Miguel Hernández y su nuevo poema, siguen vivos

La familia del poeta Miguel Hernández, como aportación a su obra, ha decidido sacar a la luz un poema que los descendientes de su hermana Elvira tenían como un tesoro celosamente guardado a lo largo de tres generaciones: un poema inédito que, como tantos otros a lo largo de su vida, Miguel Hernández regaló, esta vez a su hermana.
El poema fotografía en forma de elegía la muerte accidental de su amigo Manolo, aguador de Orihuela, y se quedó inédito al atribuir el texto la responsabilidad última de la muerte de su amigo a la “mezquindad” de su madre, y después de una discusión, Miguel decide regalar el poema mecanografiado por él mismo, a su hermana para que lo guarde o si así lo desea, lo destruya.
Elvira conservó este poema y las cartas y documentos de su hermano, hasta la fecha de su fallecimiento en 1996, cuando pasan a manos de su hija mayor, Elvira Moreno Hernández, a quien años antes había confiado su custodia. Elvira Moreno entrega todo el archivo a su hija Mar en el año 2016, con el encargo tácito de que lo haga público en el momento oportuno, con acuerdo de toda su familia.
El manuscrito se escribió en las primeras semanas de agosto de 1935 en referencia a la muerte de un aguador de nombre Manuel García Ortuño, alias Solajes, y natural de Orihuela, donde ejercía su oficio y murió el 4 de agosto de 1935, un amigo de infancia de Miguel.


A MI AMIGO MANOLO, AGUADOR AHOGADO - Por Miguel Hernández
A punto de casarte te has ahogado.


Y una mujer tortura sus cabellos,
echa de menos un timón de olmo,
llora un novio de yunques resistentes,
un corazón de campanario en fiesta,
derramando jornales por el suelo, que unisteis
para pagar el azahar y el hijo.


Y otra mujer, tu madre, tan mezquina
que te crió con hierbas y mendrugos,
gime y te insulta porque ha de pagar tu entierro.


Hoy tendrán sed tinajas y gargantas,
hoy huelgan por ti fuentes y aguadores,
carros y surtidores, con los brazos caídos.


Tu cuerpo estaba hecho de herramientas sonoras:
parecías compuesto de disparos,
tu voz llevaba un trueno de las riendas
y dos trillos tus pasos, tan potentes
que quedaban las huellas de tus pies
grabadas en las losas.


Tú y la chicharra, de la misma especie.


Cuando hacías equilibrios sobre un cuchillo en pie,
cuando sobre tu carro
de cántaros templando sus guitarrones de agua,
relampagueando el látigo mordías al borrico,
cuando te desplegabas sobre tu acordeón,
caía seducida una hortelana.


Tú y Rosendo, los mozos más fornidos, Manolo.


Tu dilatado tórax ocupaba la calle,
a tu sien hondamente negra de juventud
acudían las venas y el amor a manojos,
parecía que nunca te habías de morir,
parecías verdad, y eras mentira.


Viniste al mundo derribando sillas
y levantando arados con los dientes,
tu mano mejoró la del león
y resistió tu espalda la caída de un pino.


Gremio de relucientes puñaladas,
suavemente las aguas te han matado.
Cuatro aguadores de anudados brazos
te llevan con los pies para delante.


Cuenta con mi dolor, cuenta conmigo,
y con mi corazón, y con mi lengua,
cuenta con un puñado de lágrimas y tierra,
cosechero que fuiste del estrépito,
privilegio acabado de la vida.