3.4.17

Debemos cambiar el sistema de participación social (3)

En España poco más del 16% de los trabajadores están afiliados a un sindicato (un número menor a la mitad de los desempleados declarados, pues superan por poco a los 1.800.000 trabajadores). En Dinamarca son el 80%, en Suecia un 78% o en Noruega un 53%. 

Curiosamente en España el número de empresarios afiliados a un sindicato de empresarios es altísimo en porcentaje. Y aunque se calcula en 1,2 millones los afiliados a partidos políticos, tan sólo un poco más de 90.000 se desgravan en su IRPF por estos conceptos.

Desde diciembre hasta abril, miles de personas de muchas ciudades como Zaragoza, acuden los sábados y domingos a unas reuniones iniciativas, al aire libre, de forma voluntaria y sin obtener ningún beneficio a cambio. A veces también algunas tardes de días laborables. Su participación está muy alejada, es muy superior, al de las personas que acuden a manifestación de repulsa o queja por asuntos sociales que al menos en teoría creemos que les importa y que miran por sus beneficios reales.

No les interesa acudir a quejarse por los bajos salarios, las inciertas pensiones, la pérdida de derechos salariales, pero en cambio sí acuden a practicar las procesiones de Semana Santa.

La participación pues…, es curiosa, rara, impredecible. Algo nos ha fallado o ha cambiado totalmente, cuando tras la pancarta ya no acuden los necesarios, mientras que tras el tambor cada año acuden más y más personas.

Lo cierto es que en los últimos dos años hemos asistido a una bajada todavía mayor en la participación de la sociedad, sobre aquellos asuntos políticos o sociales que no son nuevos o imprescindibles o muy importantes. 

Incluso la enorme participación que supuso la entrada de Podemos en la panorama político, con sus famosos “círculos” se ha visto muy mermada en los últimos meses.

Y en la medida en que toda reunión se ve mermada, van quedando tan solo los “fijos”, es decir, los que siempre participan en todo. Personas que se multiplican en muy diversos asuntos, y que no reflejan un movimiento nuevo, si acaso un movimiento que ha cambiado de color. Menos y…,  —con perdón— de peor calidad.

¿Qué se debe hacer desde las propias organizaciones? 

¿Es verdad que son los propios líderes los responsables de esta debacle? 

¿Es cierto que aunque a veces parezca diferente, es imposible el recambio de los dirigentes? 

¿Es verdad que la participación cuando es dirigida e incluso manipulada, es detectada por los asistentes y produce el efecto de abandono? 

¿Es real que no se participa…, porque no se quiere que se participe?

La nula participación la alienta la derecha, pues ellos no necesitan la participación activa, sino la pasiva. Pero desde la izquierda también se controla la participación libre y novedosa, no tanto desde las organizaciones como desde las personas que controlan las organizaciones.

Se da el paradójico (casi) espectáculo, de que algunas organizaciones de izquierda convocan decenas de actos reivindicativos cada mes, actos donde se reclama la presencia de personas afectadas, y que a esos actos acuden siempre las mismas personas en número no superior a la decena, ofreciendo un espectáculo triste y deplorable que no pasa desapercibido a sus contrincantes de la derecha. 

Movilizar a diez personas es muy negativo.

Hay que estar con la calle, que es totalmente diferente a estar “en la“ calle.

Las organizaciones sociales, según mi pobre opinión, no deben estar haciendo acto de presencia constante en la calle, ni creer que deben utilizar la calle como una herramienta de presión. 

La calle ya no sirve como elemento demostrativo de nada y menos de fuerza, pues los poderes fácticos la han asumido como un elemento NO importante.

Las organizaciones sociales tienen que conocer la calle perfectamente. 

Saber en todo momento qué respira la sociedad, qué problemas tiene, qué soluciones demanda, de qué forma se le puede ayudar desde diversos enfoques. 

Y ofrecer soluciones a esa calle. 

No hay que estar pasivamente en la calle, gritando con los que demandan soluciones, pues nos las demandan a nosotros. Hay que estar trabajando para buscar esas soluciones.

A la calle hay que recibirla en los despachos y con la soluciones y las ideas, ya construidas. 

Menos pancarta y más leyes y reformas contundentes. 

O al menos, más explicaciones de cuáles son los motivos que nos impiden lograr los cambios. Los políticos y agentes sociales NO deben estar en la calle los días en los que hay manifestación o queja. Deben estar en la calle todo el resto de días, tratando y conociendo los problemas, y pisando no las calles principales por donde transcurren las manifestaciones, sino los rincones y locales donde se producen los problemas.

Este es la tercera entrada sobre participación que he publicado. Leer si tenéis moral, la primera y la segunda en estas entradas. Continuará, intentando buscar soluciones.
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