Cinco micro cuentos que no llevan a ninguna parte

Aquel fulano soñaba con libros, se excitaba en las bibliotecas y alcanzaba con convulsiones el cielo cuando se veía rodeado de libros viejos, de miles de hojas llenas de historias que nunca podría leer ni vivir. Era consciente de que aquellos legajos que podrían estar esperándole en las estanterías nunca le pertenecerían porque nunca podría abrirlos todos y beberlos porque no hay vida suficiente para ello. Pero disfrutaba de su compañía, del olor de papel viejo y húmedo, de polvo de papel mezclado con polvo de viejo. Se recreaba paseando entre estanterías y pasillos, entre muebles de madera vieja que se sujetaban precisamente con los libros, entre notas pegadas en los lomos que nunca entendía. Encendió la cerilla y se sentó en el suelo a esperar.






Aquella noche cené una sopa tailandesa. La había comprado en un supermercado francés en donde vendían muchos productos alemanes, aunque últimamente habían aumentado los italianos porque los marroquíes que viven en España tienen cierta tendencia a estos productos al igual que los sudamericanos lo tienen por probar platos chinos. Nunca podría saber qué personas habían realizado aquella sopa picante con fideos trasparentes y setas de textura gelatinosa, al igual que ellas nunca adivinarían que en España alguien osaría probar su trabajo de cocina. Pero me hubiera gustado verles por un instante y decirles que me parecía bueno su trabajo, aunque tal vez era mejor que nunca supiéramos entre nosotros en qué condiciones trabajaban o de qué manera realizaban su producto.






Me miró e incluso como yo esperaba él se acercó lentamente sin dejar de mirarme fijamente esperando tal vez mi comprensión o mi brazo estirado con la mano abierta en busca de la caricia. Era tostado, algo mas que canela pero brillante y con unos ojos tristes de soledad o de hambre, e incluso de necesidad vital de compañía. Yo creo que necesitaba sentirse útil, vivo, y que llevaba muchos tiempos añorando algún momento pasado de correteos y de gritos regalados a algún dueño que no le quiso lo suficiente. Le brindé —como él esperaba— mi mano para que la oliera y rozara con su hocico y debió intuir que aquel momento era el último que le quedaba para conseguir un nuevo amo. Pero yo no quiero esclavos y le abandoné sin casi bajar mi mirada.






Yo dimití un día y me sentí aliviado porque cuando se deja algo porque uno quiere, se adelanta a las hechos irrefutables de que sean otros los que te echen. Nada hay mejor que irse por la puerta que uno mismo abre, y saludar mientras otros tal vez te maldicen porque te has adelantado. Yo dimití un día y desde entonces no entiendo a los que no saben utilizar la maravillosa arma de irse poco antes de que te pongan la zancadilla, aunque tal vez sea porque no se dan cuenta de que les queda muy poco futuro. Ver que se mueve el suelo es cuestión de perros muy listos o de tontos sin qué hacer. Hoy me han echado… y todavía no entiendo cómo no detecté el movimiento. Tal vez es que me estoy haciendo viejo.





He hablado por teléfono móvil demasiadas veces, e incluso me han llamado muchas más para decirme casi siempre tontadas. Nunca me han llamado para darme buenas noticias y muchas para molestarme cuando han querido entrar en mi vida por la puerta de la urgencia. Me gusta poseerlos nuevos porque así pienso que me traerán nuevas noticias, tal vez nuevas gentes, y porque como son un objeto inútil los tiro a la vez que soy incapaz de poder desprenderme de su absurda compañía. Los minutos que les dedico todas las semanas son superiores a los que dedico a mi padre. O incluso a veces a mis hijos. Forman parte de mis bolsillos con independencia del pantalón que lleve. Una parte más de mi pierna izquierda.