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Mientras nos recuerden, seguimos vivos


Ayer estuve de misa de funeral por Laura, la madre de un amigo. Una capilla diminuta, unos 12 metros cuadrados, un sacerdote conocido y ocho personas. Una relación mística con la vida y la muerte, con la religión que llevamos a medias entre mis dos YO, y la realidad de que seguimos viviendo mientras alguien nos recuerda. 

La memoria de los humanos es maravillosa, sabe seleccionar y nos deja solo recuerdos de lo bueno. Eso nos permite vivir algo mejor. 

Pero necesitamos tiempo para convertir y seleccionar de entre la memoria lo que debe conservarse y lo que hay que tirar. Me acordaba de Laura por sus empanadicos, y el sacerdote nos obligó a recordar en voz alta algunos semblantes que se habían quedado en nuestra memoria. Todos eran positivos. Ya hace unos años de su fallecimiento y habíamos superado el trabajo de borrar lo que no es ya necesario. 

Somos diminutos gigantes con memoria selectiva, y sobre todo somos grandes animales con capacidad de amar y de repartir. 

No sé si hay Dios, yo ya lo hablé una vez con Él y le dije que no lo iba a molestar mucho, que dejaría de creer en Él pero que no le iba a impedir que Dios creyera en mi. 

Y nos hemos entendido bien estos años. Él hace su vida y yo me preparo para la muerte, que es al final el camino que hay cuando dejas de creer en posteriores vidas imposibles. He cambiado el Cielo por el recuerdo y por sentirme bien con lo que hago. 

Pero como decía ayer el sacerdote, sí, creo que ayer entre nosotros estaba Laura. No es que estuviera viva ni en espíritu. Estaba de verdad, la llevábamos nosotros mismos en el recuerdo. Todos nosotros ayer por la tarde éramos un poco Laura. Y ella se conformó con eso. Creo.