13.11.17

Sachsenhausen (Alemania) y el dolor de la muerte

La sensación que tienes en la primera visita que realizas a un campo de exterminio o de concentración nazi es compleja de explicar. Sabes que vas a ver un lugar ya reconvertido en atractivo turístico y si acaso y dependiendo del guía  un lugar histórico del que quedan tristes despojos. Pero el dolor se siente, se palpa incluso en el suelo.

Yo estuve en el Campo de Sachsenhausen con un estupendo guía español que trabajaba en Berlín y que además de mostrarnos todo lo visitable, nos explicó con dolor y ruina moral todo lo que nos podemos imaginar. Quedan suficientes elementos como para no tener que adivinar nada, si acaso contextualizar y poner en dolor.

Pero si algo me produjo mayor impresión no fueron ni las vallas metálicas de alambres de espino, ni los dormitorios o los suelos de los barracones o los muros o el montaje para asesinar o torturar. Tampoco las cámaras de gas o las habitaciones que se utilizaban para experimentos médicos. Casi todo esto ya lo había visto o leído. Imaginado y palpado en el pensamiento.

Lo más doloroso fue un paseo de tiempo libre por unos jardines de su exterior, donde posiblemente algunos de aquellos enormes árboles todavía les había dado tiempo de haber visto y oído el dolor. 

Era ver desde fuera del recinto la enorme muralla que separaba la vida de la muerte. Saber que el dolor y la desesperanza a veces lo separa un simple muro de ladrillo que las ramas de unos árboles podían saltarse sin problemas. Pero las personas no.

Algunos internos trabajaban en el mantenimiento de aquellos jardines, eran los privilegiados que estaban en los lugares comunes de tropa, sirviendo en el bar o en la cocina, limpiando letrinas o arreglando jardines. Y que tenían que volver a entrar cada noche a la miseria y callarse lo que había visto fuera, pues fuera todo todo tenía que parecer normal. Y dentro no tenían que imaginar que existía un "afuera".

En aquel lugar estuvo preso Largo Caballero. Todavía en algunos suelos de barracones se dejan ramos de flores de algunos familiares que van de visita. Y lo curioso es que todo aquello había sido realizado por seres humanos. Personas que antes habían sido niños como tú y como yo. 

No te quieres ir de allí, pues crees que es faltar al respeto irte muy pronto de aquel dolor. Pero te vas al hotel y cenas. Aunque el recuerdo dura años.


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