soportables durante una ola de calor, disponga de árboles y refugios climáticos en sus calles a base de crear más plazas pequeñas pero muy verdes y con mucha sombra a modo de refugios climáticos que serán oasis totalmente repartidos por todos los barrios.

Una ciudad para el año 2050 debería ser un núcleo compacto que gestione bien el agua, que evite construir en zonas inundables, que aprenda a proteger a las personas vulnerables y pueda seguir funcionando durante una emergencia. La palabra decisiva será resiliencia: capacidad para seguir viviendo razonablemente bien cuando algo falla.

La tecnología útil y sostenible para esos años será más valorada que la tecnología espectacular. Hacia 2050 tendremos sistemas digitales más presentes en medicina, enseñanza, transporte, administración, seguridad y asistencia personal. Pero también aumentará la preocupación por la privacidad, la vigilancia de los de encima sobre los de abajo, la manipulación informativa, la concentración empresarial desconocida y globalizada sin que nunca sepamos quien es el dueño y el responsable de las decisiones que nos afectan, y una exclusión en aumento exclusión de quienes no sepan desenvolverse digitalmente. Incluido tú, nosotros, que creemos sabe algo de este nuevo mundo.

El progreso tecnológico será juzgado menos por lo sorprendente que resulte y más por preguntas muy concretas. ¿Reduce el sufrimiento de los heridos sociales o los débiles? ¿Ahorra tiempo para dedicarlo a nosotros mismos? ¿Es accesible para todos, con independencia de su edad, su nivel económico o su formación? ¿Respeta la libertad individual? ¿Podemos entender y recurrir para anular sus decisiones?

Una tecnología que facilite la consulta médica de un anciano será progreso. Una que lo obligue a relacionarse exclusivamente mediante una aplicación que no comprende, puede convertirse en regresión. Un sistema que cambie el contacto personal por más y más productos químicos en forma de pastilla será un gran error.

La OCDE y las instituciones europeas llevan años desarrollando mediciones de bienestar “más allá del PIB”. Incluyen salud, educación, seguridad, vivienda, relaciones sociales, desigualdad, calidad ambiental, equilibrio entre vida y trabajo y sostenibilidad futura. ¿Es ese el único modo de medir la calidad de vida de las sociedades?

En 2050 podríamos aceptar con mayor normalidad que una economía puede crecer mientras empeora el acceso a la vivienda. Tremendo problema en el año 2026 para muchos países que se consideran adelantados, útiles, occidentales. Puede aumentar el consumo de casi todo, mientras disminuye la salud mental. El consumo no es felicidad, no somos capaces de cambiar horas de trabajo para obtener un dinero a cambio de “cosas” que no nos garantizan nada.

Puede crecer la productividad, mientras ese beneficio, esa plusvalía del trabajo de muchos se concentra en una riqueza de muy pocos. Y puede aumentar el PIB en general, pero destruyendo recursos que necesitarán las generaciones futuras. La propia visión europea para 2050 habla de “vivir bien dentro de los límites del planeta”.

¿Significa esto que Europa vivirá necesariamente mejor o será peor?

No se sabe, pues depende de las decisiones que vayamos tomando en estos años. También existe un escenario menos favorable con sociedades más envejecidas, caras y por ello solo soportadas por una minoría, muy vigiladas, climáticamente incómodas y divididas entre propietarios protegidos y jóvenes sin patrimonio.

Europa puede disponer de mejor medicina, energía más limpia e inteligencia artificial y, al mismo tiempo, perder calidad de vida si no resuelve la vivienda, si deteriora sus servicios públicos que no sabe cuidar, si crece la desigualdad y esta sale a todas las calles de todas las ciudades, no sabe integrar adecuadamente la inmigración que es imparable e inevitable de una manera o de otra, o convierte la tecnología en un instrumento de control personal y de concentración económica en Grupos Escondidos.

El progreso técnico y el progreso humano no son la misma cosa. Pueden avanzar juntos, pero no lo hacen automáticamente. Y tendremos que elegir. O priorizamos trabajando en la defensa de los progresos técnicos que no nos afecten negativamente en los progresos humanos, y no serán progresos, sino manipulaciones.

En el resto del mundo convivirán dos ideas de progreso. Fuera de los países ricos, el cambio será más desigual. Para cientos de millones de personas, el progreso de 2050 seguirá teniendo un significado tradicional y muy concreto buscando su agua potable, sus procesos de saneamiento, la electricidad fiable y constante, un uso lógico de vacunas y atención médica universal, crecer en algo tan básico como la alimentación suficiente, aumentar los procesos de educación, crear en esas zonas del planeta un sistema de vivienda segura, diseñar un empleo formal para sujetar a las sociedad y de esa forma evitar en alguna manera que emigren, y una protección frente a la violencia y bandazos que cambian gobiernos por las armas cada poco tiempo.

Una familia sin electricidad estable no necesita que le expliquen primero el “bienestar posmaterial” o internet, necesita electricidad, agua, saneamiento, salud, seguridad. Si esto no somos capaz de diseñarlo con inteligencia para que se mantenga en el tiempo, será inevitable el vaciamiento de ciertos países y la migración a los que sean la puerta de entrada a un mundo diferente.

Asia será la fábrica mundial de la potencia tecnológica y social. Y eso ya lo estamos viendo, no lo asimilamos todavía, pero es inevitable. De la capacidad de defensa que pueda demostrar Europa o América, dependerá el tamaño del avance de Asia en el mundo del futuro.

Buena parte de Asia tendrá clases medias mayores, ciudades altamente digitalizadas y sistemas industriales y científicos avanzados. Pero en algunos países, el problema central será parecido al europeo con un creciente envejecimiento, una baja natalidad, y escasez de trabajadores para cuidados y servicios. Si ellos desde Asia no saben diseñar su propio futuro, que yo creo que sí lo sabrán hacer, se repetirán allí los problemas de la Europa rica precisamente sobre ese 2050 que me he propuesto como objetivo de análisis.

Otros países del sur y sudeste asiático seguirán teniendo poblaciones jóvenes y necesidades importantes de vivienda, infraestructuras, empleo y educación. La inteligencia artificial puede ampliar la productividad, pero la OCDE advierte de una posible brecha en esos crecimientos incluso aleatorios. Los países con menos infraestructuras, capital, formación y acceso digital pueden beneficiarse bastante menos que las economías avanzadas. Y es cierto, además, que el crecimiento de ciertos países que se irán convirtiendo en “Ricos” tendrá que hacerse como siempre a base de manos de obra barata, de un cierto esclavismo digital y moderno. También Asia y sus países con mejor futuro, tendrá que decidir qué países será exportadores de pobreza, para alcanzar ellos, los ricos y avanzados, sus propios beneficios sociales.

África tiene el gran reto para transformar su crecimiento demográfico en bienestar propio, sin tener que recurrir a una migración brutal. África concentrará una parte muy importante del aumento de población urbana y laboral.

El éxito para África no se medirá solo por el crecimiento de sus grandes ciudades, sino por su capacidad para crear millones de empleos productivos y válidos para que sus trabajadores no quieran irse, sistemas educativos de calidad sobre todo en esa capacidad de la universalidad, el acceso a viviendas dignas, unos modelos de energía soportables para todos, unas formas de transportes territoriales que sean válidos para mercancías y personas, y administraciones capaces de prestar servicios y de no guerrear como elemento casi fijo.

Me olvido deliberadamente de la capacidad que tiene África para ser exportadora de minerales raros, y su actual sufrimiento al verse “comprada” por empresas de ciertos países que han puesto sus manos en esa África que desea salir del hundimiento y se tiene que agarrar a cualquier dicha que le venga de fuera, aunque sea vendiendo su futuro.

Las Naciones Unidas prevén que aproximadamente dos tercios del crecimiento de la población mundial hasta 2050 tendrá lugar en ciudades, con una parte muy elevada de la expansión urbana situada en África y Asia.

Si esa urbanización de los territorios está bien gestionada, puede favorecer el crecimiento de la educación, innovación, sanidad bien repartida y productividad útil también para las personas. Si no lo está, puede producir extensos asentamientos informales, congestión, contaminación, precariedad y enormes desigualdades. Y con ello, violencias indiscriminadas.

Sobre América Latina caen como casi siempre, excesivas dudas de lo que puede significar ese progreso hacia el año 2025. El progreso debería significar seguridad institucional y movilidad social, seguridad y justicia. tranquilidad y dejar que sean ellos los que avancen hacia ese futuro, sin injerencias de otros países dominadores desde la sombra.

En gran parte de América Latina ya existe urbanización, educación y acceso tecnológico relativamente amplios. Sus grandes desafíos serán menos elementales que en las regiones más pobres, pero no menos difíciles. Hay que reducir la violencia por diversos modelos económicos negros y violentos, mejorar la productividad en sus empresas, fortalecer los servicios públicos y disminuir la informalidad laboral, garantizar un modelo de pensiones válido y evitar que el origen familiar determine completamente el futuro de una persona. Ls oportunidades no deben venir por el lugar de nacimiento, por la familia que te cuida, sino por tus propios beneficios y oportunidades.

Allí, progreso significará sobre todo que el ciudadano pueda confiar en que el esfuerzo, la educación y el trabajo permiten mejorar de vida sin depender de privilegios, corrupción o emigración. Volvemos a la necesidad de que los poderes públicos sean estables, limpios, democráticos e inteligentes de cara al futuro.

El clima puede detener avances entre los países frágiles, pobres, en vías de desarrollo. No será fácil compaginar sus crecimientos sostenibles y el cuidado que debemos tener todos con el cambio climático y los movimientos excesivos de migraciones mal gestionadas, tanto en su origen como en su destino.

La pobreza extrema probablemente continuará concentrándose en Estados frágiles, territorios afectados por conflictos y regiones muy expuestas al cambio climático. Estudios recientes del Banco Mundial advierten que el calentamiento climático puede frenar la productividad y la reducción de la pobreza hasta 2050, especialmente donde existen menos recursos para adaptarse al nuevo tiempo atmosférico.

El cambio climático será profundamente desigual. Mientras que un país rico puede instalar refrigeración, reforzar diques o asegurar cosechas, uno pobre puede perder hogares, empleos y alimentos ante el mismo fenómeno. Hablamos ya no solo de unos modelos de cambios climáticos que afecten a las personas y a su comodidad de adaptación, sino también a la ganadería, la agricultura y a los alimentos. Los mismos territorios que en el año 2000 tenían una agricultura determinada, no podrán tener sin adaptación muy seria, esos mismos productos para el año 2050. Diseñar esos cambios es una tarea compleja y costosa, pues la rentabilidad del campo será otra.

Por eso el progreso mundial no dependerá únicamente de inventar tecnologías, sino de que los países con menos recursos puedan financiarlas y utilizarlas. Y de una adaptación seria a los nuevos tiempos, en los que no solo van a cambiar tecnologías, sino también el clima, los alimentos, la manera de interactuar entre las personas.

Pensemos que llevamos ya una década casi hablando de “La Soledad no Deseada” y no hemos logrado avanzar nada. Tampoco ante el crecimiento de los problemas en salud mental. Y estos dos temas no van a menos, sino crecen año tras año en el mundo occidental. Podemos tener maravillosas tecnologías, pero estar más deprimidos que nunca, más solos y abandonados que nuestros padres.

Quiero acabar hablando ligeramente de las ciudades. Hacia el año 2050, casi dos tercios de la población mundial vivirán en áreas urbanas. El éxito o fracaso de las ciudades determinará gran parte de la calidad de vida mundial. El tamaño será un indicativo de que hemos aprendido algo, o al contrario somos incapaces de tan siquiera detectar los problemas.

Las ciudades serán el lugar donde se jueguen casi todos los grandes debates. El de la vivienda digna y posible, el de la contaminación, el de un transporte que sirva para descongestionar las ciudades y hacerlas más limpias, el de la integración social de jóvenes, ancianos, diferentes y desempleados, el del acceso al empleo de calidad, el del calor extremo en donde ya tenemos ciudades en las que fijarnos en sus problemas y en algunas de sus soluciones, en la gestión del agua limpia y del agua sucia, el de la soledad del que antes hablaba, el de la seguridad a todos los niveles sabiendo y aceptando que hay esquinas en esa seguridad que casi no vemos, y sobre todo en la participación democrática, pues cada ciudad, cada territorio tiene que ser lo que quieran sus habitantes. Para bien y para mal. Tenemos que aprender a decidir. Tenemos que aprender a equivocarnos y a soportar esas equivocaciones, para poder aprender mejor a tener aciertos con nuestras decisiones.

Por eso una buena ciudad —compacta, verde, segura, accesible y con servicios cercanos— puede convertirse en uno de los mayores avances humanos del siglo XXI.

La principal diferencia entre Europa y el resto del mundo. Sabemos en qué nos diferenciamos, sabemos incluso en qué espacios de necesidad nos vamos a mover en el mundo con esas diferencias entre territorios globales. Pero saberlo no es suficiente.

La separación entre países occidentales y países en vías de desarrollo no será absoluta ni se mantendrá en el tiempo. La OMS prevé que en 2050 cerca del 80 % de las personas mayores vivirá en países de renta baja y media, lo que convierte el envejecimiento en una cuestión verdaderamente mundial, no solo europea.

El progreso dejará de significar únicamente tener más posibilidades y empezará a significar el poder conservarlas sin destruir las condiciones que las hacen posibles. Entender que nada es para siempre, que todo puede ser efímero, es un ejercicio complicado a admitir.

En Europa occidental, el progreso será (sería) vivir más años con salud y calidad, disponer de vivienda, tiempo y servicios, respirar aire limpio, mantener la autonomía y estar protegido frente a crisis.

En buena parte del resto del mundo seguirá significando (además) el poder superar las necesidades básicas, industrializarse, urbanizarse y crear oportunidades materiales.

Pero en todas partes aparecerá la misma exigencia. Que los avances sean accesibles, sostenibles y mejor repartidos. Una sociedad de 2050 no será progresista por poseer la tecnología más avanzada, sino por conseguir que esa tecnología, su riqueza y sus instituciones permitan vivir con dignidad a la mayoría de las personas y no únicamente a quienes puedan pagarlo, muchas veces por herencia familiar.

Julio Puente