2.4.17

Participación social (2) Reflexión y formación

A raíz de la entrada anterior: “Participación y redes sociales, para resolver problemas”, algunas personas me han preguntado lo clásico: ¿Y ahora qué? 

Además de diagnosticar, y acertar (quien sea) en el diagnóstico que se haga, hay que empezar a plantear tratamientos, a recetar, y tratar, a revertir la enfermedad. Y es cierto, en la misma medida en que ya advierto en el texto anterior que es complicado encontrar medicaciones, sobre todo rápidas.

La primera medicación es simple. 

Se necesita mucha más reflexión de grupos de personas que con ideas afines se pongan a trabajar sobre una mesa. Pero ahora vayamos un poco más allá.

No hay duda de que esta reflexión para diagnosticar y tratar la enfermedad de la participación, no se la tiene que hacer la derecha, pues ella está encantada con la actual situación, no tanto provocada, como alentada y admitida como muy beneficiosa. 

A la derecha o al poder fáctico, tan solo le afecta en su relación con la sociedad que no se rompa la cuerda, que sean capaces de presionar hasta el punto de tensión máxima, pero siempre con el cuidado de detectar el momento anterior a la ruptura.

Nunca a la derecha escondida le interesa una ruptura, pero sí una situación de máximo beneficio a costa de todo el sistema, incluidos tantos los trabajadores, como los consumidores, los proveedores  y los pequeños empresarios que sirven muchas veces como subcontratistas de sus desmanes.

El control de la participación le interesa sobre todo a la izquierda, pues sabe que su única fuerza es precisamente la participación. La cantidad más la calidad de esa cantidad.

Luego ya tenemos otra herramienta muy clara y contundente a nuestro servicio, y que nunca valoramos ni empleamos bien. 

Segunda medicación: LA FORMACIÓN. 

La sociedad debe tener más formación cívica, social, política, económica, laboral, productiva, inversora, pues la formación es la que le da libertad.

A los únicos que les interesa una sociedad a medio formar, es a los que nos quieren emplear como herramientas diseñadas a su gusto, y según sus necesidades. Un trabajador muy listo es un trabajador peligroso e incómodo pues resulta mucho más complicado engañarle.

La formación, la educación en todos sus grados y edades, es una perfecta herramienta de control social. Y desde la izquierda no nos estamos dando cuenta de ello. Incluso la hemos minimizado en tamaño, materias y edades, hasta convertirla en casi un sacrificio.

Tenemos el ejemplo más claro en los medios de comunicación de masas. ¿Cuánto tiempo dedican las televisiones públicas y privadas en España a la formación? ¿Por qué se ha logrado que no interesa la formación y nos resulte aburrida, siendo que es la única arma que nos permite tener un futuro mejor, poseer incluso más dinero y un mejor puesto de trabajo?

Y no me estoy refiriendo solo a enseñanza concertada o pública, que es lo más pequeño del problema, me refiero a la formación global y continua, a la formación que también tiene que elegir cada persona porque ella misma esté convencida de que es beneficiosa para su libertad de vida.

Confundimos la formación con ver programas de animales, cocina o de música clásica. Hoy no se enseñan idiomas, economía básica, clases magistrales de derecho laboral, de literatura para saber leer y seleccionar, o al menos no se enseña con la misma capacidad de entretenimiento como se hace con el deporte o con la canción de niños que concursan. 

No somos capaces de enseñar historia o humanidades, nos parece un asunto de niños pequeños. No se nos enseña filosofía y a diferenciar a los griegos de los romanos, a Mao de Lenin. 

¿Alguien cree que esto es casualidad? ¿Que es un clásico problema de los anunciantes de los medios, de la rentabilidad? ¿Cuanta mierda nos tragamos en horas de máxima audiencia llena de anuncios de potitos?

Nos gastamos millones en carriles bici o en limpieza y fiestas patronales, y eso está bien. Pero no somos capaces de hacer ediciones en papel o digitales de libros básicos, a precios políticos. A exigir que la televisión pública tenga unos horarios fijos de formación. 

Nada manipula más que jugar con la NO FORMACIÓN.

En los años 70 y 80 salieron colecciones de libros de todo tipo: políticos, sindicales, clásicos, filosóficos, de historia, de Aragón, que incluso se encuentran todavía en las librerías de viejo. Y curiosamente se compraban y se leían. 

¿Hay alguna forma mejor de educar a un niño, que dotando a cada hogar de una biblioteca básica? 

¿Existe algún medio por el que los niños puedan en casa seguir formándose a la misma hora que también lo hacen sus padres? No queda claro quien lo necesitaría más.

¿Qué porcentaje de personas que logran tener un diario en sus manos, una página en internet llena de artículos, pasa de leer los titulares a leer el contenido? ¿Qué tamaño en líneas debe tener un artículo para ser leído? ¿A partir de qué tamaño de líneas, nadie lee el texto intermedio y a lo sumo las primeras líneas y las últimas? ¿En cuantos segundos está diagnosticado que se debe leer una noticia o un texto en internet? 


Todo esto es formación, es cultura, es capacidad de participar, de saber quejarse, de sentirse libres, de ser capaces de saber defenderse ante los engaños.
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