No queremos aprender, es más cómodo no querer saber de nada


Estamos acabando el 2020 que sonaba bien, era un bonito año de diseño con números hermosos, y que se ha convertido en una patada en los genitales a toda la sociedad. Tampoco hay mucho problema pues seguiremos sin querer aprender, no de lo impredecible ni mucho menos de lo predecible. 

Si hemos tenido un mes de grandes escaladas y tremendos barrancos este ha sido diciembre del que todavía quedan dos semanas. Hemos podido pasar en días de las desescaladas y el optimismo a cagarnos encima por los nuevos miedos que se amplifican. Hemos pasado de observar las vacunas como algo salvador a que estas se lentifiquen y sin comprender el optimismo, nos adviertan de febrero 2021 como poco para que hagan efecto en los privilegiados que se las puedan poner.

Hemos aprendido que somos débiles, como niños sueltos en el pajar del mundo y con el culo desnudo para podernos pinchar con los rastrojos cortados. Pero tal y como lo vamos aprendiendo lo vamos olvidando. Es nuestra capacidad para no querer ver la verdad.