8.8.26

El día en que la España vaciada estará llena


Dentro de unos días voy a contemplar una de esas paradojas que, cuanto más las pienso, más me llaman la atención.


Pueblos que llevan años viendo cómo se marchan sus vecinos, cómo cierran comercios, cómo disminuyen los niños en sus escuelas y cómo cada vez cuesta más mantener determinados servicios se encontrarán, de repente, llenos de gente.


Y no será gracias a un milagroso plan contra la despoblación, ni a la llegada de nuevas empresas, ni a una mejora extraordinaria de las comunicaciones.


Será por un eclipse total de Sol.


Durante unas horas, localidades que habitualmente aparecen en las noticias relacionadas con la despoblación se convertirán en destinos codiciados. Llegarán coches, autocaravanas, fotógrafos, aficionados a la astronomía, curiosos y turistas procedentes de muchos lugares.


Habrá establecimientos completos, carreteras con mucho más tráfico del habitual y pueblos que quizá multipliquen varias veces su población.


Y todo por un fenómeno cuya fase de totalidad, dependiendo del lugar desde el que se contemple, durará apenas unos instantes.


En muchos puntos estaremos hablando aproximadamente de un minuto y medio.


Un minuto y medio.


Noventa segundos.


Y reconozco que eso es precisamente lo que más me sorprende.


Noventa segundos capaces de movilizar a miles de personas.


Naturalmente, alrededor del eclipse se ha creado también un negocio.


Y no me parece mal.


Allí donde se concentran miles de personas aparece una oportunidad económica. Habrá alojamientos, restaurantes, bares, campings, casas rurales, aparcamientos, excursiones, actividades organizadas, recuerdos, productos relacionados con la astronomía y, por supuesto, las imprescindibles gafas homologadas para contemplarlo con seguridad.


La demanda hará el resto.


Y aquí llego a uno de los aspectos que más me llaman la atención: las auténticas barbaridades que, en algunos casos, se están llegando a pedir por una habitación para esas fechas.


Veo precios que en cualquier otro momento me parecerían desorbitados y que ahora se multiplican ante una combinación perfecta: una demanda extraordinaria, una oferta limitada y una fecha que no se puede cambiar.


El eclipse será ese día y a esa hora.


No podemos decirle a la Luna que espere al fin de semana siguiente porque el hotel nos sale más barato.


Quien quiera contemplarlo desde determinados lugares tendrá que estar allí.


Ahora bien, también digo una cosa.


Tan lícito me parece pedir una determinada cantidad por una habitación como que haya alguien dispuesto a pagarla.


Nadie está obligado a reservarla.


El propietario fija un precio y el cliente decide si lo acepta, busca otra alternativa o sencillamente renuncia.


Y ahí es donde yo me hago una pregunta:


¿Quién regula esto?


¿Existe realmente algún límite a lo que se puede pedir por una habitación ante un acontecimiento excepcional?


Porque una cosa es que los alojamientos estén sometidos, como cualquier actividad económica, a normas turísticas, fiscales, de consumo y de información al cliente, y otra muy distinta que exista un precio máximo general que impida cobrar una determinada cantidad simplemente porque a mí, o a cualquiera de nosotros, nos parezca exagerada.


Y ahí entramos en un debate interesante.


¿Debe intervenir alguien cuando una habitación que habitualmente cuesta una cantidad determinada pasa a costar varias veces más?


¿O debe ser exclusivamente el mercado quien establezca el precio?


Yo puedo pensar que determinados precios son una barbaridad.


Puedo criticarlo.


Puedo decir que jamás pagaría esas cantidades.


Pero también tengo que reconocer que, mientras todo sea legal, transparente y conocido de antemano, quien pone el precio está en su derecho y quien decide pagarlo también.


Porque si nadie estuviera dispuesto a pagar esas cantidades, esos precios difícilmente se mantendrían.


Otra cuestión muy distinta sería encontrarnos con cancelaciones de reservas previamente realizadas para volver a ofrecer posteriormente esas mismas habitaciones a precios mucho mayores, cargos ocultos o cambios de condiciones.


Ahí, en mi opinión, ya estaríamos hablando de otra cosa.


Pero si alguien anuncia una habitación a un precio que a mí me parece una auténtica barbaridad y otra persona, conociendo perfectamente ese precio, decide pagarlo, tengo que reconocer que la pregunta es inevitable:


¿quién soy yo para decir cuánto debería valer?


Podré considerarlo exagerado.


Podré no entenderlo.


Y, sobre todo, podré no pagarlo.


Porque el eclipse durará apenas unos minutos y su totalidad, en muchos lugares, rondará ese minuto y medio.


Aunque, viendo lo que cuestan algunas habitaciones, uno casi esperaría que el Sol y la Luna vinieran incluidos en el desayuno.


Y bienvenida sea, en cualquier caso, toda esa actividad económica.


Si durante unos días un bar, una casa rural, una tienda, un restaurante o cualquier pequeño negocio de nuestros pueblos puede mejorar su facturación gracias al eclipse, me parece estupendo.


Quienes mantienen abiertos esos establecimientos durante el resto del año tienen todo el derecho a aprovechar una ocasión excepcional.


Pero cuanto más pienso en ello, más me doy cuenta de que el eclipse no hará otra cosa que llevar al extremo algo que nuestros pueblos conocen perfectamente.


Porque ya estamos acostumbrados a ver cómo muchos de ellos multiplican temporalmente su población.


Sucede todos los años durante sus fiestas patronales.


He visto localidades que durante buena parte del año tienen unos pocos cientos de habitantes cambiar completamente durante unos días.


Regresan hijos y nietos.


Llegan familiares y amigos.


Vuelven antiguos vecinos que un día tuvieron que marcharse para estudiar o trabajar.


Se abren casas que permanecían cerradas durante buena parte del año.


Las plazas se llenan.


Las peñas recuperan la actividad.


Los bares trabajan como pocas veces.


Las calles vuelven a llenarse de niños, jóvenes y mayores.


Y durante unos días parece que aquel pueblo hubiera recuperado de golpe toda la vida que fue perdiendo con los años.


Lo mismo ocurre en verano, durante algunos puentes, en Semana Santa o en otras fechas señaladas.


Pueblos de unos pocos cientos de habitantes pueden llegar a reunir a varios miles.


Y durante unos días podemos escuchar una frase que resulta casi increíble en lugares afectados por la despoblación:


—Aquí no cabe nadie más.


Pero terminan las fiestas.


Se recogen las mesas.


Se desmontan las orquestas.


Desaparecen las peñas.


Se cierran nuevamente muchas casas.


Los hijos y los nietos regresan a las ciudades.


Y el pueblo vuelve otra vez a su población habitual.


Con el eclipse ocurrirá algo parecido, aunque llevado a una dimensión extraordinaria.


La diferencia es que ahora algunos de esos pueblos se llenarán hasta límites insospechados por aproximadamente un minuto y medio de oscuridad total.


Y vuelvo a lo mismo.


Un minuto y medio.


Noventa segundos capaces de disparar reservas, llenar alojamientos, aumentar el consumo en bares y restaurantes, ocupar campings, llenar aparcamientos, multiplicar precios y convertir durante unas horas pequeños municipios en el centro de todas las miradas.


Y ahí está, para mí, una de las grandes paradojas de todo esto.


Somos capaces de movilizar a miles de personas por un minuto y medio de eclipse, pero seguimos sin encontrar la fórmula para conseguir que muchas personas quieran vivir allí los 365 días del año.


Cuando termine el eclipse, el Sol volverá a aparecer.


Muchos visitantes, en cambio, no volverán.


Se desmontarán telescopios.


Se guardarán las gafas.


Las autocaravanas arrancarán.


Los coches regresarán a las ciudades.


Los alojamientos volverán a tener habitaciones disponibles.


Las carreteras recuperarán su tráfico habitual.


Y aquellos pueblos que durante unas horas parecían haber recuperado la vida volverán a enfrentarse exactamente a los mismos problemas que tenían antes de que la Luna ocultara el Sol.


Seguirá faltando población.


Seguirán faltando jóvenes.


Seguirán cerrando negocios si no existe relevo generacional.


Seguirán existiendo dificultades para mantener determinados servicios públicos y privados.


Seguirán las carencias de transporte, las malas conexiones en algunos territorios, la falta de determinadas oportunidades laborales y la necesidad de desplazarse muchos kilómetros para acceder a servicios sanitarios, administrativos, educativos o bancarios.


Y seguirá existiendo también, aunque pueda parecer paradójico, un problema relacionado con la vivienda.


Porque tener muchas casas cerradas no significa necesariamente disponer de viviendas habitables, asequibles y disponibles para quien quiera instalarse permanentemente.


Y ahí es donde yo veo el verdadero problema.


Llenar un pueblo durante sus fiestas es posible.


Llenarlo durante agosto también.


Llenarlo durante un puente es posible.


Y ahora comprobaremos que también podemos llenarlo para contemplar durante unos instantes cómo la Luna oculta completamente el Sol.


Pero lo verdaderamente difícil es conseguir que alguien quiera quedarse a vivir allí un lunes cualquiera de noviembre.


Eso es lo que creo que debería hacernos pensar.


Durante esos días muchos descubriremos pueblos que quizá ni siquiera sabíamos situar en el mapa.


Recorreremos carreteras secundarias.


Entraremos en pequeños establecimientos.


Conoceremos paisajes extraordinarios.


Descubriremos patrimonio, gastronomía y rincones que probablemente desconocíamos.


Y comprobaremos, una vez más, que existe vida más allá de las grandes ciudades y de los destinos turísticos habituales.


Y a mí me parecería una pena que todo terminara cuando volviera la luz.


Porque el gran negocio del eclipse será necesariamente temporal.


Nadie puede construir una política contra la despoblación alrededor de un fenómeno astronómico cuya totalidad dura apenas unos minutos.


Pero sí podemos aprovechar su enorme repercusión para enseñar el territorio.


Quizá alguien que llegue buscando el mejor lugar para observar el eclipse descubra un pueblo al que quiera regresar unos meses después.


Quizá una familia conozca una comarca que jamás había visitado.


Quizá un establecimiento consiga nuevos clientes.


Quizá un alojamiento rural que esos días esté completo consiga que algunos visitantes regresen cuando no haya eclipse.


Quizá alguien descubra que aquel pueblo al que llegó únicamente mirando al cielo merece también la pena cuando se mira a su alrededor.


Eso, para mí, sería posiblemente mucho más importante que la caja conseguida durante esos días.


Pero tampoco quiero engañarme.


El turismo ayuda, pero por sí solo no fija población.


Para vivir en un pueblo hacen falta oportunidades laborales, vivienda, buenas comunicaciones, cobertura digital, educación, sanidad, transporte y unos servicios razonablemente próximos.


Y, sobre todo, hace falta poder desarrollar allí un proyecto de vida durante todo el año.


Porque una cosa es conseguir visitantes.


Otra muy distinta es conseguir vecinos.


Y esas dos palabras, aunque a veces las confundamos, no significan lo mismo.


Estoy seguro de que esos días veremos imágenes curiosas.


Pueblos pequeños abarrotados.


Carreteras congestionadas.


Terrazas llenas.


Restaurantes sin una mesa libre.


Alojamientos colgando el cartel de completo.


Pueblos afectados por la despoblación diciendo:


—Aquí no cabe nadie más.


Y seguramente será cierto.


Pero unos días después volveremos a escuchar la otra frase, mucho menos espectacular y desgraciadamente mucho más habitual:


—Aquí cada vez quedamos menos.


Esa será, para mí, la gran contradicción del eclipse.


Durante unas horas miraremos todos hacia arriba mientras algunos de nuestros pueblos experimentan algo que llevan décadas reclamando:


que alguien vuelva a mirar hacia ellos.


Y creo que deberíamos aprovechar precisamente esa atención.


No solamente para vender una habitación, servir una comida o llenar una terraza, que también, sino para recordar que detrás de esos magníficos lugares desde los que contemplaremos el eclipse existen personas que viven allí los doce meses del año.


Personas que necesitan médicos aunque no haya eclipse.


Carreteras aunque no haya turistas.


Cobertura móvil aunque no haya fotógrafos.


Transporte aunque no lleguen miles de visitantes.


Escuelas aunque no haya un acontecimiento excepcional.


Comercios que necesitan clientes también en febrero.


Bares que necesitan abrir un martes cualquiera.


Y pueblos que necesitan habitantes, no solamente espectadores.


El eclipse pasará.


Las fiestas también terminan.


Los visitantes se marcharán.


Los precios volverán probablemente a la normalidad.


Las carreteras se vaciarán.


Las plazas recuperarán su tranquilidad.


Y entonces volveremos al verdadero desafío.


Conseguir que esos pueblos no tengan que esperar a sus fiestas patronales, al mes de agosto o a un acontecimiento extraordinario para volver a llenarse de vida.


Porque quizá la imagen que más me haga pensar del próximo eclipse no sea únicamente ver cómo el Sol desaparece durante unos instantes.


Quizá sea comprobar cómo pueblos acostumbrados a luchar contra la despoblación serán capaces de llenarse completamente por apenas un minuto y medio de oscuridad…


…para volver a enfrentarse, cuando regrese la luz, a la misma despoblación de siempre.


Carlos Masa Bescós