¡Rebelaros, abuelos! Mientras haya salud, somos libres

En esa pérdida de valores por efectos de no se sabe bien qué mecanismos, y donde se mezcla el egoísmo, el individualismo y la crisis total de referencias incluso familiares, las relaciones entre hijos y padres, en el mundo occidental, está atravesando un periodo jorobado, agrio, duro, donde todo está en constante revisión.

Los padres pasamos enseguida de ser eso, padres protectores y blandos…, a ser abuelos. 

Y esto que parece lógico y un camino sencillo, se convierte en un drama callado, soterrado y admitido, en numerosas ocasiones. Los abuelos en excesivos casos, se convierten sin que nadie lo diga claro, en una de estas dos clases contundentes. O criados o un estorbo.

Están los abuelos que utilizamos como criados gratis, no ya sólo como cuidador del nieto sino como persona que a cualquier hora, en cualquier momento, debe estar a disposición de los hijos, repartiéndose los horarios de atención instantánea, de una forma que no se lograría con ningún trabajador por cuenta ajena.

Para más curiosidad, los hijos intentan convencer a los abuelos de que es bueno para ellos, que así se sienten útiles y válidos y les alarga la vida atender a los hijos. Es cierto que la relación nietos y abuelos es positiva si es estrecha y colaborativa, pero no si es obligatoria y constante, como sustitutiva de los padres.

Pero aunque se disfrace de atender a los nietos, es mentira…, a quién estás atendiendo es a los hijos.

Y no ya en horarios laborales para que los hijos puedan pagar la hipoteca, no, ni para que se realicen los miembros jóvenes de la familia a costa de que no se realicen los miembros mayores y ya en periodo de descanso. No.

Es que los abuelos tienen que estar a disposición y prevengan, también los fines de semana, pues los hijos se tienen que ir a divertir. Incluso deben irse de viaje de vacaciones y fin de semana solos. A joder o a bailar. A follar o a mirarse a los ojos. Evitando que puedan hacer lo mismo sus padres, que para eso son ya abuelos y no se hacen arrumacos.

Los abuelos también tienen que poderse ir a cenar a un restaurante, y con más derechos que sus hijos. Sobre todo porque no pudieron hacerlo cuando ellos eran niños. Deberían poder quedar con los amigos, pero ya no pueden…, pues cada pareja de amigos tienen a sus propios nietos agarrados con unas esposas.

Y luego está el otro tipo de relación. La de la absoluta dejadez relacional. Los abuelos son eso: abuelos, viejos, carcas, antiguos, aburridos, impertinentes, pesados. Si los hijos no los necesitan, los olvidan. Pueden pasar de tener al nieto todos los días 8 horas, a verlo una vez al mes y en una cafetería.

Ir a comer a casa de los abuelos no, pues cocinan con mucha grasa, o fuman, o huele la casa a viejo. 

Cualquier excusa sirve para además hablar con otros amigos hijos jóvenes de abuelos con las mismas realidades, de lo impertinentes que son los viejos. Hemos dejado de ser criados para ser presa de las críticas de nuestros “jefes” hijos.

No hablo de abuelos de 80 años (que también podría), lo hago de abuelos de 60, de 55 o de 65 años. De esa edad en la que las personas deberíamos estar disfrutando del descanso y no con más horario laboral que cuando nos ordenaba el jefe qué hacer. Nuestros hijos pueden ser peores jefes que nuestro asqueroso jefe de personal.

Y no he querido hablar de ese otro tipo de abuelos, con una jubilación suficiente, que tiene que amamantar todavía y con más 60 años a sus propios hijos, pues o no les llega, o están en casa de vuelta o de NO ida…, y que a poco que te rebeles te miran con cara de asesinos. 

Los abuelos de edad, no tenemos derecho ni a quejarnos, pues enseguida hemos perdido los derechos más básicos a la libertad. Y eso…, creo que no deberíamos permitir.

¡Rebelaros, abuelos! aunque no tengáis nietos. Mientras haya salud, sois, somos, libres.

@Medranica