Un país como Noruega, con 4,5 millones de habitantes, casi similares a los que Sierra Leona, produce en el año 2004 un Producto Interior Bruto (PIB) por persona de 30.000 euros. El país africano sólo tiene 400. Pero si pudiéramos analizar en manos de quien están estos euros, veríamos como las diferencias son todavía más brutales, ya que mientras que en Noruega el reparto de la riqueza nacional es bastante justa, en Sierra Leona gran parte de los datos de estas estadísticas están en muy pocas manos, lo que empobrece todavía más al gran resto de sus habitantes.
(Nota de 2026.: Hoy en 2026 hablamos de 100.000 euros de PIB por persona en Noruega y de 820 en el caso de Sierra Leona. Si hubiera aumentado en la misma proporción, hoy Sierra leona debería tener un PIB por persona de 1.300, pero lo tiene de 820. Volvamos al año 2004.)
La esperanza de vida del país europeo es de 79 años, muchos más que los 34 del africano. Sólo el 23% de las mujeres de Sierra Leona saben leer y escribir contra el 100% de las noruegas. Y la mortalidad infantil pasa del 0,4% al 17,8% en ambos países. En ambos casos son seres humanos con alma que nacen con un Dios.
(Nota de 2026.: En el 2026 el 56% de los hombres saben leer y escribir y solo el 41,3% de las mujeres tienen esos conocimientos tan básicos. En ese factor ha crecido la educación aunque está a mucha distancia, pero sigue siendo insuficiente. Y además hay que entender que en la medida en que se vuelven más formados pero disponen todavía de menos recursos, son inevitablemente caldo de inmigración hacia otras zonas del planeta. Noruega ha pasado de tener en el año 2004 un total de 4.591.743 habitante, a tener en el año 2026 aproximadamente 5.652.989 habitantes, pero ese crecimiento es debido sobre todo a la llegada de inmigrantes. A su vez Sierra Leona tenía en el año 2004 un total de 5.355.716 habitantes (bastante similar a Noruega) y tiene en el año 2026 ya cerca de los 10 millones de habitantes. Emigran muy pocos desde Sierra Leona, pero tristemente para ellos los que se van son los mejor preparados, sobre todo médicos. Volvamos al año 2004.)
Lo curioso de estos datos tremendos, es que la solución para el acercamiento entre estos dos países como ejemplos tremendos de distancia en números, no es sencilla ni va a ser rápida, y que muchos ciudadanos africanos saben de la existencia de estas diferencias brutales. Hace unas décadas los desposeídos de todo, no conocían y no podían comparar los diferentes sistemas de vida del mismo mundo. Y desde luego desconocían totalmente cualquier posibilidad de acceder a ese otro Primer Mundo. Hoy esto ha cambiado radicalmente.
En los países del Tercer Mundo es muy normal ver antenas parabólicas que reciben imágenes de todo el mundo para todo el mundo. Es muy normal ver en pequeños locales de las grandes ciudades, mal acondicionados pero suficientes, a jóvenes estudiantes que se apegan a la pantalla de Internet para ver páginas internacionales, donde adquieren la información que les abre la envidia y la necesidad de emigrar a otros lugares.
Ellos están esperando el momento de dar el salto, saben dónde acudir e incluso el cómo hacerlo, para que su vida cambie radicalmente y lo que les resulta todavía más esperanzador, para que puedan ayudar a cambiar las vidas de sus familiares.
Como su país no se mueve apenas, lógico es pensar que llegan a la conclusión que los que necesitan moverse son ellos.
En los pueblos y en las pequeñas ciudades de Marruecos es posible adivinar las casas de las familias, que tienen a un miembro de las mismas, viviendo como emigrantes en países europeos, y que reciben regularmente cantidades de dineros que les permiten arreglar sus hogares para diferenciarse del resto de vecinos. Eso es una gran llamada a la retroalimentación inmigrante, ya que no sólo los que se van saben que es posible vivir mejor, sino que además algunos de los que se quedan sienten la necesidad de dar el salto, para que ellos y sus familias puedan crecer económicamente y no pierdan el tren económico incluso dentro de su propio país.
Si uno viaja por estos países del que podemos llamar Segundo Mundo, observa enseguida algo realmente sorprendente, y es la facilidad con la que un occidental puede ir y volver, entrar y salir, vivir en un lugar y en el otro, aprovecharse de casi todas las comodidades del mundo occidental en esos países. Pero ellos no pueden hacer lo mismo que como occidental puedes hacer tú.
Para un occidental, en los aeropuertos te resulta muy fácil entrar y los controles son casi imperceptibles. Una vez en el país eres tratado con todo lujo y comodidades. En muchos lugares funcionan perfectamente los teléfonos móviles y los canales internacionales de televisión, es posible incluso tener prensa extranjera y desde luego poder degustar en las grandes capitales de países pobres de una hamburguesa con Coca-Cola, con igual sabor que en tu Madrid o París. Y ves en los locales y a un precio de venta del producto igual que en las grandes capitales del mundo, a clientes del propio país disfrutando de los mismos productos que cualquier ciudadano de Milán, New York o Moscú. Se necesita una gran diferenciación económica entre ciudadanos del mismo país de ese Segundo o Tercer Mundo, para que se de esta paradoja.
Pero en paralelo existen un inmenso número de ciudadanos que no tienen acceso económico ni a la formación necesaria para poder distinguir entre productos y menos para sentir la necesidad de tenerlos. Es como si se administrara el número de ciudadanos mundiales que se desea meter dentro de la globalización.
Tendríamos que preguntarnos ahora si es buena, y para quien, la tan nombrada globalización. Es cierto que acerca posturas y posibilidades, pero no las reparte equitativamente.
Julio Puente
